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Diez puntos y algunas admisiones

El Gobierno quiere tomar la iniciativa política proponiendo un acuerdo a la oposición sobre compromisos que lleven tranquilidad a los mercados. Lo hizo en la semana en que desde el Central se dio un golpe de timón para contener el dólar. Por Gonzalo Dal Bianco

Podría ser un gesto a valorar la convocatoria del Gobierno a sectores de la oposición para acordar una serie de puntos sobre los que se pondrían de acuerdo con el fin de llevar tranquilidad a los mercados que en las últimas semanas volvieron a mostrar nerviosismo por múltiples razones que algunos quisieron reducir a encuestas y hasta a lanzamientos editoriales. Lo cierto es que la Argentina sigue sin encontrar su camino, sus formas y sobre ese fracaso pueden agregarse algunos agravantes.

Entonces, la iniciativa del Gobierno bien podría ser valorada en ese contexto, si no fuera que lo hace después de mostrar que no supo resolver esos enigmas nacionales y a siete meses de finalizar su mandato.

En el arranque de la gestión de Mauricio Macri, hubo algunos intentos que promovieron figuras que salieron eyectadas del Gobierno para convocar a una suerte de acuerdo social de base con actores de la política, el empresariado y los sindicatos. Chocaron esas iniciativas de diciembre de 2015 con la posición de hombres más fuertes dentro de la Casa Rosada que terminaron por desalentarlas y expulsar a sus mentores tiempo después. Ahora, desde el corazón del Ejecutivo renace aquel intento, aunque podría ser demasiado tarde para éxitos.

Sin embargo, ayer fue el propio presidente Mauricio Macri el que se puso las gestiones al hombro para que los principales referentes de la oposición accedan a un consenso sobre 10 puntos básicos. Llamó a Roberto Lavagna, quien durante el día adelantó que no serviría de mucho; Juan Manuel Urtubey, el gobernador salteño que quiere competir dentro de Alternativa Federal; y a Miguel Ángel Pichetto, quien ya había conversado con Rogelio Frigerio y se mostró a favor de buscar coincidencias elementales.

El fundamento, como se dijo, es llevar tranquilidad a los inversores para garantizar que quien gane en octubre o noviembre se va a comprometer, por ejemplo, con el pago puntilloso de los compromisos internacionales o a propender al equilibrio fiscal.

Eso daría certezas y quitaría del medio temores que generan incertidumbre y además evitaría comportamientos de manada en los mercados que para casos como el argentino resultan de enorme costo. 

Pero el solo planteo del oficialismo de buscar estos acuerdos a esta altura del Gobierno resulta una admisión de las dificultades en su cuarto año. Está claro que si tuviera un horizonte económico despejado o menos traumático no avanzaría en el terreno político tendiendo puentes con la oposición. Esos adversarios son los mismos con los que tuvo diálogo en los primeros dos años dentro del Congreso. No estuvo ahí, ni está ahora en la guía telefónica de la Casa Rosada, el kirchnerismo que en definitiva sería, bajo la hipótesis oficial, el que alimenta los nervios de los mercados por las encuestas que muestran un crecimiento de Cristina.

El Gobierno tiene el problema del impacto de la situación económica en la figura del Presidente, que debería naturalmente buscar su reelección. Ayer, el analista Gustavo Marangoni, un hombre cercano a Daniel Scioli, mostró una encuesta en la que se refleja cómo ante cada suba del dólar hay una pérdida de imagen de Macri. Es un movimiento en espejo.

Por eso se entiende que el Banco Central sorprendiera el lunes con la decisión, consensuada con el Fondo Monetario Internacional (FMI), de volver a romper el acuerdo original con ese organismo para desatarle las manos a la autoridad monetaria y así intervenir dentro de lo que se denominaba “zona de no intervención”. Aquella comunicación con que comenzó la semana mantuvo a la moneda norteamericana con mayor tranquilidad. Ayer cerró a 45,55 pesos cuando una semana atrás lo hacía a 47. El costo detrás de esa baja fue que las tasas que aplicó el Central fueron del 74%, un récord desde 2002. Pero el Gobierno debía actuar porque no podía permitir que el dólar siguiera con el paso que traía: en dos semanas había subido más de un 10%.

Eso limó la imagen del presidente un poco más. Según la encuesta de Marangoni, Macri acumula una imagen negativa del 61%, mientras que en el segundo lugar aparece Massa con el 56% y un poco más atrás Cristina, con el 51%. Lo de Massa debería ser un caso de estudio profundo.

Pero retomando la valoración de Macri, el dólar es la tabla a la que el oficialismo parece apostar. Sobre todo porque si logra calmarlo, es posible que la inflación se desacelere, que el consumo pueda tener algún respiro y en unos meses el clima negativo se relaje al menos un poco y con eso la Casa Rosada encare la campaña con alguna expectativa de triunfo. Si nada de eso ocurre, por supuesto que deberá ensayar algún otro plan, como el V. Pero para eso aún falta tiempo porque el cierre de las listas está previsto para el 22 de junio y entonces si la economía no se encamina y el oficialismo propone otro candidato distinto a Macri deberá hacerlo cerca de esa fecha para garantizar que no comience desde ahora el proceso del “pato rengo” que caracteriza a los presidentes que se van.