Dólar calmo, pero la inflación no termina de desacelerar
Sin emisión monetaria y con tarifas que ya no darán los grandes saltos de los últimos años, la inercia inflacionaria es el rival a vencer por el Gobierno. Tiene a favor una mayor oferta de billetes verdes por el campo, la balanza comercial y el turismo. Por Gonzalo Dal Bianco
El Gobierno y algunos analistas se entusiasmaron con el último dato de inflación que dio a conocer el Indec. Sería un bochorno más allá de las fronteras argentinas tener un 3,1% de aumento de precios en un solo mes, pero en Argentina el contexto juega. Y después del arranque agitado que tuvieron los remarcadores, con récord en marzo, cuando el Indec dio a conocer el 4,7%, vino una desaceleración en abril con el 3,4% y se replicó un mes más tarde, aunque con un valor similar.
No hay nada para festejar en esos niveles de inflación. Porque además en mayo, pese a lograr un recorte, se alcanzó el pico máximo acumulado anual, con un 57,3%. Ese valor, en sí mismo, echa por tierra cualquier intento de mirada optimista sobre el problema.
Pero es cierto que hay algunos indicios que podrían observarse como favorables. Para los monetaristas, que siempre explican la inflación por la base monetaria, la emisión se detuvo el año pasado, en medio de la fuerte corrida, cuando el Banco Central decidió apagar la impresora. “No deberían emitirse billetes salvo que la gente los quiera”, es una máxima en las aulas de Ciencias Económicas. O bien, cuando se decide asumir el costo de la inflación a baja escala para inyectar fondos e intentar reactivar la economía. Puede ser una opción, pero claramente no para un momento en el que la inflación fue recalentada por la fuerte devaluación de 2018, que tuvo algunas réplicas menores este año. Esto también ya debería dejarse fuera de discusión: la devaluación, tarde o temprano, va a precios. Más allá de lo que dijo en enero de 2014 el exministro de Economía Axel Kicillof, ahora precandidato a gobernador de Buenos Aires, cuando anunció la modificación en el tipo de cambio. En aquel momento, aseguró que no había posibilidades de que ese cambio tuviera impacto en las góndolas. Ese año cerró con inflación del 40%. Casi lo mismo repitió Alfonso Prat Gay dos años después, ya con el Gobierno de Cambiemos. El efecto se sintió con fuerza en 2016, casi con el mismo nivel en la escalada de precios que logró Kicillof. Y la tercera experiencia en pocos años se vio ahora con Nicolás Dujovne: esta vez, la devaluación la aplicó el mercado y aún tiene consecuencias en la economía. Claro que ahora con un récord anual que no se veía desde 1991.
Pero desenchufada la máquina de imprimir y con tarifas que no tendrán los saltos acrobáticos de los últimos dos años, el Gobierno deberá enfocarse ahora en lo que los economistas denominan la inercia inflacionaria. El envión que traen los precios no se detendrá de un día para el otro. En ese marco deberá contagiar la sensación de que comienza a ganar la batalla, que tiene el control de la situación y confirmar mes a mes una desaceleración del dato que da el Indec.
Para eso tiene que evitar contra viento y marea que el dólar le traiga algún otro dolor de cabeza. En ese sentido, cerró otra semana de tranquilidad ayudado incluso por la reacción que tuvieron los inexplicables mercados tras el anuncio de que Miguel Ángel Pichetto es el compañero de fórmula de Mauricio Macri en las próximas elecciones presidenciales. La figura del senador peronista les cayó bien a los mercados. Bajaron el dólar, y el riesgo país, y subieron los papeles argentinos. Esa espuma ya descenderá seguramente y quedará el proceso electoral al desnudo, con las encuestas que comiencen a dar sus proyecciones, provocando también alzas y bajas. Queda mucho trayecto por delante. Y las Paso serán un buen mojón, para la política y para la economía. Y para tener mejores resultados en ambos campos, el Gobierno deberá cumplir con tener un dólar con marca personal.
Pero no sólo Pichetto le trajo buenas noticias para la economía al oficialismo. La situación climática en Estados Unidos impactó favorablemente en los valores de los granos. La soja se ubicó por encima de los 329 dólares en Chicago; el maíz perforó los 178 y el trigo quedó a un paso de los 200. En el caso de la oleaginosa ya sumó casi 40 dólares en un mes.
En medio de la supercosecha argentina, el dato no es menor para los ingresos de divisas y en particular pensando en la necesidad de evitar corridas. Con mayor oferta de dólares, hay menos posibilidades de dolores de cabeza para la Casa Rosada. Y en esa línea hay que destacar que logró revertir la balanza comercial y la turística, dos que impulsaban la fuga.
Muchos economistas coinciden, por ese cúmulo de razones, que hasta el 11 de agosto no debería haber demasiados contratiempos económicos para la gestión de Mauricio Macri. A partir de allí comenzará a influir la política y lo que anticipen cada uno de los candidatos. De todos modos, también hay una lectura en favor de la moderación, que parece dominar la escena. El país no da mucho margen para recetas alocadas. Una profunda recesión que se extiende más allá de algunas tibias mejoras puntuales; inflación al 57% anual; usos de capacidad instalada cercanos al 60%; pérdidas de fuentes de trabajo en casi todas las ramas de actividad y un PBI que otra vez caerá en 2019 no es el mejor de los contextos. Por eso, si bien puede haber menores desequilibrios macro, los problemas abundan y los costos tienen una profunda raíz social.
No hay nada para festejar en esos niveles de inflación. Porque además en mayo, pese a lograr un recorte, se alcanzó el pico máximo acumulado anual, con un 57,3%. Ese valor, en sí mismo, echa por tierra cualquier intento de mirada optimista sobre el problema.
Pero es cierto que hay algunos indicios que podrían observarse como favorables. Para los monetaristas, que siempre explican la inflación por la base monetaria, la emisión se detuvo el año pasado, en medio de la fuerte corrida, cuando el Banco Central decidió apagar la impresora. “No deberían emitirse billetes salvo que la gente los quiera”, es una máxima en las aulas de Ciencias Económicas. O bien, cuando se decide asumir el costo de la inflación a baja escala para inyectar fondos e intentar reactivar la economía. Puede ser una opción, pero claramente no para un momento en el que la inflación fue recalentada por la fuerte devaluación de 2018, que tuvo algunas réplicas menores este año. Esto también ya debería dejarse fuera de discusión: la devaluación, tarde o temprano, va a precios. Más allá de lo que dijo en enero de 2014 el exministro de Economía Axel Kicillof, ahora precandidato a gobernador de Buenos Aires, cuando anunció la modificación en el tipo de cambio. En aquel momento, aseguró que no había posibilidades de que ese cambio tuviera impacto en las góndolas. Ese año cerró con inflación del 40%. Casi lo mismo repitió Alfonso Prat Gay dos años después, ya con el Gobierno de Cambiemos. El efecto se sintió con fuerza en 2016, casi con el mismo nivel en la escalada de precios que logró Kicillof. Y la tercera experiencia en pocos años se vio ahora con Nicolás Dujovne: esta vez, la devaluación la aplicó el mercado y aún tiene consecuencias en la economía. Claro que ahora con un récord anual que no se veía desde 1991.
Pero desenchufada la máquina de imprimir y con tarifas que no tendrán los saltos acrobáticos de los últimos dos años, el Gobierno deberá enfocarse ahora en lo que los economistas denominan la inercia inflacionaria. El envión que traen los precios no se detendrá de un día para el otro. En ese marco deberá contagiar la sensación de que comienza a ganar la batalla, que tiene el control de la situación y confirmar mes a mes una desaceleración del dato que da el Indec.
Para eso tiene que evitar contra viento y marea que el dólar le traiga algún otro dolor de cabeza. En ese sentido, cerró otra semana de tranquilidad ayudado incluso por la reacción que tuvieron los inexplicables mercados tras el anuncio de que Miguel Ángel Pichetto es el compañero de fórmula de Mauricio Macri en las próximas elecciones presidenciales. La figura del senador peronista les cayó bien a los mercados. Bajaron el dólar, y el riesgo país, y subieron los papeles argentinos. Esa espuma ya descenderá seguramente y quedará el proceso electoral al desnudo, con las encuestas que comiencen a dar sus proyecciones, provocando también alzas y bajas. Queda mucho trayecto por delante. Y las Paso serán un buen mojón, para la política y para la economía. Y para tener mejores resultados en ambos campos, el Gobierno deberá cumplir con tener un dólar con marca personal.
Pero no sólo Pichetto le trajo buenas noticias para la economía al oficialismo. La situación climática en Estados Unidos impactó favorablemente en los valores de los granos. La soja se ubicó por encima de los 329 dólares en Chicago; el maíz perforó los 178 y el trigo quedó a un paso de los 200. En el caso de la oleaginosa ya sumó casi 40 dólares en un mes.
En medio de la supercosecha argentina, el dato no es menor para los ingresos de divisas y en particular pensando en la necesidad de evitar corridas. Con mayor oferta de dólares, hay menos posibilidades de dolores de cabeza para la Casa Rosada. Y en esa línea hay que destacar que logró revertir la balanza comercial y la turística, dos que impulsaban la fuga.
Muchos economistas coinciden, por ese cúmulo de razones, que hasta el 11 de agosto no debería haber demasiados contratiempos económicos para la gestión de Mauricio Macri. A partir de allí comenzará a influir la política y lo que anticipen cada uno de los candidatos. De todos modos, también hay una lectura en favor de la moderación, que parece dominar la escena. El país no da mucho margen para recetas alocadas. Una profunda recesión que se extiende más allá de algunas tibias mejoras puntuales; inflación al 57% anual; usos de capacidad instalada cercanos al 60%; pérdidas de fuentes de trabajo en casi todas las ramas de actividad y un PBI que otra vez caerá en 2019 no es el mejor de los contextos. Por eso, si bien puede haber menores desequilibrios macro, los problemas abundan y los costos tienen una profunda raíz social.