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El 2018 no se lleva los problemas económicos del país

No hay indicadores que permitan imaginar que en el primer trimestre puede haber una mejora. Además, la comparación será contra un período -el arranque de este año- en el que la economía crecía al 4%. Se suman tarifas y salarios viejos.  Por Gonzalo Dal Bianco.

El peor año de la gestión de Mauricio Macri llega a su fin, pero los caprichos del calendario no responden a la misma lógica que los problemas económicos, que por ahora continuarán con igual intensidad, o tal vez algo mayor.

El arranque de 2019 no asoma con variables que inviten a pensar que el quiebre de la tendencia negativa está cerca. Más bien hay que levantar la mirada y superar al menos el primer trimestre, que continuará barranca abajo. Después de esa depresión muchos creen que puede haber un piso.

Básicamente, el primer trimestre está condenado a seguir con indicadores en rojo porque la comparación con enero, febrero y marzo de este año, un tramo en el que la economía crecía al 4%,  será negativa. Pero además, no hay allí demasiadas razones para imaginar mejoras. Las paritarias, que podrían recomponer al menos momentáneamente el consumo no ganan peso hasta mediados de marzo y más allá. Las tarifas -de electricidad, gas y transporte- y la inflación en general seguirán comiendo poder de compra de los bolsillos de los consumidores y la industria seguirá a la espera de que la demanda deje de ceder terreno para terminar de apagar máquinas o detener líneas de producción. En los comercios, el achique ya comenzó hace rato y no los salvó ni la Navidad; y enero y febrero son meses de fuerte baja salvo en los polos turísticos. Por lo tanto allí tampoco se espera demasiado en el amanecer del próximo año.

Así, las dificultades económicas se trasladarán irremediablemente más allá del próximo lunes, sorteando la caída de hoja del calendario. Pero además, el cierre de este 2018 le sumó algunas nuevas dificultades, como el rebrote de la turbulencia financiera internacional que en Argentina siempre tiene peligro de tsunami. El riesgo país que se escapó por arriba de los 810 puntos refleja además la desconfianza que los operadores externos tienen. Especialmente cuando observan las posibilidades de cancelar en tiempo y forma los compromisos asumidos. Pero además aleja más aún la chance de tomar financiamiento internacional en condiciones razonables. El Fondo Monetario aparece en ese escenario como la opción de última, a la que el Gobierno ya echó mano, tomando 57 mil millones de dólares de los cuales una parte aún está por llegar en este próximo año. Luego, será el tiempo de empezar a devolverlo.

Puertas adentro, la tormenta cambiaria iniciada en abril catapultó las tasas de interés por arriba del 60% y eso provocó un efecto hielo en la actividad económica y una extensión marcada en las cadenas de pago. Las pymes perdieron ofertas de financiamiento a tasas razonables y todo se convirtió en lodo y cuesta arriba. El consumo también sintió el impacto de las tasas porque hicieron desaparecer como por arte de magia las opciones de las cuotas, y los electrodomésticos y bienes durables sintieron el impacto.

Pero antes de que termine 2018, el Gobierno anunció una batería de incrementos tarifarios que partieron desde Energía y desde Transporte. El responsable de la primera cartera, Javier Iguacel, terminó renunciando ayer. Las tarifas fueron otro talón de Aquiles del Gobierno, que sobre la premisa de erradicar el déficit recortó los subsidios y fue trasladando ese costo a los usuarios. El gas y la electricidad no guardaron ninguna relación con el resto de las variables de la economía y se movieron, empujados por la Casa Rosada, a una velocidad imparable. Esa inercia continúa. Pero afectó fuertemente al aparato productivo, que además de la recesión padeció un fuerte incremento de los costos. “Las ventas caen y los costos suben. Eso es tolerable durante un tiempo, no mucho”, explicó ayer un industrial al describir el panorama en el cambio de año. Del mismo modo, los empresarios destacan que las altas tasas no pueden seguir mucho tiempo más. En definitiva, lo que creen que no puede continuar es la caída de ventas y el retroceso en los niveles de producción. Eso irremediablemente termina en ajuste de puestos de trabajo. Hubo muchas pymes que ya no resistieron y los datos oficiales de la cartera laboral lo reflejaron también esta semana: se perdieron 70 mil puestos asalariados privados. Pero si se suman los públicos y los independientes, la cifra llega a casi 120 mil en el último año, tomando octubre contra igual mes del año pasado. Es decir que no sólo hubo pérdida de poder adquisitivo, sino que la demanda también se resintió por pérdida de puestos de trabajo. Hay menores salarios y menos asalariados. Lógicamente no hay datos de los trabajos precarios que se perdieron en el último año porque son informales y no hay registros. Pero hay algunas pistas para imaginarse qué pudo pasar allí. El responsable del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, Agustín Salvia, asegura que el crecimiento de la pobreza en el país está fundamentalmente explicado por la diferencia de velocidad en que crecen los precios y los salarios. Pero además hace hincapié en que muchas “changas” que la clase media estaba otorgando a sectores informales, desaparecieron. Y eso empujó a que sectores de la clase media baja cayeran y aporten para que la pobreza alcance el 33,4% en la última medición de la UCA.