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El ahogo impensado

Por Gonzalo Dal Bianco

Todavía resonaban los ecos del contundente triunfo que Mauricio Macri había alcanzado en octubre del año pasado en las legislativas nacionales cuando algunas señales empezaron a mostrar que no todo iba a ser color de rosas. El Presidente había arrasado en muchas ciudades de la región centro, donde logró consolidar un voto muy ligado al interior productivo, como en el caso de Río Cuarto, que ya le había ofrecido un contundente respaldo dos años antes, cuando le aportó 7 de cada 10 votos a su candidatura.

El respaldo en las urnas alcanzado en octubre lo posicionó en su mejor momento de 2017, con una imagen que rompía el techo del 50%. Es que, si bien eran legislativas y la cara de Macri no aparecía en las boletas, está claro que el Presidente recibió un amplio apoyo y que no muchos se detuvieron a elegir algunos de los nombres de las listas de diputados, por citar el caso de Córdoba, sino más bien el de la marca Cambiemos. Posiblemente su familia y algunos amigos votaron sin dudar a Baldassi en aquel momento. Los politólogos analizaron fuertemente el fenómeno de marca trasladado a la política que se impuso como un sello distintivo, claramente asociado más al Pro que a sus socios radicales o de la Coalición Cívica.

Apenas seis meses pasaron desde aquellas luces que irradiaban sobre la figura presidencial a esta neblina espesa que se posó de pronto y que impide ver un camino de salida despejado.

El capital político de Macri y Cambiemos se esfumó en gran parte con la crisis cambiaria que vuelve a ser un síntoma claro de un problema estructural y recurrente de la Argentina en las últimas décadas: la falta de dólares. Los que salen son más que los que ingresan y del mismo modo, el dinero que sale del Estado es más que el de sus ingresos. Eso irremediablemente termina ocasionando déficit externo y fuerte déficit fiscal que más tarde o más temprano hace estallar una nueva crisis en el país. El Gobierno venía insistiendo en un camino de reducir el rojo fiscal mientras financiaba parte de ese déficit con endeudamiento externo. Durante mucho tiempo los mercados internacionales jugaron a favor, con dinero barato hasta que finalmente el viento empezó a girar. Estados Unidos comenzó a dar señales de recalentamiento de su economía, elevó las tasas de interés y eso sirvió de aspiradora mundial de billetes verdes. No hubo tasas en Argentinas que lograran retener la fuga, se puso en marcha una salida fuerte de recursos y eso dejó al descubierto las fragilidades que venía disimulando la economía doméstica mientras era alimentada desde afuera. Se corrió el telón y allí quedó la Argentina desnuda frente a su propio espejo. La corrida cambiaria hizo subir fuerte al dólar desde aquellos lejanos $ 20,5 a estos 23,73 en que finalmente terminó cerrando la semana y promete no detener aquí su camino.

El dólar es un fenomenal problema y único en el país. Es difícil encontrar alguna otra nación en la que la psicología verde reine de manera tan contundente como aquí. Hay infinidad de razones y de crisis que explican ese estado de diván. Hay un complejo irresuelto. Pero lo cierto es que cuando se mueven las pizarras llega el pánico. Más allá de lo que digan desde algunos micrófonos los funcionarios de turno intentando convencer de mil maneras a quienes escuchan. Una actitud defensiva se dispara como un mecanismo preestablecido y ya es muy difícil volver atrás. Hay quienes corren a comprar 50 dólares porque sienten que de esa manera pueden frenar la avalancha. Y hay un efecto simpatía que multiplica el ejemplo. Se vio en infinidad de ocasiones.

Después la suba del dólar por la incapacidad de la oferta de contener la demanda, que se acciona por variadas razones y complejos intereses pero que luego perdura por la multiplicación, empieza a generar deterioro en diferentes centros neurálgicos de la economía. Primero comienza a empujar precios, incrementando la inflación y deteriorando el poder de compra, especialmente de los sectores más vulnerables, que se vuelven más vulnerables. Cómo la oferta no puede, se intenta entonces, como lo hizo el Banco Central esta vez también, elevar tasas para hacer más atractiva una alternativa al dólar. Pero allí el efecto sobre los sectores productivos y comerciales es letal. El fantasma de la parálisis se despierta, tal como advirtieron esta semana las pymes del país, la provincia y la ciudad. Las altas tasas les pegan por dos vías: quita billetes de circulación y cae el consumo y por lo tanto la demanda a la producción. Pero por el otro, elimina cualquier posibilidad de financiamiento porque las condiciones se vuelven usurarias. Menos consumo y ausencia de financiamiento es un combo asfixiante.

Por eso la proyección que daba otra vez un segundo semestre auspicioso, con algo de crecimiento y un andar más suave ya sin tantas escaladas de tarifas en el medio y una inflación a la baja, fue borrada de plano. Ninguno de esos pronósticos hoy quedó en pie. Se los llevaron tres semanas de turbulencia cambiaria.

Y llegó, ante la falta de respuestas de las políticas locales, el momento de regreso del Fondo Monetario Internacional a escena. En un país en el que es sinónimo de malas noticias. De hecho el 75% de los argentinos cree que su intervención no es conveniente. Esa cifra es tan grande como el costo político adicional que tiene que pagar Macri por avanzar en esa línea. Ya tenía que enfrentar una imagen personal positiva de apenas 30 puntos, medida previo al viaje a Washington del desgastado ministro de Economía Nicolás Dujovne.

¿Habrá condicionamientos por parte del FMI para prestar el dinero? No caben muchas dudas en ese punto. Y entre las opciones que figuran no hay precisamente buenas noticias: que el Banco Central no vuelva a intervenir y deje al dólar moverse libremente hasta encontrar un punto de equilibrio; mayor recorte del gasto público para acercar más las erogaciones a los ingresos (Dujovne había anunciado un déficit del 2,7% y es posible que le exijan una cifra menor); reforma laboral; reforma previsional y hasta la posibilidad de sistemas de capitalización; ajuste de obra pública (que ya fue anunciado con un recorte de 30.000 mil millones de pesos).

De ese combo, las recetas del laboratorio del FMI tendrán como destinatario un cuerpo social con 30% de pobreza y una economía estancada. El resultado dependerá de la capacidad de negociación de un equipo económico que sólo da señales intermitentes y confusas.