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Inflación y recesión, causas de una pobreza que no llegó al techo

Detrás del marcado deterioro social está la pérdida de poder adquisitivo, especialmente de los sectores medios bajos de la sociedad, que se van desgranando y cayendo. Las cifras serán aún más elevadas cuando se analice el último trimestre del año. Por Gonzalo Dal Bianco
 
El demoledor impacto de la inflación en los ingresos de millones de argentinos terminó con una consecuencia social que era imaginable a medida que la evolución de los precios se fue acelerando, fruto de la fuerte devaluación iniciada en abril y que recién en septiembre alcanzó un techo. El avance del costo de la canasta básica dejó rápidamente los ingresos de grandes franjas de la población muy atrás. Pero especialmente los más afectados fueron aquellos ubicados en los sectores medios bajos. Sin amortiguadores directos por parte del Estado que les sirvan de contención y con recursos perdiendo poder de compra, fueron perforando la línea de la pobreza y ampliando la cifra de aquellos que no tienen medios suficientes para hacer frente a los gastos de una familia. El informe que publicó la UCA esta semana sobre la situación social de Argentina mostró la magnitud de las consecuencias sociales que tuvieron las malas políticas económicas.

La fuerte inflación y un proceso de profunda recesión son los dos ingredientes necesarios para una exponencial generación de pobreza. Son los dos motores que aparecen detrás de la cifra del 33,6% de pobres que dio a conocer el estudio del Observatorio de la Deuda Social que pertenece a la UCA. Según el informe, no sería una razón central todavía el de-sempleo para el impulso del deterioro social.

El Observatorio es el mismo que en épocas del kirchnerismo el Gobierno desestimaba y acusaba de favorecer a la oposición. Ese que la oposición, que ahora es oficialismo, esperaba conocer para castigar al Gobierno. Eran momentos en los que la estadística estigmatizaba. Ahora, los roles se invirtieron. La publicación, antes y ahora, mantiene la seriedad y contundencia. Ni antes ni ahora se escuchaban, junto a las críticas, ideas serias sobre cómo resolver un problema que en el mejor año de Cristina, que fue 2011, tampoco se pudo demoler porque no se atacaron las bases estructurales de esa condición en la que navega alrededor de un tercio de los argentinos. Generar empleo de calidad es una de las recetas que siguen repitiendo los especialistas. Hoy, con una economía que sigue en picada, todo es más complejo. Es más, el informe de la UCA corresponde al tercer trimestre del año; será peor el siguiente, cuando se conozcan los datos del último tramo del año que está llegando a su fin. No hay una sola variable económica que haya mejorado entre octubre y diciembre para imaginar que la situación pudo repuntar. Hay amplias coincidencias en que habrá que esperar mayor número de pobres. A septiembre, la cantidad era de 13.600.000, lo que implica un incremento de 2.200.000 frente a un año atrás.

Colaboró también un combo de decisiones del Gobierno. En primer lugar, lo que el exministro Alfonso Prat Gay definió como “obsesión fiscalista”. El apretón monetario y la colocación de las tasas en niveles siderales generaron una recesión que sigue profundizándose. En noviembre las ventas minoristas tuvieron su peor resultado, con una contracción superior al 15%. Y habrá que agregar allí la paralización de la obra pública, que además impacta en un sector que genera mucha mano de obra de escasa calificación, que en el segundo semestre tuvo una caída importante en niveles de empleo. Es otra causal de trabajadores pobres.

Los otros trabajadores pobres son los que integran la franja de la informalidad, otro déficit que sigue irresuelto por los sucesivos gobiernos y que constituye otro problema estructural, esta vez en el mercado laboral. Desde la UCA, Agustín Salvia, el jefe de la investigación, dijo que la clase media, por el ajuste que debió practicar, generó menos empleo hacia estos sectores de la economía informal y que eso también comenzó a recortar posibilidades de ingresos en esas capas de trabajadores. Las changas son menos frecuentes o directamente inexistentes. Y, por eso, los no asalariados tienen peores relaciones frente a la inflación. De todos modos, si la inflación a septiembre había sumado poco más de 40%, los salarios habían crecido en promedio entre 20 y 25%. Concretamente, el informe establece que los precios crecieron 40,5% hasta el tercer trimestre; los salarios del sector privado registraron un 25,3% y los del sector público, un 23%. Esa brecha se ampliará en el último trimestre y es determinante para esperar peores resultados.

Quienes elaboraron el informe destacaron que no hubo un aumento tan significativo de la indigencia. La pobreza extrema se mantuvo en los mismos valores y eso fue debido a la trama de ayuda social que desde el Estado está llegando directamente a esos sectores. El peor resultado está en la capa siguiente, de clase media baja que se va desgranando a medida que pierde poder de compra y debe seguir ajustándose. Estiman que un 33% de la población integra esa capa fragil de la sociedad y que puede seguir engrosando las cifras de la base. La línea de corte que utilizó la UCA para definir la pobreza fue la de una canasta de           $ 22.500, mientras que la indigencia fue definida por debajo de los          $ 8.250.

¿Puede haber cambios en 2019? El año político invita a pensar que podría morigerarse el deterioro. Al mismo tiempo que es posible que los salarios le ganen a la inflación, proyectada entre 25 y 30 por ciento. Al menos eso ocurrió en 2015, después de la devaluación de 2014; se repitió en 2017, tras la modificación en la cotización del dólar ocurrida en el primer tramo de la gestión de Macri. Si esa lógica se mantiene, 2019 podría traer alguna mejora. Aunque nada como para revertir significativamente el profundo deterioro de este año.



Gonzalo Dal Bianco.  Redacción Puntal