Opinión | gonzalo-dal-bianco

La inflación que no se festeja y una negociación bisagra

El 2,3% de enero pareció un buen número, pero se dio en medio de un congelamiento de tarifas de luz, gas y transporte, además de un dólar encorsetado en $ 63. En paralelo, la renegociación de la deuda tampoco aportó grandes noticias al Gobierno. Por Gonzalo Dal Bianco
 
En medio de las discusiones entre los representantes de las distintas escuelas económicas que a diario analizan la realidad nacional hay poco para sacar en limpio, aunque hay un punto en el que todos coinciden: del resultado que alcance el gobierno nacional en la renegociación de la abultada deuda externa dependerá el país que alumbrará a partir del 1 de abril. El 31 de marzo, de acuerdo al cronograma que el propio Ministerio de Economía publicó hace unas semanas, será una bisagra que dividirá la tensión reinante con un cielo soleado o con una feroz tormenta.

La mochila es demasiado pesada y está claro que es imposible de cargar. La Argentina no tiene ninguna posibilidad de hacer frente a los compromisos que tiene por delante a partir de abril y mucho menos si se toman los más de 220 mil millones de dólares en cuatro años que debería devolver. El último dato del Banco Central, correspondiente al cierre del viernes, mostraba que las reservas totales alcanzaban apenas los US$ 44.742 millones, de los cuales no todos son de libre disponibilidad. La contundencia de los números exime de mayores comentarios sobre las chances de pagar la cuenta. No hay más remedio que alcanzar un acuerdo con los acreedores externos y con el Fondo Monetario. Está claro que en ese punto hay dos estrategias diferentes que enfrenta el Gobierno. Para los primeros está mostrando una posición más contundente y el respaldo incluso del Fondo. Es que el FMI apoya la reestructuración de la deuda con tenedores privados, que haya más plazo y hasta quitas. En cambio, pretende que la cancelación de su crédito se realice sin ningún tipo de recorte. Quiere recuperar todo lo que firmó al momento de aprobar el empréstito.

En paralelo, el Gobierno avanzó con su estrategia en medio de una semana en la que los mercados volvieron a la tapa de los diarios porque la Argentina incumplió el compromiso de pagar el AF20, un bono en pesos cuyos tenedores deberán aguardar ahora hasta septiembre. Allí hubo un contraste con la estrategia de la Provincia de Buenos Aires, cuyo gobernador, Axel Kicillof, primero cuestionó a los tenedores pero finalmente resolvió pagar un monto no demasiado significativo para la provincia más grande. La Casa Rosada advirtió y después no pagó. En medio, intentó algunas opciones financieras pero los resultados fueron malos y el final se desencadenó inevitable. Eso hizo subir el riesgo país, que volvió por encima de los 2 mil puntos, la bolsa retrocedió y la presión sobre el dólar se incrementó.

En simultáneo, el ministro Guzmán explicó en su visita a Diputados la necesidad de no ajustar fiscalmente porque eso profundizaría la recesión. Eso implica que para pagar la deuda es imperioso crecer y con ajuste es imposible hacerlo. En ese punto hay mucha discusión abierta. El economista de Arriazu Macroanalistas, Fernando Marengo, explica que no en todos los casos esa teoría se observa en los hechos y cita el ejemplo de España, que aplicó un recorte del déficit fiscal de 9 puntos en 10 años. “Fue un ajuste monstruoso el que realizaron y en esos 10 años la economía creció a un promedio del 3,5% anual, siendo el país que más creció en Europa”, remarcó el economista tucumano, quien aseguró que todo depende de las expectativas que se generen y que si hay un ajuste creíble que invite a los privados a invertir y consumir puede ser un “ajuste expansivo”.

La Argentina necesita realizar la convocatoria de acreedores y plantear concretamente que no puede pagar su deuda, que necesita estirar los plazos y realizar una quita. La respuesta del otro lado es hasta aquí una incógnita. Y empieza a jugar allí un elemento más: el tiempo, que se mueve a favor de los tenedores. El 31 de marzo está más cerca de lo que parece.

Pero el externo no es el único frente que debe resolver el Gobierno. En paralelo, puertas adentro la economía plantea muchos otros desafíos. Sin ir más lejos, la inflación se recorta claramente como uno de los más destacados porque tiene un fuerte impacto en los sectores más vulnerables de la población. Con la fragilidad social que tiene el país, la suba de los precios es una amenaza constante de mayor deterioro. Y en ese sentido no hubo buenas noticias porque el Indec dio a conocer el comportamiento de los precios en enero y si bien el índice general del 2,3% invitaría a pensar en un alivio, al mirar dentro del indicador se observa que el rubro de alimentos y bebidas trepó 4,7%. Sin dudas ese valor impacta de lleno en los sectores más vulnerables, que destinan casi la totalidad de sus ingresos a la alimentación. En el cierre de la semana, el presidente Alberto Fernández indicó que ese porcentaje se debió en parte a que los productos de la canasta básica volvieron a estar gravados con el IVA. Y si bien eso es cierto, también lo es que la exención corría apenas para un puñado de artículos de extrema necesidad en medio del mar de productos que mide el Indec mensualmente. Además, el 2,3% se logró con un dólar oficial encorsetado en $ 63, tarifas de luz y gas congeladas (electricidad al menos en Buenos Aires) y transporte también sin cambios por 120 días. Por eso el número final no invita a festejar demasiado a un gobierno que enfrenta muchas feroces tormentas en simultáneo, y con la necesidad de atender muchas prioridades a la vez.

TEMAS:
Comentá esta nota

Noticias Relacionadas

Comentá esta nota