El Gobierno aseguró en reiteradas oportunidades esta semana que la turbulencia cambiaria ya pasó. Lo hizo después de sortear con éxito la jornada del supermartes, en la que la tensión tuvo su pico máximo luego de cuatro semanas que enmarcaron el peor momento de la gestión de Mauricio Macri.
El vencimiento de $ 617 mil millones en Lebacs eran un enorme desafío para contener allí los pesos y que no busquen convertirse en dólares y así terminar de disparar la cotización de la moneda norteamericana que el lunes había alcanzado su máximo de $ 25,52.
El Gobierno volvió a utilizar la receta del optimismo y la confianza tras finalizar la rueda del martes. Pero este último atributo es lo que más se deterioró. La pérdida de confianza que mostraron los sondeos de opinión de esta semana fueron contundentes: tanto la imagen de gestión como del Presidente se vinieron a pique y eso nubló el hasta entonces despejado 2019. Hoy el año electoral es una enorme incógnita que de pronto se alejó rápidamente cuando muchos ya habían comenzado a jugarlo. La Argentina sigue teniendo grados de imprevisibilidad que ni los dirigentes que integran los principales círculos de poder pueden descifrar.
En este caso, la debilidad estructural de la economía nacional, que sigue arrastrando un déficit fiscal enorme desde el Gobierno anterior y un histórico déficit de balanza de pago, que sólo se logró arreglar durante algunos años tras fuertes crisis y violentas devaluaciones, está tan presente como a mediados de abril. Esto implica que aun suponiendo que la turbulencia cambiaria pasó, como dijo el Presidente, los fundamentos que aquí la profundizaron siguen vigentes.
Y aquí se profundizaron porque en realidad hay también un contexto internacional con Estados Unidos subiendo tasas y aspirando dólares que generó una devaluación de monedas a nivel mundial, y muy especialmente en los países emergentes.
Pero la debilidad propia después terminó colaborando para que ese escenario impactara con más fuerza.
La imagen de que se retiró la marea y quedó la situación cruda del país al descubierto, fue utilizada en varias oportunidades esta semana. Eso intentó mostrar el momento en que el financiamiento externo se interrumpió por la suba del costo y hubo que salir de apuro a buscar otra fuente crediticia. Allí apareció como última opción el Fondo Monetario Internacional, que en las próximas semanas se conocerá si es tan viejo como siempre o si presenta aires renovados y más sensibles a las crudas realidades de los países que lo necesitan. El Gobierno optó por un modelo que requiere de abastecimiento externo para poder financiar el rojo. Por eso cuando tambaleó la llegada de dólares, la tensión no fue menor. Pero contener y desactivar ese momento no será gratuito y requerirá un tránsito cuesta arriba durante muchos meses.
La escalada del dólar, que se devaluó 22 por ciento en el tiempo que duró la turbulencia, empujará el proceso inflacionario. Los precios recibirán el impacto de un tipo de cambio más elevado y que posiblemente siga subiendo aunque a un ritmo menor que el reciente.
Los economistas sacan a relucir una de las máximas que se cumplen a rajatabla: el incremento del tipo de cambio impacta en precios y reduce salarios reales. Este último punto será otra de las consecuencias ante un escenario de inflación nuevamente elevada, posiblemente en los mismos valores que 2017. La meta del 15% fue historia desde un principio, pero mucho más ahora. El Gobierno debería sentirse conforme si la suba de precios no supera la barrera del año pasado.
En este sentido, la turbulencia también dejó un seguro escenario de rediscusión salarial para muchos gremios que arriesgaron a firmar paritarias del 15% con cláusula de revisión y no cláusula gatillo. La primera supone que las partes se volverán a reunir para abrir nuevamente la discusión. La segunda se dispara automáticamente, como ocurrió en Córdoba, con los estatales, que con el próximo sueldo percibirán un 2% más por la diferencia entre inflación y recomposición de sueldos.
Un dato de los últimos días que muestra el impacto que puede tener la turbulencia lo aportó un componente básico de la canasta alimentaria: el pan subirá hoy 20% en Río Cuarto por el empuje que tuvo el precio del trigo (se duplicó desde comienzos de año) y la harina (creció 170%). Allí se dio un doble movimiento con el alza del cereal y del dólar.
De esta manera, si se vuelve a deteriorar el poder adquisitivo de los asalariados, tal como ocurrió en 2016 y 2014 -lo que muestra una coincidencia no casual de años pares, que son los que no tienen elecciones- el consumo también irá para abajo y apagará un motor importante de la economía.
Otro motor ya anunciado que irá a boxes es el de la obra pública. Lo dijo sin vueltas el ministro de Finanzas Nicolás Dujovne hace dos semanas, incluso antes de anunciar que iban al FMI. Anticipó que se recortarán 30 mil millones de pesos en infraestructura que se había prometido. La lista podría incluir también alguna en marcha con opción de demoras en pagos, lo que también tiene como destino Río Cuarto. La obra es el primer ítem que decidió apuntar el Gobierno ante la necesidad de reducir el déficit e intentando al mismo tiempo no afectar directamente otros gastos más sensibles, como los sociales. Sin embargo, con la obra no alcanzará.
En el sector privado, también anticipan un freno importante. El financiamiento de las pymes sigue siendo el gran interrogante, más allá de los anuncios que ayer hizo el Ministerio de la Producción junto a la Afip. Las entidades empresarias más importantes de Córdoba se lo expresaron al ministro Francisco Cabrera cuando acompañó al Presidente a Córdoba. Incluso le advirtieron por posibles dificultades en las cadenas de pago. En lo que no tienen dudas las empresas es en que deberán recalibrar los objetivos de 2018. La turbulencia cambiaria definió un nuevo escenario que promete más enfriamiento y dificultades.
El Gobierno volvió a utilizar la receta del optimismo y la confianza tras finalizar la rueda del martes. Pero este último atributo es lo que más se deterioró. La pérdida de confianza que mostraron los sondeos de opinión de esta semana fueron contundentes: tanto la imagen de gestión como del Presidente se vinieron a pique y eso nubló el hasta entonces despejado 2019. Hoy el año electoral es una enorme incógnita que de pronto se alejó rápidamente cuando muchos ya habían comenzado a jugarlo. La Argentina sigue teniendo grados de imprevisibilidad que ni los dirigentes que integran los principales círculos de poder pueden descifrar.
En este caso, la debilidad estructural de la economía nacional, que sigue arrastrando un déficit fiscal enorme desde el Gobierno anterior y un histórico déficit de balanza de pago, que sólo se logró arreglar durante algunos años tras fuertes crisis y violentas devaluaciones, está tan presente como a mediados de abril. Esto implica que aun suponiendo que la turbulencia cambiaria pasó, como dijo el Presidente, los fundamentos que aquí la profundizaron siguen vigentes.
Y aquí se profundizaron porque en realidad hay también un contexto internacional con Estados Unidos subiendo tasas y aspirando dólares que generó una devaluación de monedas a nivel mundial, y muy especialmente en los países emergentes.
Pero la debilidad propia después terminó colaborando para que ese escenario impactara con más fuerza.
La imagen de que se retiró la marea y quedó la situación cruda del país al descubierto, fue utilizada en varias oportunidades esta semana. Eso intentó mostrar el momento en que el financiamiento externo se interrumpió por la suba del costo y hubo que salir de apuro a buscar otra fuente crediticia. Allí apareció como última opción el Fondo Monetario Internacional, que en las próximas semanas se conocerá si es tan viejo como siempre o si presenta aires renovados y más sensibles a las crudas realidades de los países que lo necesitan. El Gobierno optó por un modelo que requiere de abastecimiento externo para poder financiar el rojo. Por eso cuando tambaleó la llegada de dólares, la tensión no fue menor. Pero contener y desactivar ese momento no será gratuito y requerirá un tránsito cuesta arriba durante muchos meses.
La escalada del dólar, que se devaluó 22 por ciento en el tiempo que duró la turbulencia, empujará el proceso inflacionario. Los precios recibirán el impacto de un tipo de cambio más elevado y que posiblemente siga subiendo aunque a un ritmo menor que el reciente.
Los economistas sacan a relucir una de las máximas que se cumplen a rajatabla: el incremento del tipo de cambio impacta en precios y reduce salarios reales. Este último punto será otra de las consecuencias ante un escenario de inflación nuevamente elevada, posiblemente en los mismos valores que 2017. La meta del 15% fue historia desde un principio, pero mucho más ahora. El Gobierno debería sentirse conforme si la suba de precios no supera la barrera del año pasado.
En este sentido, la turbulencia también dejó un seguro escenario de rediscusión salarial para muchos gremios que arriesgaron a firmar paritarias del 15% con cláusula de revisión y no cláusula gatillo. La primera supone que las partes se volverán a reunir para abrir nuevamente la discusión. La segunda se dispara automáticamente, como ocurrió en Córdoba, con los estatales, que con el próximo sueldo percibirán un 2% más por la diferencia entre inflación y recomposición de sueldos.
Un dato de los últimos días que muestra el impacto que puede tener la turbulencia lo aportó un componente básico de la canasta alimentaria: el pan subirá hoy 20% en Río Cuarto por el empuje que tuvo el precio del trigo (se duplicó desde comienzos de año) y la harina (creció 170%). Allí se dio un doble movimiento con el alza del cereal y del dólar.
De esta manera, si se vuelve a deteriorar el poder adquisitivo de los asalariados, tal como ocurrió en 2016 y 2014 -lo que muestra una coincidencia no casual de años pares, que son los que no tienen elecciones- el consumo también irá para abajo y apagará un motor importante de la economía.
Otro motor ya anunciado que irá a boxes es el de la obra pública. Lo dijo sin vueltas el ministro de Finanzas Nicolás Dujovne hace dos semanas, incluso antes de anunciar que iban al FMI. Anticipó que se recortarán 30 mil millones de pesos en infraestructura que se había prometido. La lista podría incluir también alguna en marcha con opción de demoras en pagos, lo que también tiene como destino Río Cuarto. La obra es el primer ítem que decidió apuntar el Gobierno ante la necesidad de reducir el déficit e intentando al mismo tiempo no afectar directamente otros gastos más sensibles, como los sociales. Sin embargo, con la obra no alcanzará.
En el sector privado, también anticipan un freno importante. El financiamiento de las pymes sigue siendo el gran interrogante, más allá de los anuncios que ayer hizo el Ministerio de la Producción junto a la Afip. Las entidades empresarias más importantes de Córdoba se lo expresaron al ministro Francisco Cabrera cuando acompañó al Presidente a Córdoba. Incluso le advirtieron por posibles dificultades en las cadenas de pago. En lo que no tienen dudas las empresas es en que deberán recalibrar los objetivos de 2018. La turbulencia cambiaria definió un nuevo escenario que promete más enfriamiento y dificultades.

