Las Fiestas llegan con muchos deseos y pocos regalos
El cierre del año está repleto de indicadores negativos en la economía, que sigue sin hacer pie. Se despertó el riesgo país y suma más incertidumbre al sistema financiero y al futuro de la Argentina. La pobreza se agudizó y depende de la inflación. Por Gonzalo Dal Bianco
La bola de nieve que se desprendió en la economía a fines de abril no terminó de rodar y sigue ampliando su circunferencia, mientras gira con fuerza demoledora en este fin de año. 2018 va a cerrar con indicadores difíciles de imaginar en el primer trimestre, cuando las aguas estaban mansas y el crecimiento se ubicaba en torno al 4%. Pero la tormenta azotó fuerte y no hay indicios que permitan imaginar que lo peor ya pasó.
La fuerte devaluación que duplicó el valor del dólar se trasladó inevitablemente a precios, lo que provocó una inflación del 48 por ciento anual a noviembre. Pero eso fue un promedio. Cuando el Indec puso la lupa sobre la canasta alimentaria, el incremento alcanzó el 54,1%, mientras la canasta total llegó al 57,3%. La primera marca la línea de la indigencia, en tanto que la segunda limita la de la pobreza. No es difícil imaginar que, frente a esas cifras, los ingresos de una parte muy significativa de la población quedaron muy relegados y eso explica en buena medida lo que ocurrió con los índices de pobreza difundidos por la Universidad Católica Argentina (UCA). Según ese estudio, el 33,6% de los argentinos no alcanza a cubrir los gastos totales de su hogar, estimados en 25 mil pesos para dos adultos y dos menores. El corte de la indigencia quedó establecido para la estadística en 10.122 pesos para la misma conformación. Así, 13,6 millones de personas son pobres, y casi 2,5 millones no alcanzan a tener ingresos para cubrir la demanda alimentaria y son consideradas indigentes.
Eso tuvo impacto directo en el consumo en este 2018. Las ventas minoristas también fueron por la pendiente y en noviembre cayeron en el pozo más profundo con una retracción superior al 15% en comparación con el mismo mes del año pasado. Desde hace algunos meses empezaron a observarse cierres de comercios tradicionales en la ciudad, mientras desde el gremio mercantil aseguran que hubo constantes pérdidas de fuentes de trabajo “por goteo”.
Detrás de esa merma en el consumo hay un aparato productivo que siente los efectos. Y allí la industria muestra señales de agotamiento y niveles de uso de capacidad instalada cada vez más reducidos.
La construcción, en tanto, se paralizó en el segmento público por el marcado freno en el gasto que aplicó el Gobierno y el ruido en el mercado financiero que limitó la puesta en marcha de las PPP que la Nación había lanzado con entusiasmo, pero que no logró articular por las condiciones del mercado. Mientras los privados se paralizaron ante la falta de financiación.
Ahora, regresó el riesgo país, que marcó un nuevo récord y con eso sumó más inconvenientes al panorama financiero. Ese indicador refleja el nivel de desconfianza que hay en los inversores al analizar la Argentina. El pico de 821 puntos básicos alcanzado ayer dejó al país por delante de Líbano y apenas detrás de Venezuela y Zambia como los mercados más riesgosos del mundo para invertir. Ese nivel de riesgo país es similar al que tenía Argentina en diciembre de 2014. Pero un año más tarde había bajado a casi 440 puntos, que coincidió con el arranque del mandato de Mauricio Macri. Está claro que con esos niveles de sobrecosto que tendría el país para tomar financiamiento internacional, la opción del FMI era la única para tomar fondos frescos y algo de aire. Sin embargo, más allá de la turbulencia internacional que existe y que golpea a los mercados emergentes, el caso argentino tiene un aditivo más: la incertidumbre sobre lo que puede pasar el día después de que el Fondo termine con sus desembolsos -ahora giró otros 7.600 millones de dólares- y llegue el tiempo de comenzar a devolver el dinero prestado. ¿Está en condiciones el país de cumplir con las obligaciones contraídas? Los 821 puntos muestran que las dudas son enormes en este momento.
Mientras tanto, la fuerte recesión y la combinación con la estampida de precios hundieron a miles de argentinos en la pobreza este año. Pero lo central aquí es que no hay indicios claros de un quiebre en la tendencia. La actividad económica sigue en baja mientras el Banco Central da pequeños pasos para bajar las tasas desde la estratósfera, con el ojo siempre puesto en el dólar y, por lo tanto, en la inflación. Con ese nivel de tasas, la producción y las inversiones no paran de perder terreno. Las pymes sienten el cimbronazo a medida que el tiempo corre y el hielo se extiende. No es posible sostener ese nivel de tasas de interés durante mucho tiempo más porque las consecuencias en la economía real están a la vista y tienden a profundizarse. Pero si las recortan y el dólar vuelve a dar un salto hay nuevamente riesgo de traslado a precios.
Apenas el aporte de dólares genuinos del campo aparece en el horizonte como una buena noticia que llegará recién en el segundo trimestre de 2019. Aunque importante, porque podría sumar unos 7 mil millones de dólares extras que este año faltaron por la sequía, difícilmente el agro por sí mismo pueda hacer girar la rueda clavada en el barro si no mejora el consumo, que dependerá de la carrera entre salarios e inflación, siempre que el deterioro no pase al terreno del empleo, que, aunque tuvo un leve desgaste según el Indec, aún no mostró una brusca caída.
Gonzalo Dal Bianco. Redacción Puntal
La fuerte devaluación que duplicó el valor del dólar se trasladó inevitablemente a precios, lo que provocó una inflación del 48 por ciento anual a noviembre. Pero eso fue un promedio. Cuando el Indec puso la lupa sobre la canasta alimentaria, el incremento alcanzó el 54,1%, mientras la canasta total llegó al 57,3%. La primera marca la línea de la indigencia, en tanto que la segunda limita la de la pobreza. No es difícil imaginar que, frente a esas cifras, los ingresos de una parte muy significativa de la población quedaron muy relegados y eso explica en buena medida lo que ocurrió con los índices de pobreza difundidos por la Universidad Católica Argentina (UCA). Según ese estudio, el 33,6% de los argentinos no alcanza a cubrir los gastos totales de su hogar, estimados en 25 mil pesos para dos adultos y dos menores. El corte de la indigencia quedó establecido para la estadística en 10.122 pesos para la misma conformación. Así, 13,6 millones de personas son pobres, y casi 2,5 millones no alcanzan a tener ingresos para cubrir la demanda alimentaria y son consideradas indigentes.
Eso tuvo impacto directo en el consumo en este 2018. Las ventas minoristas también fueron por la pendiente y en noviembre cayeron en el pozo más profundo con una retracción superior al 15% en comparación con el mismo mes del año pasado. Desde hace algunos meses empezaron a observarse cierres de comercios tradicionales en la ciudad, mientras desde el gremio mercantil aseguran que hubo constantes pérdidas de fuentes de trabajo “por goteo”.
Detrás de esa merma en el consumo hay un aparato productivo que siente los efectos. Y allí la industria muestra señales de agotamiento y niveles de uso de capacidad instalada cada vez más reducidos.
La construcción, en tanto, se paralizó en el segmento público por el marcado freno en el gasto que aplicó el Gobierno y el ruido en el mercado financiero que limitó la puesta en marcha de las PPP que la Nación había lanzado con entusiasmo, pero que no logró articular por las condiciones del mercado. Mientras los privados se paralizaron ante la falta de financiación.
Ahora, regresó el riesgo país, que marcó un nuevo récord y con eso sumó más inconvenientes al panorama financiero. Ese indicador refleja el nivel de desconfianza que hay en los inversores al analizar la Argentina. El pico de 821 puntos básicos alcanzado ayer dejó al país por delante de Líbano y apenas detrás de Venezuela y Zambia como los mercados más riesgosos del mundo para invertir. Ese nivel de riesgo país es similar al que tenía Argentina en diciembre de 2014. Pero un año más tarde había bajado a casi 440 puntos, que coincidió con el arranque del mandato de Mauricio Macri. Está claro que con esos niveles de sobrecosto que tendría el país para tomar financiamiento internacional, la opción del FMI era la única para tomar fondos frescos y algo de aire. Sin embargo, más allá de la turbulencia internacional que existe y que golpea a los mercados emergentes, el caso argentino tiene un aditivo más: la incertidumbre sobre lo que puede pasar el día después de que el Fondo termine con sus desembolsos -ahora giró otros 7.600 millones de dólares- y llegue el tiempo de comenzar a devolver el dinero prestado. ¿Está en condiciones el país de cumplir con las obligaciones contraídas? Los 821 puntos muestran que las dudas son enormes en este momento.
Mientras tanto, la fuerte recesión y la combinación con la estampida de precios hundieron a miles de argentinos en la pobreza este año. Pero lo central aquí es que no hay indicios claros de un quiebre en la tendencia. La actividad económica sigue en baja mientras el Banco Central da pequeños pasos para bajar las tasas desde la estratósfera, con el ojo siempre puesto en el dólar y, por lo tanto, en la inflación. Con ese nivel de tasas, la producción y las inversiones no paran de perder terreno. Las pymes sienten el cimbronazo a medida que el tiempo corre y el hielo se extiende. No es posible sostener ese nivel de tasas de interés durante mucho tiempo más porque las consecuencias en la economía real están a la vista y tienden a profundizarse. Pero si las recortan y el dólar vuelve a dar un salto hay nuevamente riesgo de traslado a precios.
Apenas el aporte de dólares genuinos del campo aparece en el horizonte como una buena noticia que llegará recién en el segundo trimestre de 2019. Aunque importante, porque podría sumar unos 7 mil millones de dólares extras que este año faltaron por la sequía, difícilmente el agro por sí mismo pueda hacer girar la rueda clavada en el barro si no mejora el consumo, que dependerá de la carrera entre salarios e inflación, siempre que el deterioro no pase al terreno del empleo, que, aunque tuvo un leve desgaste según el Indec, aún no mostró una brusca caída.
Gonzalo Dal Bianco. Redacción Puntal