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Las secuelas empiezan a llegar

Por Gonzalo Dal Bianco

“El problema es que no podemos seguir corriendo sólo en la dirección de achicar, y ajustar, hay que abrir una agenda para ver cómo crecemos. Lo que no está claro es ahora cómo vamos a volver al sendero de expansión”, se quejó ayer un industrial en el marco de la segunda feria que organizan de manera conjunta la Municipalidad, la Universidad Nacional, la Sociedad Rural, el Cecis y el Parque Industrial Arturo Frondizzi.

El ministro coordinador, Nicolás Dujovne, quien debutó hace 15 días como el responsable de articular la multicefálica área económica del Gobierno nacional, anunció ayer un nuevo recorte del gasto público, ahora por unos 24 mil millones de pesos, que incluirá un congelamiento de ingresos de personal al Estado nacional por dos años.

Es un paso más en el intento de equilibrar las cuentas para apurar la eliminación del déficit fiscal, la nueva obsesión que tiene el Gobierno y que desplazó en las últimas semanas al combate contra la inflación, que volverá a perder este año, y también la eliminación de la pobreza y el crecimiento económico. Son metas que quedaron a un costado del camino. Sin embargo, ayer algunos economistas recordaron que el déficit fiscal alcanza los $700.000 millones. Eso implicaría que el recorte anunciado representa menos del 1% del gasto y el 3% del déficit.

El Gobierno, en su búsqueda de acordar con el Fondo Monetario Internacional (FMI), se concentró en los números. Afuera, hay una enorme incertidumbre que mantiene a una platea quieta, y en parte se vio reflejado en la primera jornada de la Feria Industrial. No pocos hombres que lideran empresas de relevancia regional mostraron su descontento sobre el tránsito de la economía. Son pocos los que se animan a moverse y decidir en este contexto, más allá de que siempre reivindican el espíritu emprendendor. Nadie arriesga en el campo productivo cuando la neblina es intensa. Eso funciona más en el campo financiero. 

Tanto los productores agropecuarios como los industriales, que en un hecho a destacar convergieron en un mismo predio ayer, en el marco de la Exposición de Otoño de la Sociedad Rural, esperan adivinar algún próximo movimiento del mercado y del Gobierno. Los que tenían pensado tomar decisiones las suspendieron hasta nuevo aviso. Hay varios sectores que padecen esto, pero el que salió esta semana a mostrar su crítica situación fue uno que enlaza al campo con la industria: los fabricantes de maquinaria agrícola. En la provincia hay poco más de 60 industrias del sector que se distribuyen en decenas de localidades del interior provincial y que hacen girar pequeñas economías. Habían logrado un ritmo de crecimiento envidiable durante 2016 y 2017, con pleno nivel de ocupación y proyecciones para expandirse. De pronto se alinearon las malas noticias: primero fue la sequía del campo que azotó como no se tenía previsto a la producción de granos en la cosecha gruesa, a tal punto que Córdoba perdió 11 millones de toneladas con respecto al ciclo anterior. Fue un golpe enorme para la economía del interior, especialmente para todos aquellos que tenían desarrollada la idea de pagar a cosecha algunos gastos de la campaña. Esos hicieron sonar las primeras alarmas. Ahora todos los eslabones están sintiendo los efectos, y entre ellos los de la maquinaria.

Pero después de eso llegó la turbulencia que hizo temblar todo y catapultó las tasas de interés. Fue un baño de agua helada que cortó la financiación de un momento para el otro, y un freno de mano para las decenas de fábricas. Ahora piden a gritos algún tipo de asistencia para evitar el colapso, aunque en los últimos días desde el Banco Central las señales ratificaron un nivel alto de tasas por un buen tiempo. De hecho, el dólar sigue presionando, la inflación no cede y por lo tanto no aparece todavía un estado que permita ir retirando los remedios que se usaron de urgencia. La fiebre sigue alta, más allá de que desaparecieron algunas convulsiones.

En paralelo, las consecuencias de las medidas, que se proyectan al menos hasta fin de año, lógicamente que llegaron también a las góndolas. En los pequeños supermercados y almacenes de barrio reportan con asombro cómo las listas de precios llegan con cambios semanales en muchos casos. Era algo que se esperaba, más allá de que los funcionarios se esmeren en negar siempre la posibilidad del traslado a precio de una corrida cambiaria como la que comenzó a fines de abril. En mayo el tipo de cambio trepó más de 22 por ciento y eso hace que la lucha contra la inflación, la principal preocupación que hoy tienen los argentinos, deba esperar un nuevo año para retomar su camino. El Gobierno debería contentarse con alcanzar la cifra de inflación de 2017, aunque para eso deberá esforzarse en los 7 meses que quedan.

¿Hay buenas noticias para este tramo del año? Ayer el economista Juan Carlos De Pablo, una de las figuras destacadas de la primera jornada de la Feria Industrial, encontró una. El académico señaló que la buena noticia a esta altura, luego de la crisis cambiaria, es que “el Presidente se cagó”. Fue un textual que arrancó algunas sonrisas en el público, que se mantuvo expectante por el desenlace. El razonamiento estuvo atado a una expresión que Carlos Melconian emitió dos semanas atrás: el Gobierno perdió el tiempo durante dos años y medio con la política del optimismo y las buenas ondas. Para De Pablo, que el Presidente haya tomado nota y dimensión de la situación, es una buena noticia. En particupar porque reorganizó la mesa económica y puso a alguien por encima, lo que considera central para que haya una mejor toma de decisiones.

Ahora será el tiempo de las políticas, un campo en el que en el último tiempo no obtuvo demasiados logros y es lo que mantiene lejos las expectativas de los sectores productivos de la realidad. Todo enmarcado en el acuerdo con el FMI.