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Seis años para el 2023

Mientras el escenario nacional se deteriora, los dirigentes siguen mirando el año próximo. El intendente Llamosas cumplió 6 años de gestión y su acción está enfocada en la proyección provincial

Alberto y Cristina, los Fernández que ocupan los principales cargos políticos del país, se están tirando con actos. Esa es el arma que han elegido para atacarse y contraatacarse en la guerra que están librando impunemente en la cima del poder y que tiene hoy, en un país angustiado por la crisis, consecuencias imprevisibles. Mientras el Presidente y la vicepresidenta dan rienda suelta a sus hostilidades y debaten sobre la naturaleza del poder y la trascendencia de la lapicera en el ejercicio del gobierno, a sus pies la economía es un incendio: el dólar paralelo, que el 1 de junio estaba en 206 pesos, llegó a 239 en el último día del mes, los financieros orillan los 250 pesos, la vocera presidencial festeja que la inflación mensual parece haberse ubicado en el 5 por ciento y la sangría de reservas, que según el propio Miguel Pesce fogoneaba el peligro de una devaluación brusca, fue contenida momentáneamente por el cierre de las importaciones, que no sería demasiado grave si no implicara a la vez una complicación para numerosas ramas de la industria y, para variar, para los precios.

En los últimos días el Gobierno parece haber elegido, vía cepo, una dosis adicional de inflación, un ingrediente que no está precisamente en escasez en Argentina, antes que una devaluación todavía más traumática. Ahora que Martín Guzmán dejó finalmente la conducción de Economía, ese será uno de los primeros y más ingentes desafíos del próximo ministro.

La economía y la política viven en simbiosis: cuando una se deteriora tan críticamente como ocurre en la actualidad, la otra también.

Las encuestas que periódicamente se hacen en el país, y también en Córdoba, reflejan que la imagen de la dirigencia se erosiona junto con el poder adquisitivo. Son excepcionales los casos de políticos que ostentan mayor imagen positiva que negativa. Los más golpeados son, por supuesto, los popes del gobierno nacional, con índices de desaprobación que oscilan entre el 65 y el 70 por ciento, pero la oposición tampoco se salva. El fenómeno puede atenuarse a medida que se achica la distancia: algunos gobiernos provinciales y municipales conservan índices de aprobación respetables.

Con una salvedad: la paciencia se ha acortado. Un capítulo puntual, un paso en falso, puede hacer tambalear una construcción política que parecía tener fundamentos sólidos.

En ese contexto, los dirigentes con pretensiones encuentran una complicación: cómo hacer campaña con tanta anticipación, cómo instalarse como una alternativa de poder en cualquier ámbito, sin que eso implique un reproche de la sociedad, que más que candidaturas está ansiando y reclamando soluciones.

En Córdoba, la campaña está lanzada pero aún son pocos los que transparentan sus aspiraciones. Dicen sin decir. Sólo Luis Juez confiesa abiertamente que quiere ser gobernador. En Hacemos por Córdoba, Martín Llaryora, intendente de la capital provincial, tiene pose de candidato pero no discurso. Su construcción para dar el salto a la provincia se asienta en acciones de gobierno. Su campaña es casi subliminal; lleva adelante programas que se hacen en Córdoba capital pero que podrían ser replicables y que apuntan a que en cada pueblo o ciudad del interior los electores piensen: quiero eso que está haciendo Llaryora para mí o para mi comunidad.

Quien sí blanqueó que quiere ser interlocutor en la discusión grande por el poder provincial fue el intendente Juan Manuel Llamosas, que ayer cumplió seis años en el poder y que tiene, políticamente, un doble desafío: construir su propio camino hacia adelante, imposibilitado ya de repetir en la intendencia, y contribuir a que el período del peronismo en el poder no se interrumpa después de él.

Quienes lo conocen aseguran que Llamosas no está demasiado preocupado por el futuro próximo del peronismo en la ciudad sino, principalmente, por su propia proyección provincial. El intendente ha planteado que a aquellos que manifestaron su voluntad de ser candidatos en 2024 los puso en la vidriera: casi todos son secretarios. A la posibilidad de posicionarse la tuvieron; si la dilapidaron será el resultado de una impericia individual, no de una actitud adjudicable al intendente, razona Llamosas.

El jefe comunal aprovechó su aniversario número 6 para hacer un balance y para exponer -no sólo en Río Cuarto- los actos de gobierno que desplegó desde 2016 y que justificarían, a su juicio, su ascenso como dirigente provincial.

Llamosas ha construido una gestión que se le parece: sin sobresaltos, sin conflictos y con el sostenimiento de los grandes acuerdos que configuran a la sociedad riocuartense. El intendente no ha tenido confrontaciones, salvo algún chispazo con la oposición.

Es verdad, como planteó en los últimos días, que hay aspectos en los que Llamosas avanzó y que los próximos gobiernos deberán continuar: la descentralización en los Centros de Gestión Municipal, los dispensarios con atención durante las 24 horas y el presupuesto participativo.

Pero los ejes en los que el intendente pone especial énfasis son aquellos que pueden contribuir a su proyección provincial, principalmente los 30 frentes de obra que están actualmente en marcha. Esa inversión es posible actualmente por dos aspectos: por un lado, porque las cuentas de la Municipalidad han hilvanado 5 años de superávit primario pero, sobre todo, porque el gobierno provincial es del mismo signo político.

En algunos procesos, el gobierno de Llamosas generó más expectativas que concreciones: el principal ejemplo fue la licitación del contrato de higiene urbana, que debía darle a la ciudad un servicio moderno y ambientalmente sustentable pero que repitió el modelo de camiones recolectando residuos y nada más.

La actuación durante los meses más crudos de la pandemia fue otro desafío: y allí, si bien el escándalo del médico trucho Ignacio Martín tuvo una fuerte repercusión y resultó difícil de explicar, el Estado municipal actuó eficientemente más que nada en la organización del operativo masivo de vacunación.

Y si un aspecto central hay que reprocharle al gobierno de Llamosas es una inconsistencia que también aquejó a la mayoría de los gobiernos que ha tenido la ciudad en los últimos 25 años: la falta de un proyecto general de ciudad, de una concepción económica, productiva y social que conduzca los esfuerzos y los recursos del Estado, siempre limitados, en una dirección prefigurada.

En Río Cuarto, los gobiernos hacen cosas -algunos más, otros menos- pero casi siempre inconexas, que no parecen guiadas por una idea de ciudad. Hasta las obras públicas deberían regirse por ese criterio: ¿por qué se pavimenta una calle y no otra?¿Por qué se concreta un proyecto antes y se retrasa otro? Si esas definiciones han existido, si las preeminencias están fundamentadas por un plan rector, no se han explicitado.

Un aspecto adjudicable enteramente a la actual gestión es la escasa iniciativa política de algunas áreas o secretarías, que carecen no sólo de acción sino de justificación funcional. La mayoría de los secretarios cultivan un perfil bajo que, a la vez, desluce a la gestión.

La imagen de un intendente es individual pero también se construye grupalmente.