Opinión | Internet

Un merecido reconocimiento a los que nos cuidan

 

En esta Pascua de Resurrección atípica, con pocas roscas y huevos de chocolate, sin las clásicas aglomeraciones viales y hoteleras generadoras de audaces postulados de teoría económica tipo “y después dicen que hay crisis...”, nos sentimos más cerca de la reflexión y el recogimiento que tanto nos reclaman quienes nos recuerdan que el sentido del ayuno es hacer penitencia y no atragantarnos con salmón ahumado, pacú a la parrilla y cazuela de mariscos. Pero, de tanto reflexionar y recogernos, corremos el riesgo de caer en ese abatimiento al que sucumbió, en un momento de debilidad, hasta el a veces relegado protagonista de la fecha -el flaco de la cruz, se entiende-, a quien incluso se nos ocurre parafrasear: “¡Señor, por qué nos has abandonado!”. Bueno, a ver si cortamos con las pálidas, gentes de poca fe, que si algún poder superior efectivamente da la impresión de estar incordiándonos un poco siempre tenemos a esos otros poderes superiores, los terrenales, listos para salir a tranquilizarnos con todo tipo de palabras y actitudes que se hermanan en un solo mensaje contundente: “Los estamos cuidando”. Pero no sólo con el pedido de que nos quedemos en casa, ¿eh?, los motivos que nos dan para que nos sintamos cuidados se vienen multiplicando y esta Semana Santa parecen haber explotado.

Por lo pronto, mientras todavía estábamos preguntándonos si el Domingo de Ramos vale lo mismo si en lugar de recibir una ramita de olivo de una desconocida que andá a saber si lo desinfectó y se lavó las manos abrimos un sachet de aceitunas, nos enteramos de que la lucha contra el hambre que lleva adelante el Gobierno va en serio. Al haber pagado 82 pesos un paquete de fideos que en el almacén de la esquina cuesta 28 y 157 la botella de aceite a la cual el propio Gobierno le fijó un precio de 98, quedó demostrado claramente el significado del compromiso de Alberto: en tiempos de emergencia, la economía pasa a segundo plano, no es cuestión de andar contando las moneditas cuando la prioridad es atender las necesidades básicas de la población más postergada, no es cuestión de hacer negocios con la comida para los pobres, hay que ser muy miserable para hacer algo así. La decisión política de no fijarse en gastos a la hora de asegurar la provisión de alimentos -asegurándoles a los proveedores un buen margen, cosa que en el futuro nos puedan seguir proveyendo- es clara demostración de cómo nos están cuidando.

Porque todo en esta operación es extremadamente cuidadoso. La selección de las empresas participantes en la compulsa de precios, por ejemplo, se ajusta a los principios de libre competencia con una escrupulosidad que sólo puede encontrarse en las adquisiciones del Estado: en lugar de convocar a fabricantes de azúcar y harina para que se saquen los ojos entre sí, se convoca a intermediarias que pertenezcan al mismo dueño o funcionen en el mismo domicilio para asegurar una competencia pareja y ordenada. Gente con experiencia que “se planta” cuando se les pide una rebaja, mirá si en un ámbito tan serio como este va a haber lugar para el regateo. Y la misma seriedad se advierte del otro lado del mostrador: ¿no es una tranquilidad que el funcionario encargado de cerrar el trato haya sido un “cuadro” militante con tanta vocación de servicio que aceptó un puesto de alta responsabilidad y con manejo de mucha plata en el Ministerio de Desarrollo Social para demostrar que no guardaba ningún rencor por el hecho de que ayer nomás lo hubieran echado del municipio bonaerense donde laburaba bajo la injusta acusación de coimero, sin más pruebas que una cámara oculta en la cual se lo saca de contexto? El único defecto de la operación fue el exceso de transparencia, gracias al cual fue descubierta por periodistas ortivas que armaron bardo y terminaron dejando el tendal. Pero confiemos en que los desplazados seguirán disponibles para volver, sin rencores otra vez, apenas se los convoque a seguir cuidándonos.

En otro orden, pero con la misma onda de no sacarnos el ojo de encima para que andemos derechitos, también ha saltado esta semana lo del “ciberpatrullaje” del Ministerio de Seguridad, que no sólo de pan vive el ciudadano. Otra iniciativa nac & pop que dio pasto a las fieras del neoliberalismo, quién la ha visto y quién la ve a Patricia Bullrich preocupándose por la privacidad de los ciudadanos que se quejan de los gobiernos por las redes. Corrida por izquierda, mirá vos, la antropóloga Sabina Frederic seguramente quiere conocer el “humor social” no por vigilante sino por curiosidad científica, pero parece que le cuesta hacerse entender por algunos argentinos que meten en internet desde estrategias para burlar los controles antipandemia escondiéndose en los baúles de los autos hasta la receta de la nona para que el arroz con leche no quede pastoso, desde tiernas fotos de gatitos remolones hasta sugerencias para resolver todos los problemas de la sociedad a través del exterminio de la mitad globoluda o la mitad choriplanera, meten la vida entera y, después de no dejar nada sin mostrar, si a Sabina o a cualquier científica curiosa se le ocurre mirar se quejan de que estan violando su intimidad.

Igual ya está claro, ¿eh?, ya nuestra vigilante antropóloga lo ha explicado muy bien como para que la entendamos: esto no es ciberespionaje, una cosa abominable que va contra nuestros principios y convicciones, sino un sencillo ciberpatrullaje. Y por si queda alguna duda acerca de cuál es la diferencia entre ambos conceptos totalmente opuestos, acá van las correspondientes definiciones. Mientras ciberespionaje es la obtención, recopilación y análisis de información sobre individuos o grupos sociales a través de la observación de su actividad en internet, con objetivos como la anticipación y el control de su comportamiento, así como la elaboración de planes para influir activamente en ellos, ciberpatrullaje es simplemente la obtención, recopilación y análisis de información sobre individuos o grupos sociales a través de la observación de su actividad en internet, con objetivos como la anticipación y el control de su comportamiento, así como la elaboración de planes para influir activamente en ellos, algo que como se advierte a simple vista no tiene absolutamente nada que ver. No es lo mismo espiar a la población para sojuzgarla autoritariamente que salir de patrulla para cuidarla amorosamente.

Hay muchos ejemplos más de cuidadores amorosos, desde los gobernadores e intendentes que bloquean los accesos de provincias y municipios porque la salud importa más que el abastecimiento hasta los jueces que sacan a los presos de las cárceles donde todavía no ha habido ni un caso de coronavirus para enviarlos a sus casas con sus familias que han andado por ahí con la posibilidad de haberse contagiado. D’Elía y Boudou, agradecidos; pero suponemos que el ejemplo se extenderá a condenados de todos los rubros, gente que seguramente cumplirá la cuarentena de la manera más estricta, porque es gente muy respetuosa de las normas. Pero puestos a seleccionar a los mejores del rubro “cuidación”, nos quedamos con esos cuidadores espontáneos, que sin autoridad ni responsabilidades institucionales no vacilan en ponerse valientemente en la primera línea de la lucha contra la enfermedad, con el encomiable recurso de pegar en los ascensores de los edificios donde viven amenazas anónimas contra los médicos y enfermeros. Les damos las gracias desde aquí por poner en caja a esos focos infecciosos ambulantes que con insolente falta de solidaridad y empatía por sus semejantes tienen el atrevimiento de pretender ir a sus casas a descansar, sin el menor reproche de sus sucias conciencias culpables, después de retozar con apestados en los hospitales y las clínicas.

Jorge F. Legarda