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A 17 años: el día que los habitantes de Laboulaye le ganaron la batalla al agua

El 3 de noviembre fue instaurado como el Día de la Muralla en esta ciudad, que en 2001 corrió riesgo que quedar sepultada bajo la masa hídrica. Era de madrugada. Una propaladora convocó a hombres, mujeres y jóvenes, quienes levantaron una defensa de más de 2 metros de alto por 2.300 metros de largo sobre las vías para evitar la inundación.

Era la madrugada de 3 de noviembre de 2001. Defensa Civil, Bomberos, Municipalidad estaban alertas. Una gran masa de agua acechaba Laboulaye, en medio de una inundación que ya había arrasado con miles de hectáreas de campo. 

En la comunidad, en tanto, a sabiendas de esta situación,  la vida continuaba. Los jóvenes en el boliche bailable, las familias entregadas al descanso. Hasta que la propaladora que recorría las calles pidió la colaboración para llenar bolsas de tierra, de arena, e ir hacia el sector de las vías para atrincherar la ciudad armando una gran muralla.

Ese día marcó el antes y después de una ciudad que ante una tragedia que pareció inminente se abroqueló y se salvó de quedar sepultada bajo las aguas.

El sur cordobés ya había tenido dos grandes inundaciones: una en 1996, otra en 1998, y finalmente ésta de 2001, donde los campos verdes se habían convertido en mares.

Fue el trabajo denodado de hombres, mujeres, adolescentes y niños que levantaron una muralla de 2.300 metros de largo por 3 metros de ancho y una altura de más de 2 metros con bolsas llenas de arena y tierra lo que impidió el desastre.

Esa muralla quedó como ícono de esta gesta histórica y el pasado viernes, en un acto organizado por el Jardín de Infantes “25 de Mayo y el centro educativo “Margarita Silli de Caraballo”, se rememoró este hecho y se declaró patrimonio histórico de la ciudad esa construcción de bolsas como símbolo de un pueblo unido.

En este informe, algunos de los protagonistas de esta lucha contra el agua brindaron su testimonio a Puntal, recordaron anécdotas y destacaron el significado que tiene para ellos y las futuras generaciones el  Día de la Muralla”.

Desde hacía semanas el agua amenazaba. Había destruido gran parte de La Cautiva e inundado miles de hectáreas de campo. Vecinos de la zona rural tuvieron que abandonar sus casas con lo puesto. 

En octubre de 2001 ya se advertía la gran masa hídrica. 

Miguel Irrazábal, hoy jefe del cuerpo de bomberos de Laboulaye, era por aquel tiempo un voluntario más. Relató que desde hacía semanas estaban acuartelados y junto a la Municipalidad y personal de Defensa Civil de la provincia habían conformado una mesa de emergencia. Vigilaban segundo a segundo el comportamiento del agua en el sector de la red vial que iba hacia el sur de la provincia, saliendo de ruta provincial 4 hacia el oeste de la ciudad.

“Estaba bastante controlada, hasta esa noche en que ya no se pudo más”, detalló Irrazábal.

Frente de guerra

La masa hídrica comenzó a cruzar las vías y el pueblo estaba en peligro. 

Néstor Garimanno, el intendente  de Laboulaye en ese momento, debía tomar una decisión que lo dejaba al borde de cometer una ilegalidad, cual era romper por debajo de las vías para dar paso al agua. “Sabíamos que el agua estaba controlada en los campos, pero con la complicidad de la Policía, productores de las tierras más arriba bajaron un médano y cortaron la ruta 7, y se nos vino el agua de golpe”, contó a Puntal.

Y allí comenzó la guerra con el agua.

En las primeras horas de esa madrugada, los voluntarios salieron rumbo a las vías. Mientras otros en el pueblo seguían llenando bolsas con arena, y agotada ésta, con tierra que se sacaban de terrenos baldíos. Era una batalla librada minuto a minuto.

Luego, como en una columna de hormigas, hombres, mujeres, jóvenes hacían de “pasamanos” con las pesadas bolsas apilándolas en una extensión de 2.300 metros. Y el agua que llegaba y alcanzaba el límite. Y otra fila de bolsas se acumulaba. Así hasta llegar a los 2 metros de alto. Fueron dos días de intenso trabajo, sin dormir algunos.

En la ciudad, la base operativa, en el comedor del colegio Enet, con las mujeres que preparaban las raciones de comida, el café y hasta los cigarrillos que pedían  los voluntarios allá en el frente de batalla.

Elba Fenoglio de Sona tiene hoy 77 años y recuerda cada detalle de aquel 3 noviembre. “Me enteré de lo que estaba pasando, llamé a Susana  (Benedi, esposa del entonces intendente Néstor Garimanno) y me ofrecí para ayudar. Se armó un campamento en la escuela del Enet. Yo soy cocinera, y junto a un grupo de mujeres nos encargábamos de preparar las raciones de comida para llevar a la gente que estaba en la muralla”.

Cocinar y preparar raciones

Los comerciantes de la ciudad acercaban la materia prima sin cargo alguno. El panadero, el verdulero, el carnicero, todos aportaban. En medio las mujeres, que trabajaban sin cesar calentando agua, preparando café, bolsas con fruta o algún sandwich, para alimentar a las cuadrillas de voluntarios que acarreaban las bolsas para  atrincherar la ciudad.

Entre las anécdotas que recuerda Elba menciona: “Un día hicimos tortas fritas, faltaban palos para amasar, los pedimos y al rato teníamos una enorme cantidad”.

“También necesitábamos termos para llevar café o algo caliente a la gente que estaba trabajando, y en un rato llegaron más de 50”, rememora con voz entrecortada la mujer. Días después de levantada la muralla se siguió con la vigilia, y la casa de Elba se convirtió en otro lugar donde preparar las raciones de comida para los voluntarios.

Emocionada destaca una y otra vez la actitud de los más jóvenes, que en la madrugada salieron del boliche bailable y así como estaban se subieron a las camionetas rumbo a las vías para colaborar para armar la muralla. “Lo de los chicos fue muy emocionante. Salían de la confitería y se iban a la muralla”, menciona.

A pesar de los años transcurridos, y de haber sido parte de esta cruzada en defensa del pueblo, Elba nunca fue hasta la muralla, pero dice que nunca borrará de su memoria este hecho, y menos aún a las personas que colaboraron.

Semanas sin dormir

Retomando el testimonio del bombero  Miguel Irrazábal a Puntal, siguió diciendo:  “El día más complicado fue la madrugada del 3 de noviembre, pero nosotros unos días antes, como veíamos que estaba complicado, comenzamos a hacer guardias y nos acuartelamos”.

Llegó el momento de hacerle frente al agua, y los voluntarios estaban preparados para ello. No así una comunidad que se les unió, tras responder al llamado de la propaladora que recorría el pueblo pidiendo ayuda.  “Fue una unión total de todos, ahí no había colores políticos, ni si eras hincha de Boca, River o San Lorenzo, si eras de un barrio u otro. Todos trabajamos juntos, unos llenaban las bolsas que donó Molinos Florencia, otros las cargaban y las llevaban hasta las vías. Así logramos que no entrara el agua a la ciudad”, detalla.

“Gracias a toda la población y en especial a la juventud ganamos como quien dice la batalla”, dice emocionado Miguel.

En los días posteriores, el trabajo continuó para los bomberos, quienes, tras armarse la muralla, debían pasar en lancha a los vecinos de la zona rural o de pueblos vecinos que iban a Laboulaye en busca de asistencia de salud o a proveerse de mercadería. “Mucha gente no quiso salir de sus campos, así que se acercaba comida y remedios en lancha, o el helicóptero de la gobernación. Esto nos dejó una enseñanza, que es que trabajando unidos pudimos salvar al pueblo”.

Irrazábal destacó la entereza del intendente Garimanno, que aún a riesgo de cometer un ilícito decidió cortar las vías y salvar a su comunidad. “Se la jugó  en muchas cosas”.

“La verdad, en medio de la desgracia vivimos una situación muy emocionante y que nos dio fortaleza”, reflexiona Irrazábal.

Los jóvenes, los protagonistas

Paula Mandrile, encargada de Prensa de la Municipalidad de Laboulaye, tenía 13 años cuando la ciudad vivió esta inundación.

Así contó su testimonio a Puntal.

“Estábamos con un grupo de amigas y nos enteramos porque escuchábamos a nuestros padres preocupados por lo que estaba pasando. Recuerdo que le dije a mi mamá `me voy a la muralla’. Ella me respondió: ‘Tené cuidado, no vuelvas tarde. Cualquier cosa está tu papá dando vueltas’.  Me fui y no volví en 3 días. Iba un rato a descansar y me volvía a ayudar a trasladar las bolsas, o llevar las raciones a la gente que estaba en la muralla”.

“Cuando me encontré con mi mamá me retó de una manera que aún recuerdo hoy. Le dije que estaba ayudando a la ciudad y repetí lo que escuchaba; que si llovía un milímetro había que hacer otra pila de bolsas más”.

Paula dice que recuerda a la gente en la muralla trabajando a destajo, cansada, con hambre, pero sin bajar los brazos.

 “Nos pedían cigarrillos y en el pueblo ya no quedaba ni tabaco para armar”.

“Lo recuerdo como una de las experiencias más hermosas de mi vida, acompañada por mucho dolor porque era tanta la angustia que se vivía. El día que se controló el agua, recuerdo los gritos de los jóvenes, los cánticos porque habíamos ganado la batalla. En ese hecho toda la sociedad se unió, no importaba si eras del barrio Norte o el Sur, que es la eterna pelea en Laboulaye”.

En los últimos años y por iniciativa de la Juventud Radical se comenzó a conmemorar el Día de la Muralla, para no perder la memoria de esa gesta histórica.

Paula finaliza diciendo: “Si esto hubiese ocurrido hoy con las redes que todo lo difunden, sería un furor”.

Patricia Rossia

Redacción Puntal