Política | Javier Milei

Milei y el efecto de la combustión interna

El Presidente es otro, débil desde la elección bonaerense, pero actúa como si todavía tuviera el 56% de los votos. La realidad le muestra otra cara, por ejemplo, en la actitud de los gobernadores

 

Durante 21 meses, Javier Milei gobernó con debilidad institucional; desde la semana pasada además gobierna con debilidad política. La sorprendente -no tanto por el resultado sino por la magnitud- derrota en Buenos Aires pone al Presidente ante un escenario que para él es inédito e instala el interrogante sobre la capacidad que tendrá de sobreponerse y, además, de recuperar su gestión.

Las crisis no tienen siempre la misma dinámica. Pero todas suelen compartir una característica común: van dando indicios, mostrando actos preparatorios. Milei fue ignorándolos a todos y gobernó como si todavía tuviera el 56% de los votos y como si su programa a base de motosierra hubiera sido inocuo. De repente, se encontró con otra realidad: la principal provincia del país, esa que dijo que iba a pintar de violeta, le dio una cachetada. Y no sólo perdió en los bolsones históricamente peronistas, como La Matanza, sino también en sectores donde el ajuste, en teoría, era popular. Si le dio la espalda la clase media bonaerense, ¿por qué no podría hacer lo mismo la de otros distritos? La inquietud para el gobierno está relacionada entonces con la profundidad y, sobre todo, con la tipología de la derrota.

Desde entonces, el tiempo se aceleró: un gobierno que se autopercibía fuerte se descubrió débil de un momento a otro. La primera reacción fue de resignación, de aceptación: Milei dijo, nervioso y contrariado, que recibía el mensaje y que La Libertad Avanza encararía una profunda autocrítica. Sin embargo, con el correr de los días, la autocrítica se postuló pero no se ejerció.

El gobierno aceptó el resultado pero no sus consecuencias. En los hechos, siguió actuando en su concepción de gestión como si nada hubiera pasado. No cambiaron ni los nombres ni los métodos; tampoco la lógica ni la composición del modelo. Milei no sólo ratificó el rumbo económico sino que siguió vetando como si nada: los fondos universitarios, el presupuesto del Garrahan y los aportes para las provincias. En algún punto pareció una provocación porque el sentido que se desprende de su reacción es que la opinión de la ciudadanía, el malestar que emergió de las urnas, no parece interesarle demasiado.

La inquietud que generan Milei y su gabinete es que, hasta ahora, no han mostrado una variedad de recursos políticos para enfrentar una crisis multidimensional. El Presidente no sólo recibió un revés electoral sino que, además, venía con su reputación afectada por el escándalo de las coimas que envuelve a su hermana Karina y con una economía que da señales preocupantes. El valor del dólar y su amenaza de perforar el techo de la banda es sólo una de ellas.

En la última semana, desde que Axel Kicillof pasó de ser el enano comunista e ignorante a verdugo de La Libertad Avanza en Buenos Aires, hubo hechos y revelaciones que asombran. En la marea de rumores, versiones y declaraciones un episodio pasó casi desapercibido: el propio Milei le envió a Cristina Pérez, la esposa del ministro Luis Petri que tiene un programa de televisión, un WhatsApp en el que le anunciaba que desde ese momento asumía la conducción política del gobierno y de la campaña.

Pérez, por supuesto, lo mencionó elogiosamente. Sin embargo, ¿cómo que el Presidente de la Nación asume la conducción política casi dos años después de su llegada a la Casa Rosada?¿Quién cumplió ese rol durante 21 meses? ¿Qué hizo el jefe de Estado en ese tiempo?Su cargo es fundamental y eminentemente político, a pesar de que a él le interese de manera casi exclusiva la economía.

Hasta ahora, el gobierno parece haber tenido inconvenientes para interpretar el nuevo entorno y, por lo tanto, para adecuarse a él y preparar una respuesta. Ingresó además en un ida y vuelta riesgoso, imprevisible: su debilidad política acrecienta su vulnerabilidad económica y viceversa.

Adicionalmente, se encuentra en situaciones de encierro. Tal vez interpretó que si no recurría al veto daba signos de fragilidad, pero con los vetos se expone al riesgo de sufrir un nuevo y más profundo costo político en el Congreso.

Milei y su hermana concentraron la reacción a la derrota en dos únicas acciones: anunciaron la conformación de una mesa política que tenía los mismos miembros de siempre -incluso está Martín Menem a pesar del desgaste que sufrió en las últimas semanas junto a su primo Lule- y convocó a los gobernadores para tratar de alcanzar algunos acuerdos.

Más allá de que la agenda del llamado a los mandatarios es difusa -no se expusieron los temas que se tratarán aunque se presume que serán presupuestarios-, el hecho en sí exterioriza lo acelerado que ha sido el deterioro del gobierno nacional. El 9 de julio de 2024, un Presidente que venía a refundar la república recibió a los gobernadores en Tucumán para firmar el Pacto de Mayo, el texto fundacional que iba a sentar las bases de un nuevo país. Un año después, el sentido es completamente diferente: los convoca para que lo salven, para que pueda intentar recuperarse después de un golpe tan duro.

Milei encarna una comprobación más de que los procesos políticos se han ido haciendo cada vez más vertiginosos en el país. Mauricio Macri no tuvo dos mandatos, como tampoco Alberto Fernández; ahora, el Presidente ya no dispone de un plazo de cuatro años sino de dos:el 26 de octubre será decisivo para su futuro.

Es cierto que se encargó él mismo de acortar sus propios tiempos: no acordó con nadie, se enfrentó a todos, expulsó incluso a sus aliados y tuvo la singular capacidad de perder una elección contra una oposición aturdida, atomizada, sin conducción y bajo los efectos todavía de la culpa de haberle propinado al país un presidente como Alberto Fernández.

Milei, podría decirse, perdió contra sí mismo, por combustión interna.

Su situación relativa cambió. Una demostración está en la actitud de los gobernadores. El Presidente, que los destrató a todos, que los tildó de casta, gastadores seriales, parásitos de la vieja política, ahora los necesita. El acto que hizo Provincias Unidas en la Rural de Río Cuarto dejó en evidencia que los tonos ya no son los mismos. Martín Llaryora, Maximiliano Pullaro y Gustavo Valdés expusieron que ahora son ellos los que ponen condiciones: hasta deslizaron que primero van a hablar con el gobierno los equipos técnicos y sólo después están dispuestos ellos a ir a la Casa Rosada. “Estamos cansados de que nos reciban funcionarios de tercera línea que ni nos escuchan”, dijo el mandatario correntino. A Milei le están empezando a devolver las facturas.

Los seis gobernadores de Provincias Unidas y Juan Schiaretti, candidato a diputado, esperan sumar a más aliados en los próximos meses. ¿Qué harán con Axel Kicillof, gran ganador del domingo pasado? También aspiran a tentarlo aunque consideran que su veta kirchnerista representa un lastre en el resto del país y le piden que se anime a dar el salto y a conformar un gran frente de gobernadores sin Cristina.

La elección del domingo fue un capítulo desestabilizante para Milei pero, a la vez, y aunque suene paradójico, le abrió una ventana de oportunidad: le dio la posibilidad de intentar una recuperación. Si puede o sabe hacerlo es otra cuestión.

La Libertad Avanza se ilusiona con que en algunos distritos el aplastante triunfo de Kicillof active el gen antikirchnerista: que los votantes prefieran seguir padeciendo el ajuste de Milei antes que alimentar el fantasma kuka. Esperan que Córdoba razone así.

Sin embargo, los aliados a LLA albergan dudas. Luis Juez, por ejemplo, señaló ayer en Río Cuarto que la apuesta de los estrategas nacionales fue que la marca de Milei gane por sí sola. “Pero la marca está magullada”, dijo el senador.

Una de las limitaciones más indisimulables de La Libertad Avanza en Córdoba es su lista, que fue pensada para otra realidad: para cuando Milei era otro Milei. Los candidatos son perfectos desconocidos que tendrán que enfrentarse, por ejemplo, a Juan Schiaretti.

Laura Soldano, en el lanzamiento de campaña que se hizo el viernes en el Howard Johnson, soltó una memorable frase de dudoso rédito electoral: en su discurso admitió que la gente le pregunta en la calle por qué pusieron como cabeza de lista a Gonzalo Roca si no lo conoce nadie. Su respuesta, contó risueña, es que lo eligieron por ser una buena persona. Otros, más maliciosos, dicen que la razón fundamental fue su amistad con Gabriel Bornoroni.

Juez no pone demasiadas esperanzas en esa lista. Dice que sólo puede salvarse si el dueño de la marca, el león libertario, incluso agobiado como está por el peso de su propio gobierno, viene a Córdoba y se hace cargo.