El jefe de Estado libertario le está dando forma a una nueva narrativa, que ya no se centra en lo que a su juicio es indispensable destruir, sino en lo que debe surgir en su reemplazo. “Estos aviones son un símbolo de la Argentina que estamos construyendo. Hoy más que nunca podemos decir que las fuerzas del cielo nos acompañan”, graficó el Presidente, en un discurso que pretendió ser fundacional. Ahí, en la llegada de esos cazabombarderos, Milei encontró una alegoría de una Argentina distinta, que se enorgullece no tanto por lo que puede crear y desarrollar sino por lo que es capaz de adquirir en el mundo.
El gobierno nacional, con el jefe de Estado a la cabeza, reconvirtió una compra de material bélico, un acto de defensa en un hecho político cargado de simbolismo. Y, a juzgar por las repercusiones, fue una maniobra efectiva: cada publicación en las redes sobre los aviones desató miles y miles de likes y una catarata de visualizaciones. A una impresionante cantidad de argentinos, la llegada de los aviones los movilizó, les despertó un fervor patriótico y un orgullo algo extraño porque surgió ante la aparición de aviones norteamericanos reconvertidos en Dinamarca. No prendieron ni los discursos que dicen que los F-16 son obsoletos, ni los que plantean que el país tiene otras prioridades más perentorias que aviones de combate.
El presidente Milei no sólo hizo de los aviones un acto político sino que fue, fundamentalmente, un acto político propio. Exclusivo. De nadie más. Nadie que no fuera de La Libertad Avanza pudo acceder al ámbito del festejo. Los enviados del gobierno provincial, como la vicegobernadora Myrian Prunotto, debieron conformarse con un lugar en el palco que el intendente Gian Lucchesi armó afuera del predio de la Fuerza Aérea, en el Corralón Municipal. A los funcionarios no pareció importarles, al menos públicamente, el desplante: trataron de sumarse a la fiesta y de recibir algo del rédito político que generan los F-16.
¿El gobierno de Córdoba podría haberse quejado públicamente por no haber sido invitado a un acto oficial dentro de la Provincia? Podría haberlo hecho. Pero evitó cualquier reclamo o confrontación, en el marco de la estrategia de no agresión que empezó a desplegar el oficialismo provincial después de las elecciones de octubre. El gobernador Martín Llaryora se limitó a emitir un mensaje en las redes sociales en el que celebró la buena nueva de los aviones.
Llaryora está en pleno proceso de reconfiguración de algunos puntos centrales de su gobierno después de haber perdido contra el mileísmo por 14 puntos en las legislativas. Primero, en el plano discursivo, dejó de mostrarse como la contracara productivista del modelo nacional; ahí el cambio fue notorio y casi inmediato. Pero con el correr de los días fue actuando, además, en otros ámbitos para darle un nuevo perfil a su gobierno. Se ocupó del aspecto económico y del político.
En el económico, anunció una rebaja de impuestos por 900 mil millones de pesos para 2026 como una respuesta no sólo a una moda ideológica nacional, sino a lo que venían marcándole las encuestas. El gobernador buscó así retomar la iniciativa después de octubre y desactivar en parte un eje discursivo opositor que le estaba causando daño: el de que Córdoba es una provincia cara, de una presión fiscal exagerada. “Ahora la discusión cambió: está en si podríamos haber bajado más los impuestos. Pero a la agenda la impusimos nosotros”, evalúan en el Panal.
Cerca de Llaryora, aseguran que la rebaja impositiva de este año también encierra un objetivo político-especulativo: el cordobesismo está llevando al plano de la realidad la teoría mileísta de que una quita de la presión fiscal hará florecer la economía. “La Casa Rosada vive postulando eso pero hasta ahora no lo hizo. Bueno, nosotros lo hacemos y veremos qué resulta. Si el experimento nacional sale mal nadie nos podrá reprochar nada a nosotros: acompañamos y confiamos en que la economía va a crecer como dice el gobierno”, indicaron en el oficialismo.
De todos modos, Llaryora no pretende aplicar en Córdoba a rajatabla las recetas de Milei. No tendría sentido político: para votar a alguien que se le parece, la gente elige al original. En el fondo, el planteo del gobernador es que la rebaja impositiva no implica un repliegue del Estado a su mínima expresión, sino una posibilidad de revitalizar al sector privado mientras el Estado sigue haciendo lo que viene haciendo, fundamentalmente en obras de infraestructura.
El segundo aspecto sobre el que operó Llaryora tras la derrota es el político: en los últimos días se anunció que Miguel Siciliano, hasta la semana pasada jefe del bloque oficialista en la Legislatura y diputado nacional electo que no asumirá, estará a cargo de un ministerio nuevo: Vinculación y Gestión Institucional. Tendrá dos escenarios principales de actuación: hacia afuera, será el vocero del gobierno ante las instituciones y, hacia adentro, será un coordinador de los ministros para tratar de optimizar las respuestas ante los déficits que vayan surgiendo. “Desde hace tiempo, Martín venía identificando que tenemos problemas políticos: por ahí falta bajar una línea o los ministros tienen que estar más atentos a los reclamos. Esa será una de las funciones de Miguel”, explicaron en el Panal.
¿Pero esa tarea no se solapa con la que tiene Manuel Calvo, el ministro político que actualmente tiene la gestión? En el gobierno señalan que habrá una nueva división de roles y que Calvo mantendrá la relación más institucional con los intendentes. Siciliano tendrá un rol fuertemente anclado en Córdoba y el Gran Córdoba y más de vinculación con respecto a los municipios del interior. Será, ya no en el plano de la política sino de los recursos, quien distribuirá los $ 6.000 millones en subsidios que tiene presupuestados el gobierno provincial.
Es decir, Llaryora apuesta por una fórmula económica-impositiva ajustada a los tiempos y por una respuesta clásica en la política.
Todo el nuevo andamiaje político del gobernador mira, por supuesto, al 2027, pero ya no con la Nación como horizonte sino exclusivamente la provincia. El proyecto del salto a la Casa Rosada quedó, por el momento, archivado. Ahora, la prioridad de Llaryora es su reelección. En el gobierno identifican dos grandes focos de peligro para conseguir ese objetivo: uno es el eje discursivo de que Córdoba es cara; el segundo es el tiempo transcurrido entre la primera gobernación de José Manuel de la Sota y la actual de Llaryora: 26 años es un tiempo prolongado para cualquier proyecto de poder.
En cuanto al primer problema, la Provincia comenzó a actuar con la reducción impositiva que se anunció y se votó en la Unicameral. En el gobierno señalan que no les temblará el pulso para profundizar mucho más en ese camino si es necesario.
Para el segundo problema, la longevidad del gobierno, Llaryora tiene preparada una campaña que se centra exclusivamente en su figura, en los años que lleva él en el poder: “A las gestiones de De la Sota y Schiaretti la gente ya las juzgó. Ahora vamos a pedir que juzguen a Martín por lo que está haciendo él”, relataron en el Panal. Apuestan a que la enorme porción de cordobeses que se identifican con el antiperonismo sigan eligiendo al oficialismo no por simpatía ni identificación sino por conveniencia.
Todavía queda un último aspecto para cerrar el esquema que apunta a la reelección: es una movida menos de superficie, pero igualmente clave. El llaryorismo pretende cerrar con Milei un pacto. Si al Presidente le va mal, el gobernador volverá a ser una voz crítica. Pero si le va bien, incluso medianamente bien, entonces buscará un acuerdo que respete las fronteras :que La Libertad Avanza no entorpezca la posibilidad de que Llaryora tenga un período más y que, a la vez, el cordobesismo aporte, con sus diputados y senadores, votos para que las reformas más ambiciosas de Milei puedan avanzar en el Congreso.