Opinión | jorge-f_-legarda

A sangre y fuego para conquistar la seguridad

Por Jorge F. Legarda
 
Aparte del derrumbe del dólar y la disparada en la cotización de las acciones del lunes, exultantes señales de optimismo que por supuesto se dieron vuelta el martes porque tampoco la pavada, la visita del finde pasado de nuestros grandes amigos los líderes mundiales nos dejó un legado mucho más tangible y durable: el orgullo porque fuimos capaces de organizar un evento de esa magnitud sin que se registraran incidentes más graves que un pequeño terremoto donde la tierra no tiembla nunca y las lágrimas de uno que nunca nos imaginamos ver llorar. Y consecuentemente, como los planes políticos en la Argentina siempre son producto de medulosas reflexiones y nunca de las ocurrencias del momento, el fuerte espaldarazo a la idea de que la cara visible del logro, nuestra querida ministra de Seguridad, sea entronizada como compañera de fórmula del sensible aspirante a la reelección, como para complementar esa tierna blandura con la dureza de una piba de armas tomar y pocas pulgas. Excelente idea, no sólo porque permitiría liberar a Gaby Michetti para mandarla de embajadora en Francia –después de escuchar el fino francés de su diálogo (es un decir) con los Macron cuando llegó tarde a recibirlos nos hemos dado cuenta de que su lugar en el mundo no puede ser otro–, sino por la inyección de frescura y renovación que aportaría la Pato, para no hablar de lucidez y sobriedad. Ella dice que nadie le dijo nada, pero… ¿por qué no pensar en un operativo clamor?



Por lo pronto, sabemos que las encuestas revelan que es la integrante del gabinete de mayor popularidad, lo cual no es poco decir en un gobierno integrado por personalidades tan carismáticas y sexis como las del milico Aguad, Nico Dujovne o el rabino Bergman, aunque la competencia se haya vuelto menos ardua desde que se fueron Aranguren y Sturzenegger. Pero si bien la Pato enamora con su imagen y con su historia de montonera redimida, no cabe duda de que el fuerte es la gestión. Mucho antes de que la cumbre del G20 pusiera a prueba su idoneidad y solvencia para poner a raya al terrorismo globalifóbico, ya habíamos tenido oportunidad de admirar cómo enfrentó a pie firme las más peligrosas y sofisticadas amenazas vernáculas, se traten de los adoquinazos piqueteros, las boleadoras mapuches, los explosivos de precisión anarquistas y las escopetas de entre 70 y 120 años de antigüedad de los militantes del Hezbollah, para no hablar de los sagaces desestabilizadores ocultos que pululan por las redes sociales avisando que van a matar al Presidente. Y, por supuesto, su blanco preferido, los narcotraficantes, a los que tiene acorralados y en retroceso: en efecto, ¿no ha notado que desde que la Pato es ministra hay mucha menos droga en la calle? Si no me cree pregúntele a su dealer amigo, que con todo el dolor del alma se ha visto obligado, ante la retracción de la oferta, a subir el precio del mogra.



Pero como si esto fuera poco, nos acabamos de enterar, con la publicación del nuevo protocolo de actuación para las fuerzas de seguridad, de que todos estos grandes logros la Pato los alcanzó con una policía que tenía las manos atadas. Y que ahora se las va a desatar, porque los nota un poco inhibidos en cuanto a su predisposición a sacar las armas y proteger a los ciudadanos honestos metiéndoles bala a la carrera a los delincuentes que huyen, sin necesidad de perder el tiempo en formalidades como identificarse y dar la voz de alto. Después de todo, los delincuentes no respetan ninguna restricción para usar sus armas, las emplean cuando les parece, así que darle la misma discrecionalidad a la contraparte, que sabiamente interpretará cuándo disparar y cuándo no con la misma lucidez con que distinguirá cuándo un sujeto que sale corriendo es un criminal y cuándo está buscando de urgencia un baño, es un acto de estricta justicia. Una ganancia neta impresionante en materia de seguridad para los ciudadanos, esto de que se multipliquen las fuentes de donde salen las balas que deben esquivar.



Claro, no todos llegan a ver la magnitud del beneficio. Luego de uno de esos retiros de silencio que tanto le agradecen aquellos que temen que sus incansables esfuerzos por defender a la República le terminen por minar la salud, Lilita encontró en el protocolo de Patricia el estímulo necesario para reaparecer en escena y advertirle a su queridísima amiga –creemos recordar que había estado con ella antes de sumarse al equipo de Mauricio– que se le estaba yendo la mano. Lo hizo con la mesura y la moderación que caracterizan todas sus irrupciones para poner en caja a sus aliados: “No vamos a caer en el fascismo”, batió, para hacer quedar a todos los que habían salido a criticar el protocolo porque promueve el “gatillo fácil” como dechados de prudencia y timidez. Asumimos que lo habrá dicho con buena onda, como cuando le advirtió a Patricia que los policías le mostraban un poco de la droga secuestrada y con el resto seguían traficando, todos sabemos que no hay crítica más constructiva que la que te hace quedar como idiota, salvo quizá la que lisa y llanamente te trata de facho.



De paso, Lilita le hizo caer al oficialismo el proyecto de financiamiento de los partidos políticos, ese que iba a darles permiso a las empresas a hacer aportes para las campañas. No se sabe de dónde sacó la idea de que la aparición en las campañas de plata de las empresas –algo inédito en los últimos años en la Argentina, debido a que está terminantemente prohibido, y mirá si en las relaciones entre la política y el empresariado va a aparecer algo terminantemente prohibido– puede ser oscuro o poco transparente. Pero después de decir que su amigo Mauricio y el gobierno que ambos crearon están meta pactar con las mafias y van camino a instaurar, en las vísperas del trigésimo quinto aniversario de la democracia que supimos conseguir, el ideario de Benito Mussolini, suponemos que es casi un elogio.



En cambio, para el más conspicuo de los antecesores de Patricia, el recordado Sergio Berni, el protocolo es “una bomba de humo”, que “no viene a dar soluciones”, porque “lo que no es subjetivo ya está previsto por la ley”, y para dejarlo en claro remató que cada vez que debió “matar o dar la orden de abatir a un delincuente”, cosa que ocurrió “bastantes veces”, nunca tuvo “ningún problema”. La onda y el tono son los mismos que cuando se bajaba del helicóptero ametralladora en mano, con casco y ropa camuflada, poniéndole el cuerpo a procedimientos que con él a la cabeza tomaban la forma de operaciones militares; todo lo cual, qué duda cabe, lo convierte en la voz más autorizada para hablar de “bombas de humo” en esta área en particular. Ojalá pudiera cerrarse la grieta ­­­–¿o acaso son tan distintos? – para que Sergio se convirtiera en asesor de imagen de la Pato. No en protocolos o políticas de seguridad, que de eso los dos saben un toco, sino en cómo hacer para hacer y decir estas cosas sin que te acusen, desde tu propia fuerza política, de asesino de pibes morochos o de conducir al país al fascismo. Pero bueno, más probable es que Sergio termine como compañero de fórmula de Cristina, en busca de un efecto análogo al del hipotético binomio Macri-Bullrich, un número uno puro empatía y lágrima fácil y un número dos castigador implacable.



Jorge F. Legarda