Es así, ya lo dijo alguien que para interpretar la realidad es mucho más perspicaz e incisiva que nosotros: todo tiene que ver con todo. ¿Ustedes pensaban que es una mera coincidencia el momento elegido por el dólar para recordarnos que, cuando la economía viene a distraernos de nuestras preocupaciones cotidianas, no todo son tarifazos y remarcaciones? No señor. Es un homenaje del mundo de la especulación financiera a los trabajadores en la semana del primero de mayo, un gesto de reconocimiento hacia los que pese a todas las evidencias siguen poniendo el lomo para que se la lleven con pala los clarividentes que saben cómo funciona eso de las Lebacs y los encajes y el clearing y el overshooting. Un mensaje reconfortante hacia quienes, en lugar de lamentarse por la pérdida de poder adquisitivo, deberían alegrarse ante la evidencia de que en realidad nada se ha perdido, que todo se transforma, en este caso se transforma en ganancia para los “grandes jugadores” que ponen la ficha en el número que ya decidieron que va a salir. Eso sí, ahora no se les ocurra ir a buscarlos para decirles: “Gracias por el saludo, muchachos, por ese dedo medio erguido que nos enseñan, pero podrían pagarse algo para el brindis”. Porque ya se fueron todos y al único que vamos a encontrar es al aspirante a garca que el jueves se decidió a tomar un préstamo para comprar dólares a 23,50, porque el garca más avezado que se los vendió le acababa de batir la justa: “Dale nomás que esto sigue”.
En cualquier caso, mientras el panorama se iba despejando, era bueno escuchar los mensajes tranquilizadores que llegaban desde el Gobierno. "La volatilidad no nos tiene que asustar, es parte del aprendizaje del cambio flotante", señaló Marcos Peña. Es decir, el problema no son los sobresaltos del dólar, sino nuestra tendencia a asustarnos; y sin motivo alguno porque, en la historia argentina, ¿cuándo pasó algo malo por una suba del dólar? Pero bueno, una vez que nos familiaricemos con esto de que el billete verde esté a los saltos, los precios aumenten y los funcionarios nos tranquilicen, todo va a estar bien. Gracias, Marcos, estamos aprendiendo un montón.
Otro gran momento de la semana fue la irrupción en el escenario de Lilita Carrió, con un consejo en la misma onda que el de Marquitos: "Tenemos que acostumbrarnos a estas fluctuaciones”. Claro, es que las corridas cambiarias son un fenómeno tan ajeno a nuestra idiosincrasia, tan impropio de un país de finanzas siempre ordenadas y estables, de funcionarios y agentes económicos lúcidos y responsables, que cuando vemos una nos confundimos y pensamos que no es algo perfectamente normal. Pero lo bueno de la aparición de Lilita es que, como es pero no es parte del Gobierno, pudo decir con todas las letras que la culpa la tiene Donald Trump por haber metido mano en las tasas de interés que se pagan en su país, con lo que armó un desastre en todo el mundo. O sea que la solución depende sencillamente de que Donald empiece a guiar sus decisiones sobre la base de la razonabilidad, y de que sea sensible respecto de las tribulaciones de sus amigos menos afortunados. Con que Mauricio se lo pida, seguro que todo se arregla.
Ahora, si es por brindar tranquilidad, no caben dudas acerca de quién fue el que hizo el principal aporte. Porque en ese clima de incertidumbre, de desconcierto, de negros nubarrones y sombríos presagios, ¡qué gran consuelo fue ver asomarse la sonrisa luminosa de Domingo Felipe! ¿O no? Es más, al principio uno ni podía escuchar lo que estaba diciendo, porque la imagen lo absorbía todo, evocando los no tan lejanos tiempos dorados en que nos cantaba la posta con esos agudos tan melodiosos que te sacaban todas las ganas de discutirle algo. Después sí empezamos a escucharlo: “No hay motivos para la alarma”, dijo, y cuando la espina dorsal se nos ponía dura por el congelamiento aclaró que el problema es que hay gente en el Gobierno que tira para un lado y gente que tira para el otro. O sea que para manejar la economía hace falta un hombre fuerte, no sé si conocen a algún superministro con experiencia que quiera postularse para el cargo. Eso sí que sería tranquilizador, ¿no?
Mientras tanto, tenemos a los miniministros, el Nico y el Toto, tranquilizando con el anuncio de que vamos a bajar el déficit más que lo presupuestado así tengamos que hacer menos obra pública y enfriar la economía, porque frente a lo que ocurría con el mercado cambiario “peor era quedarnos de brazos cruzados sin hacer nada”. O sea, esa volatilidad del dólar que no debe asustarnos, y a la que nos tenemos que acostumbrar, es una cosa tan inofensiva y normal que no nos queda otra que tirarle toda la artillería arriba a ver si afloja un poco. El Nico aclaró que gran parte de la culpa es de la oposición, que con su proyecto demagógico sobre las tarifas provocó inquietud en los mercados, mientras el Toto puso el énfasis en señalar: "Estábamos preparados, el movimiento del dólar no nos agarró desprevenidos". O sea que si hubo algún sobresalto fue por una ley que nunca va a estar operativa porque Mauricio ya prometió que si sale la veta, y la pequeña historia con el dólar de la semana última salió como salió porque todo estaba fríamente calculado. El que sigue nervioso después de esto es porque se ha dejado ganar por la desazón y el pesimismo, como esos tiradores de pálidas que con arbitraria negatividad piensan que a la selección de Sampaoli le puede llegar a ir mal en el Mundial.
Otro gran momento de la semana fue la irrupción en el escenario de Lilita Carrió, con un consejo en la misma onda que el de Marquitos: "Tenemos que acostumbrarnos a estas fluctuaciones”. Claro, es que las corridas cambiarias son un fenómeno tan ajeno a nuestra idiosincrasia, tan impropio de un país de finanzas siempre ordenadas y estables, de funcionarios y agentes económicos lúcidos y responsables, que cuando vemos una nos confundimos y pensamos que no es algo perfectamente normal. Pero lo bueno de la aparición de Lilita es que, como es pero no es parte del Gobierno, pudo decir con todas las letras que la culpa la tiene Donald Trump por haber metido mano en las tasas de interés que se pagan en su país, con lo que armó un desastre en todo el mundo. O sea que la solución depende sencillamente de que Donald empiece a guiar sus decisiones sobre la base de la razonabilidad, y de que sea sensible respecto de las tribulaciones de sus amigos menos afortunados. Con que Mauricio se lo pida, seguro que todo se arregla.
Ahora, si es por brindar tranquilidad, no caben dudas acerca de quién fue el que hizo el principal aporte. Porque en ese clima de incertidumbre, de desconcierto, de negros nubarrones y sombríos presagios, ¡qué gran consuelo fue ver asomarse la sonrisa luminosa de Domingo Felipe! ¿O no? Es más, al principio uno ni podía escuchar lo que estaba diciendo, porque la imagen lo absorbía todo, evocando los no tan lejanos tiempos dorados en que nos cantaba la posta con esos agudos tan melodiosos que te sacaban todas las ganas de discutirle algo. Después sí empezamos a escucharlo: “No hay motivos para la alarma”, dijo, y cuando la espina dorsal se nos ponía dura por el congelamiento aclaró que el problema es que hay gente en el Gobierno que tira para un lado y gente que tira para el otro. O sea que para manejar la economía hace falta un hombre fuerte, no sé si conocen a algún superministro con experiencia que quiera postularse para el cargo. Eso sí que sería tranquilizador, ¿no?
Mientras tanto, tenemos a los miniministros, el Nico y el Toto, tranquilizando con el anuncio de que vamos a bajar el déficit más que lo presupuestado así tengamos que hacer menos obra pública y enfriar la economía, porque frente a lo que ocurría con el mercado cambiario “peor era quedarnos de brazos cruzados sin hacer nada”. O sea, esa volatilidad del dólar que no debe asustarnos, y a la que nos tenemos que acostumbrar, es una cosa tan inofensiva y normal que no nos queda otra que tirarle toda la artillería arriba a ver si afloja un poco. El Nico aclaró que gran parte de la culpa es de la oposición, que con su proyecto demagógico sobre las tarifas provocó inquietud en los mercados, mientras el Toto puso el énfasis en señalar: "Estábamos preparados, el movimiento del dólar no nos agarró desprevenidos". O sea que si hubo algún sobresalto fue por una ley que nunca va a estar operativa porque Mauricio ya prometió que si sale la veta, y la pequeña historia con el dólar de la semana última salió como salió porque todo estaba fríamente calculado. El que sigue nervioso después de esto es porque se ha dejado ganar por la desazón y el pesimismo, como esos tiradores de pálidas que con arbitraria negatividad piensan que a la selección de Sampaoli le puede llegar a ir mal en el Mundial.

