Opinión | jorge-f_-legarda

Bases del plan estratégico para dar vuelta el resultado

 
“En primer lugar, decirte que estamos convencidos de que vamos a ganar”. El audio del jefe de Gabinete, alter ego de Mauricio y eterno protagonista de rumores de presunta renuncia jamás concretados, era seguramente el incentivo que estaba esperando la militancia del cambio para retomar la batalla con el optimismo, la convicción y los globos amarillos de siempre. Una excelente noticia para quienes veíamos alarmados cómo la agenda pública se venía llenando de pálidas insufribles como el mes quichicientos consecutivo de caída de la producción de pindongas y cuchuflitos, la transformación de la selva amazónica en un infierno humeante por obra de resentidos ambientalistas que buscan infructuosamente perjudicar la imagen de Jair Bolsonaro, o el terrible drama de Mauro Icardi porque el Inter quiere sacárselo de encima justamente cuando con Wanda están montando su soñado nidito de amor en Milán. Y ahora respiramos aliviados ante la confirmación de que los presuntos deshauciados seguimos en carrera, con lo cual ¡tenemos campaña para rato! Menos mal, con lo que los argentinos amamos estos meses tan caros a nuestra vocación democrática, en los cuales las dirigencias despliegan sus mejores artes para conquistar nuestras mentes y nuestros corazones, la idea de que podría haberse acabado nos tenía súper angustiados. Gracias, Marquitos Peña, por avisarnos que nuestros peores temores eran infundados.



Así es, señoras y señores, ¡el partido no terminó! ¡La goleada no ha sido tan concluyente como, ponele, la de Boca en Quito, y vamos a poner todo en la cancha para dar vuelta el resultado! Y ojo, que Marquitos lo aclaró: nuestro convencimiento no proviene de “una locura irracional”, qué va, sino de un sofisticado y preciso cálculo matemático inspirado en la experiencia de 2015, cuando también ganamos viniendo desde atrás. Ya había trascendido por ahí: basta con serrucharles la mitad de los votos a Lavagna, Espert y Gómez Centurión, lograr que tres millones de ciudadanos que no votaron en las Paso voten en la general y todos lo hagan por nosotros, y convencer a otros tantos que votaron confundidos de que la culpa de todos los bolonquis no es del Gobierno que hay sino del que viene. Y para ello el propio Marcos proporciona la hoja de ruta: cada uno debe agarrar a diez de esos argentinos equivocados e ir “trabajándolos”, para que no se vuelvan a equivocar. Con el buen diálogo que siempre ha caracterizado la convivencia democrática entre quienes se refieren los unos a los otros como choriplaneros y globoludos, entre tantos apelativos cariñosos, es un plan que no puede fallar. Pura cordura y racionalidad.



Por supuesto, la brillante estrategia de Marcos debe ser complementada por los aportes de otros referentes del oficialismo resiliente, dentro del cual, duele admitirlo, cuesta encontrar la combatividad que exige la hora. ¿No da la impresión de que harían falta dos, tres, mil Lilitas Carrió? Nuestra cruzada por la República no se limita a manifestarse convencida “de que vamos a ganar”, sino que pronostica una “paliza” que esta vez vamos a dar nosotros. ¿Y de dónde saldrían los votos? Bueno, ya había avisado que tenían que regresar los esquiadores aficionados, y por lo pronto, ya está de vuelta el flamante ministro de Hacienda. Un debut soñado el del tipo, cuya primera acción de gobierno es salir a explicarle al FMI las medidas que se habían tomado sin consultarlos ni al FMI ni a él. Otra clave es correr de las urnas a los narcos que escondieron las urnas para hacer perder a su archienemiga María Eugenia. Pero en el caso de Lilita el principal aporte es la argumentación para convencer a los réprobos; parece que es cuestión de tratarlos de pusilánimes que “extrañan a la faraona”, acusarlos de haberse extraviado moralmente, reprocharles la veleidad de “enamorarse de cualquier candidato” a la primera de cambio y echarles en cara el no haber estado a la altura del líder que los ha conducido estos últimos tres años y medio ni del proyecto político cargado de planes revolucionarios que encarna. Una vez más, a la hora de intentar la reconquista de las mentes y de los corazones de quienes se nos han alejado, ¿qué puede haber más cuerdo y racional que tratarlos de necios, masoquistas y cobardes? Nada, por ahí faltó decir, a la manera del memorable aporte de Fito, que todos los que votan diferente de lo que ella cree que deberían le dan asco; ¿cuántos millones de argentinos cambiarían su voto con tal de no provocar una desagradable sensación de náusea en el delicado estómago de Lilita?



Aunque descontamos que con todo esto vamos a remontar los 16 puntos y ganar en primera vuelta, no está mal redoblar el empleo del noble recurso de las fake news, conscientes de que nada de lo que seamos capaces de inventar para desacreditar al populismo va a ser peor que lo que al propio populismo se le ocurrirá inventar una vez en el poder. Hay que dejar de agobiar a la gente con que se viene el cepo, se viene el default, se vienen más muertes demasiado misteriosas de fiscales y más muertes demasiado poco misteriosas debidas a trenes que se llevan puestas las estaciones. Vaticinios como los regresos con gloria de Milagro Sala como ministra de Seguridad y de José López como secretario de Culto, de Aníbal Fernández como titular de la Sedronar y de Luis D’Elia como director de Protocolo y Ceremonial ya no asustan a nadie; para inventar amenazas verdaderamente terroríficas hay que dejar de lado la timidez y advertir, por ejemplo, que si gana el kirchnerismo va a intervenir de prepo la AFA para poner de nuevo como director técnico a Sampaoli. Nos imaginamos las legiones de atribulados ciudadanos emigrando en masa a votar a Juntos por el Cambio mientras murmuran: “Me banco los hoteles, las cadenas nacionales, los contratos con Lázaro, los cinco palos verdes precintados en caja de seguridad, los “sorry” y los “bad informeishon”, pero la celeste y blanca es mi límite”. La pelota no se mancha.



Y si nos acusan de hacer una “campaña sucia”, tenemos la respuesta: “Ah, claro, y lo de ustedes no es campaña sucia, tener escondida a Cristina es una jugada perversa que nos desacomoda toda la estrategia”. En lugar de “no te entrego la banda y el bastón porque se vería como una claudicación”, escuchamos a un pescado como Alberto que dice: "Tenemos que terminar con la idea de que las transiciones son difíciles”. En vez de “La pobreza en la Argentina es de menos del cinco por ciento”, nos sale con: "Lo último que haría es copiar algo que hizo Guillermo Moreno, le hizo mucho mal a la Argentina”. Y donde debería haber una acusación a la prensa de hacer “interrogatorios” donde sólo falta que vayan con picanas, hay en cambio un lamento amariconado: "Cómo vamos a vivir en una sociedad donde se ponen figuras de periodistas para que los escupan, nos tiene que dar vergüenza que eso haya pasado". Últimamente ni siquiera encontramos algún gesto, alguna palabra, para reivindicar la heroica revolución bolivariana. El único flanco que deja abierto Alberto es esa promesa de “Nunca más me voy a pelear con Cristina”. Nosotros estaremos tratando de remontar cuatro millones de votos en once semanas, pero con una afirmación así podemos instalar fácilmente la evidencia de los que han perdido el contacto con la realidad son ellos. 



Jorge F. Legarda