Opinión | jorge-f_-legarda

Con las armas confiscadas al enemigo (II)

Por Jorge F Legarda
 
Esperamos que no se tome como una herejía, pero se nos ocurre que esta Semana Santa ha habido más de una resurrección. A la del principal homenajeado, que seguramente habrá entendido mejor que nosotros la idea de su representante en este valle de lágrimas de celebrar las Pascuas enviándole un rosario a ese dechado de devoción cristiana que es Amado Boudou, se suma la de nuestro conductor terrenal. Mauricio venía medio baqueteado, para qué nos vamos a engañar, con las pálidas que le tira el Indec (y no queremos pecar de soberbios, pero cuánta razón tiene esta columna cada vez que insiste en eso de que la verdad está sobrevalorada: ¡qué les costará dejarnos felices con el dato de que fue del 0,9 por ciento, como en aquellos dorados tiempos del Guille Moreno!) y alguna encuesta que le augura para después de diciembre una sobredosis de tiempo para armar rompecabezas con Antonia. Pero estos días lo hemos visto renacer de sus cenizas con esa extraordinaria obra de comunicación política que fue el video de su espontánea visita a esa sufrida familia que con tanta alegría recibió la inyección de optimismo que fue a propagar. ¿Quién, por bajoneado que se sintiera, no puede menos que estallar de euforia frente a la contagiosa convicción con que el tipo asegura que vamos a salir adelante porque desde el primer día estamos en el camino correcto?



Y para reafirmar que estamos en el camino correcto, ese por donde venimos circulando desde hace tres años y medio con una fe inquebrantable que no se doblega frente a las ocasionales tormentas que desafían la firmeza de nuestro carácter, nada mejor que lanzar una batería de medidas que condensan todo aquello que hemos venido fustigando cada vez que nos proponen soluciones facilistas y atajos que no van a ningún lado. Estamos tan convencidos de que estamos haciendo lo que hay que hacer que podemos darnos el lujo de hacer lo contrario sin desviarnos un ápice de la senda trazada. Después de hartarnos de decir que los acuerdos de precios no sirven para nada, y que las tarifas deben reflejar los costos de los servicios porque en ningún lugar del mundo te los regalan, y que los subsidios implican cobrarle a toda la sociedad beneficios para algunos, renovamos nuestro arsenal echando mano a las armas del enemigo para sumirlo en el desconcierto. Como cuando usamos el hit del verano (MMLPQTP) como banda sonora de un spot que resume nuestra extraordinaria obra de gobierno. Es que venimos ganando la batalla cultural con tanta comodidad que emprendemos una retirada estratégica para que no sea robo: dejemos nomás que el populismo se agrande para caerle con sorpresa con más desregulaciones y reacomodamientos del mercado cuando esté distraído atiborrándose de matambre a la alimento a base de leche.



El mercado, de hecho, ya se empezó a reacomodar haciendo caer las acciones de las empresas argentinas en Wall Street y mandando el riesgo país a un nuevo récord. Son esas típicas señales de respaldo de un mundo que con la llegada de Mauricio nos recibió con los brazos abiertos y no se cansa de demostrarnos que podemos contar con él para lo que necesitemos: el retiro momentáneo de las inversiones en activos argentinos es una manera de recordarnos cariñosamente que a lo mejor aflojar el torniquete con estas medidas dispendiosas y manirrotas nos puede desangrar antes de tiempo. Ahora, eso sí, si ajustamos el torniquete también nos desangran, porque el ajuste hace perder elecciones y abre la puerta al regreso del espantoso populismo que procuramos derrotar con nuestras desconcertantes medidas populistas. Cómo no confiar en el futuro frente a este estimulante panorama.



De hecho, la confianza del público es la primera beneficiaria del “efecto derrame”. Después de esa descorazonadora encuesta que lo daba perdedor con Cristina en segunda vuelta por nueve puntos, a Mauricio le arrimaron otra según la cual las medidas anunciadas le gustan al 80 por ciento de los que lo votaron y, créase o no, a la mitad de los que votaron a Daniel Scioli. Es decir, los mercados no creen en las medidas, ni tampoco creen los que deben instrumentar las medidas, pero el pueblo, que es más sabio, sí cree. Lo bien que hace. Primero, porque el que ya tragó dos litros de agua salada mientras tira manotazos en medio de las olas prefiere agarrar cualquier presunto salvavidas que le tiren antes que escuchar atentamente las razones de filosofía económica y política que vuelven aconsejable que aprenda a nadar solo. Y segundo, porque en este viraje del cambio cultural profundo al cambio cultural pero no tanto, cambio cultural hasta ahí, o cambio cultural pero tampoco la pavada se dice que tuvieron mucho que ver las inquietudes de los radicales, que además son los más contentos con las novedades. O sea, tratemos de asimilar el significado profundo de lo que está ocurriendo, saboreémoslo sin apuro, mastiquémoslo despacito aunque algún pedacito se nos quede insertado entre dos muelas y traguémoslo con coraje, que no será la primera ni la última vez que contenemos la respiración y nos embuchamos un manjar de este tipo: ¡los radicales están metiendo mano en la economía! ¿Qué podría salir mal?



De manera que aprovechemos que las tarifas se van a mantener en los módicos niveles actuales, ya habrá tiempo para que nos vuelvan a recordar, hacia fin de año, que esos congelamientos nos llevan a quedarnos sin energía (aunque calculamos que en el caso de nuestra Epec nos lo van a recordar un poco antes, apenas después del 12 de mayo, digamos); preparémonos para la formidable reactivación del comercio y de las industrias automovilística y de la construcción que se viene gracias a los millones de jubilados que van a renovar la dotación de heladeras y lavarropas, cambiar el auto o comprar un segundo para la patrona, remodelar sus viviendas a nuevo o todo eso junto, con los créditos con el 50 por ciento de interés de la Anses; y atiborrémonos con los asadazos a 149 mangos el kilo como los que tantas veces disfrutábamos cuando nos visitaba, cada dos por tres, el camioncito de “Carne para todos”, qué lindos recuerdos. No tenemos más que llegarnos hasta el Mercado Central porteño o acá a la vuelta, al frigorífico de Río Segundo, como para que no digan que este Gobierno neoliberal no reparte los beneficios para el pueblo con el mismo espíritu federal de sus predecesores populistas. 



Y finalmente, llenemos el changuito de productos con precios cuidados, sin hacer caso de los desconfiados a los que el carismático ministro Dujovne ya se encargó de poner en caja: el programa va a funcionar a la perfección porque ha sido garantizado mediante un “pacto de caballeros”. Realmente se han tomado todas las prevenciones como para dejarnos tranquilos, ¿no? Porque ya los conocemos muy bien a los caballeros estos, tan celosos que son siempre en el cumplimiento de los pactos, por ejemplo cuando pactan algún precio sensible para no andar pisándose la manguera con esa paparruchada de la libre competencia, o cuando pactan un pase de magia para hacer desaparecer todas las segundas marcas de las góndolas. Las familias, agradecidas. Deben de ser millones las que esperan ansiosas una visita de Mauricio, después de su merecido descanso del fin de semana largo, para contarle que ahora sí están muchísimo más tranquilas.