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Crónica de un breve paseo por el vecindario

Por Jorge F. Legarda

No íbamos a hablar de la jornada histórica que estamos viviendo, porque ya nos hemos explayado bastante al respecto, y porque nuestro celo en el cumplimiento de las exigencias de la veda nos lo impide; pero se nos acaba de ocurrir que la grave dificultad que encontramos a la hora de elegir, que surge de la altísima calidad de cada una de las propuestas presentadas ante el exigente electorado del que formamos parte, no es un dilema exclusivo de esta bendita tierra. Un breve paseo por el vecindario nos permite comprobar que esa tendencia a agrandarnos, comprensible frente al afinado funcionamiento de nuestras instituciones y el sólido prestigio, la solvencia técnica y la irreprochable catadura moral de los actores que ocupan sus estructuras, está un poco menos justificada si se la confronta con los méritos que en la materia también han sabido conseguir nuestros hermanos latinoamericanos.



Empecemos, ya que por un lado hay que empezar, cruzando esa cordillera que ya no nos separa sino que nos une. Como la lucidez de nuestras respectivas dirigencias: díganme si no, si esa declaración de la semana pasada del presidente Sebastián Piñera, en la que definió a Chile como un “oasis” en medio de un mundo convulsionado, que en su momento pareció un agrande directamente copiado del espíritu rioplatense, no se nos presenta hoy como una muestra de notable clarividencia política capaz de despertar la admiración de hasta nuestros propios clarividentes argentos. Los incendios, las barricadas, los saqueos, los muertos, el toque de queda, las falsas denuncias de represión salvaje (falsas porque hemos visto un video de carabineros llevándose televisores de quichicientas pulgadas en vehículos oficiales, así que está clara su postura plenamente solidaria con los manifestantes que repudian el capitalismo apropiándose de sus emblemas) son pequeños inconvenientes propios de las democracias estables, a qué oasis no se le enturbia de tanto en tanto el agua del charco o se le cae alguna palmera derribada por los vientos del desierto. Lo importante es que, con la misma perspicacia con que formuló la definición, un par de días después Piñera nos cantó la justa: “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie con el único propósito de producir el mayor daño posible” y, como a algunos esa caracterización les pareció un poco vaga, las precisiones quedaron a cargo de su señora: “Es una invasión alienígena”. Lo que nos lleva a desmentir esa errónea impresión de que en el gobierno chileno no saben para dónde agarrar: con semejante claridad para el diagnóstico, seguro que encontrar el tratamiento está a la vuelta de la esquina.



En cualquier caso, la aclaración de Piñera sobre lo bien que le iba a Chile y a los chilenos la había hecho para contrastar el “oasis” con los áridos y escarpados meandros de Latinoamérica, mientras se condolía sobre todo por Ecuador y por Perú. Claro, en Ecuador, cosa inaudita, manifestantes enojados por un aumento en el precio del transporte público sacaron corriendo de Quito a Lenin Moreno y a su gobierno: gente que se ve mucho músculo no tiene, ya que todo se resolvió con menos de un tercio de los muertos y sin romper ni la décima parte de lo que llevan rompiendo los chilenos. En cuanto a Perú, no pasó prácticamente nada, apenas si el presidente Vizcarra, que era el vice de otro echado por recibir coimas de Odebrecht, disolvió un congreso dominado por el partido de Keiko Fujimori, que está presa por haber recibido coimas de Odebrecht: prueba de que por lo menos hay un punto en el que Perú –y no solamente Perú, como bien sabemos aquí– es capaz de mantener una política de Estado por encima de las pequeñas diferencias entre sus dirigentes, que cuando hace falta son todos capaces de tirar para el mismo lado si el virtuoso negocio de servir al pueblo lo justifica. Aquí le tenemos que hacer una observación al amigo Piñera: no eres el único con motivos para agrandarte, güevón.



Es más, hay otros vecinos a los que también les está yendo bárbaro. En México, por lo pronto, inmediatamente después de anotarse un éxito formidable en la lucha contra el narcotráfico con la detención del hijo del Chapo, no habían terminado de festejar cuando se anotaron otro éxito formidable en la lucha por la preservación de la paz social con la liberación del hijo del Chapo. “Bueno pero no teee enojes” parece que les dijeron desde el gobierno mexicano (es un decir) a los amigos del hijo del Chapo, que se anotaron un gran éxito en la lucha por defender la integridad de la familia, la libertad de comercio y el derecho a un empleo digno y bien remunerado.



En rigor, los episodios que ponen en alza los valores de nuestro rincón del mundo se vienen acumulando sin pausa. No hace mucho, en la elección de nuevos miembros del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, como representantes de Latinoamérica han sido honrados nuestros amigos Brasil y Venezuela. Nos imaginamos lo ardua que habrá sido la disputa en el marco de una región que en la materia tiene pergaminos como para dar cátedra, pero no cabe duda de los merecimientos de los ganadores. Para Nicolás Maduro, ha de haber sido un motivo de orgullo similar al que significó para su guía y mentor Hugo Chávez el premio a la libertad de expresión de la Universidad de La Plata: pero si en ese caso se trataba de reconocer su denodado empeño en forjar un periodismo al servicio de los verdaderos intereses del pueblo, en este lo que se exalta es la defensa a rajatabla de los valores amenazados por lamebotas del imperio que se ponen delante de los tanques y de las balas para hacer quedar mal al gobierno revolucionario. Pero para Jair Bolsonaro, a quien cada vez que escucha las palabras “derechos humanos” se le caen las lágrimas, el honor significa que su prédica en favor de la familia y la vida (siempre que no sean las vidas y las familias de los delincuentes, los abortistas, los negros, los homosexuales y las feministas) no ha caído en saco roto. En el Consejo lo aguardan con los brazos abiertos Arabia Saudita, Somalia, Nigeria y otros países que defienden principios similares. No decimos que el temita de los derechos humanos esté resuelto en el mundo, pero por suerte ahí está la ONU para salir en defensa de los débiles y de los oprimidos.



La última adquisición de esta movida latinoamericana en favor de la paz, la tolerancia y la institucionalidad democrática tiene por escenario el Estado Plurinacional de Bolivia. Y, como ocurre en todos los mencionados con anterioridad, en el núcleo del logro alcanzado está la preclara visión de un líder providencial, tan providencial que la mera idea de que algún día nos pueda llegar a faltar nos enfurece y nos insta a rebelarnos contra ese destino de desamparo. El primer rebelde, claro, ha sido el propio Evo, que primero cambió la Constitución para no privar tan de golpe a su querido Estado Plurinacional de su liderazgo, luego llamó a un plebiscito para darles a sus compatriotas la oportunidad de continuar siendo conducidos por él más allá de lo que dijera la Constitución y después, cuando sus compatriotas neciamente declinaron tal oportunidad, en lugar de enojarse con ellos decidió darles la oportunidad igual, gracias a una Justicia comprensiva que entendió que impedirle presentarse para un cuarto mandato era una violación de sus derechos humanos. Parecía que tal rebeldía no iba a ser recompensada en la elección del domingo pasado, porque aunque Evo ganaba lo hacía por bastante menos que lo necesario para evitar el balotaje; pero el destino premia a los valientes, el conteo de votos se interrumpió por la fuerza del destino y cuando se retomó nuestro héroe ganaba justito justito por los diez puntos y chirolas que le hacían falta. Mal que le pese a los golpistas y malos perdedores, otro triunfo para la institucionalidad, los derechos humanos y la marcha de nuestra América Latina hacia un futuro que no vemos la hora de que llegue de una buena vez.