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Crónica de una semana con poco de campaña electoral

Jorge F. Legarda

Semana tranqui la que hemos transitado, ¿no?, acaso porque la cortaba por la mitad un feriado tan caro a los primeros trabajadores, que son los que trabajan en convencernos de que los pongamos a cargo de todo. Fue, casi casi, como si la campaña se tomara un respiro. Pasaron cosas, sí, pero nada que ver con la campaña. Por decir una, arrancó el programa Precios Esenciales, con los impresionantes resultados que todos le augurábamos a una medida del tipo de las que tantas satisfacciones le han dado al consumidor argentino en el pasado; y que es totalmente ajena a la campaña, es decir al formidable hallazgo del oficialismo de que con la economía micro en el actual estado dentro de muy poco el brote inflacionario más explosivo va a ser el de cadenas nacionales para todos y todas. También convencimos al FMI de que nos aflojara un poco la cuerda con la estrategia para contener al dólar, un triunfo de la fina diplomacia seductora de Nico Dujovne totalmente ajeno al miedo de los tipos a que venga un gobierno que ni siquiera disimule que le va a garpar. Hubo un paro general el martes y otro de transporte el miércoles (¡qué epopeya sin parangones la de haber paralizado el país un primero de mayo!), y conociéndolo al sindicalismo argentino, sabemos que todo vínculo de sus reivindicaciones y sus bolonquis con el calendario electoral y la cara del gobernante en ejercicio es mera coincidencia. Y ni siquiera la visita de Lilita Carrió fue un acto de campaña, más bien vino a advertirnos a los riocuartenses que estamos a punto de caer como moscas por el fuego cruzado de las guerras entre narcotraficantes que se disputan el mercado. Y sí, la verdad que después de verla a Lilita los peligros del consumo de sustancias tóxicas que comerciantes inescrupulosos les proveen a indefensos ciudadanos se nos presentan como más patentes que nunca...



La cuestión es que la tregua nos ha permitido dejar de mirarnos el ombligo e informarnos acerca de lo que sucede en el mundo, en Venezuela por ejemplo, un lugar donde un molesto conjunto de contrariedades económicas, sociales y políticas inspira a los actores, tal como hacen aquí las campañas electorales, a sacar la mejor versión de sí mismos. Hace ya tiempo destacamos cómo ese grandísimo hijo de Chávez de Nicolás Maduro, después de sacarles todo el jugo posible a los diálogos con su amigo y mentor el pajarito chiquitico, decidió viajar al futuro y volver para avisarnos que todo va a salir bien. Qué generosidad la suya, uno que de tener semejantes poderes extrasensoriales los aprovecharía para conocer anticipadamente el final de Game of Thrones y averiguar qué número saldrá en la quiniela. Pero la aptitud de la crisis bolivariana como fuente de inspiración no se limita a los soldados de la revolución sino también a sus objetores: por ejemplo, impresiona la precisión con que los líderes de la maquinación rebelde anticiparon todos los movimientos que se sucederían a partir del levantamiento, sobre todo cómo se les irían sumando sistemáticamente las fuerzas militares. Se ve que contaban con información de inteligencia de primer orden.



La solvencia con que están manejando el conflicto Donald Trump y su gobierno es otra prueba de este salto cualitativo en la destreza política y la agudeza mental de quienes se están encargando de gestionarlo, inclusive desde muchos kilómetros de distancia. Nos impresionó sobre todo lo del secretario de Estado Mike Pompeo, no tanto por informar que el problema fue que cuando Maduro ya tenía listo un avión para exiliarse en Cuba, Rusia le indicó que se quedara al pie del cañón, sino porque dio los nombres de todos los funcionarios del gobierno chavista que participaron de las negociaciones previas a esa rendición que no fue. Nos imaginamos que después de semejante reconocimiento público a su espíritu de colaboración, a la gente de Trump no le va a costar nada encontrar gente que esté dispuesta a entregar sus servicios al Imperio, en un nuevo pacto de caballeros que podrá contar con la misma discreción por parte de sus signatarios.



Pero es en el sur donde el fenómeno parece haberse verificado de manera más expresiva, en forma de verdaderos ataques de lucidez que dejan muy bien parados a los convocados a opinar sobre el tema. Entre las muchas demostraciones de agudeza no podemos menos que destacar la de nuestra venezolana más argentina, Catherine Fulop, que entre los millones de cosas que podría haber dicho sobre lo que ocurre en su país tomó una opción de rebosante originalidad: “Los judíos eran los peores, los más torturadores dentro de los campos de concentración. Los sapos eran los propios judíos que torturaban a su propia gente". Hay que ser muy versado en la historia del siglo XX para transformar una proclama en contra de la tiranía en un sentido pedido de disculpas que no va a alcanzar para ahorrarle un proceso por antisemitismo: es como si, en esta vuelta de tuerca que cambia el eje del debate de un modo tan positivo para la causa que se está defendiendo, en Cathy se hubiera reencarnado el espíritu de Lilita Carrió en sus visitas a Córdoba.



En las antípodas del pensamiento (es un decir) de la cuñada de Gaby Sabatini tenemos para hacer dulce a modo de compensación, pero nuestra declaración elegida es la del Pepe Mujica: “No hay que ponerse delante de las tanquetas”. Lejos de la facilista condena a toda represión de las protestas populares que haría un alma sensible ignorante en materia de geopolítica, sin distinguir las sutilezas y los matices que sólo están al alcance de la comprensión de los verdaderos estadistas, un veterano de mil combates da consejos prácticos sobre cómo comportarse para que los poderes constituidos no se enojen y te tiren encima los carros de asalto. Qué dignidad la del Pepe, hacerles el favor de compartir didácticamente su know how en materia de protesta y represión con los idiotas útiles de la derecha reaccionaria que no saben que cuando vienen las tanquetas revolucionarias hay que correrse. Gran coraje político demanda, después de haber pasado años en cana por ponerse delante de los que le tiraban los fierros, salir a bardear a los quejosos para defender a los de uniforme, pero parece que para el liderazgo popular antiimperialista latinoamericano mantener la coherencia con la propia historia y los propios valores exige contradecirse permanentemente.



La misma inspiradora visión se advierte, a este lado del Río de la Plata, en los manifestantes que marcharon a la embajada de Venezuela en Buenos Aires a espabilar amablemente a los venezolanos congregados allí sobre cómo viene realmente la mano en su país. Por increíble que parezca hay gente que entre lo que ven sus ojos, escuchan sus oídos y crujen sus tripas de un lado, y un manual de consignas antiimperialistas recicladas a partir de las que se formularon hace cincuenta o sesenta años del otro, optan por lo primero. Así que hay que educarlos, y la izquierda y el kirchnerismo locales se disputan el honor de hacer docencia con estos réprobos que no supieron apreciar la fortuna de estar viviendo un proceso emancipatorio como el que encabezan Maduro y su pajarico. Como no tenían tanquetas disponibles, su estrategia para librar la lucha revolucionaria fue capturar a un pitiyanqui llorón que vino para ponerse al servicio del sistema de explotación capitalista llevando y trayendo pizzas, y arrebatarle el instrumento mediante el cual era explotado. Bien por estos héroes de la clase trabajadora. Aunque su heroísmo no tenga nada que ver con la campaña, qué bueno estaría que influyera de algún modo en los votantes argentinos, como todo esto que está ocurriendo en Venezuela.



Jorge F. Legarda