Opinión | jorge-f_-legarda |

Cuando el segundo se perfila para ser mejor que el primero

No cabe duda de que el debate presidencial del domingo pasado cumplió con todas las expectativas: teniendo en cuenta la brillante performance que venían desarrollando los candidatos a lo largo de la campaña, no podía esperarse otra cosa. La claridad en la exposición de propuestas, la altura con que se marcan las diferencias con el adversario, el carisma desplegado para entusiasmar a las audiencias, son cualidades que todos reconocen a las contendientes, y el hecho de que se hayan desplegado con singular brillantez en una instancia tan decisiva como la de hace siete días no puede haber sorprendido a nadie. Sin embargo, una mácula empaña tan virtuosa experiencia: después de que la vara haya quedado colocada a semejante altura, ¿cómo igualarla en el debate de hoy? Felizmente, sin dormirse en los laureles forjados a partir del talento y la destreza desplegados en los últimos meses, los candidatos y sus equipos han renovado su compromiso y su creatividad para asegurar que esta noche nadie salga decepcionado. Aunque las respectivas estrategias están guardadas bajo siete llaves, una prolija investigación de Hilando Grueso –sí, ya sé que corremos el riesgo de que la Comisión de la Memoria de Pérez Esquivel nos acuse de ser parte de una maniobra extorsiva de espionaje ilegal, pero el sacerdocio periodís- tico, nuestro compromiso con los lectores y los sustanciosos cheques que con el cumpa D’Alessio esperamos cobrar de los candidatos para que no sigamos ventilándoles los trapitos al sol nos soliviantan el coraje– nos permite anticipar lo más caliente de lo que será una ardorosa jornada democrática. Ojo, esta nota contiene spoilers, pero léanla lo mismo, así aprovechan para ver qué programón tiene Susana preparado para hoy.



Mientras su estrategia de convencimiento de que sí se puede y de que lo damos vuelta sigue sumando éxitos, al menos en el sentido de que cada vez se está convenciendo más a sí mismo, Mauricio Macri se inspirará en los continuos aciertos que viene teniendo su campaña para liquidar a su adversario. Quedó muy conforme con el hallazgo que significó la crítica al “dedito” de Alberto Fernández, con lo cual el próximo paso será interpelarlo con altura: “¿Sabés adónde te lo podés meter?”. También habrá de insistir en su denuncia de los perversos planes del kirchnerismo para dejar incomunicados a los abuelos, en ese tonito irónico que le sale tan bien. Sin embargo, lo mejor que tiene preparado es una nueva metáfora para desgranar a modo de advertencia sobre las calamidades de un eventual regreso del populismo: “Sería como darle a tu mujer el auto para que lo maneje, y un día te lo devuelve chocado mientras te avisa que se olvidó de pagar el seguro”. En carpeta tiene unas cuantas diseñadas para hacerlo quedar bien con otros sectores de la sociedad con los que le cuesta conectarse: “Sería como hacer caer a tu hijo en una escuela pública y que le toque sentarse con un compañerito boliviano” (la segunda parte por sugerencia directa de su compañero de fórmula), es la que tenemos como muestra, pero hay más, aunque las mayores expectativas están colocadas en las que pueda ir improvisando por el camino.



Otro que está convencido de ratificar su estrategia, en versión pulida y aumentada, es Gómez Centurión, un tipo que ciertamente no permite que se lo saque de eje: se podrá estar hablando de relaciones internacionales, de ciencia y tecnología, del sexo de los ángeles o de las dificultades crónicas de ciertos políticos para expresar sus ideas de una manera concisa y articulada, pero él siempre va a tener en cuenta que lo verdaderamente importante, lo que obsesiona a los 44 millones de argentinos, pasa por la necesidad de detener el inminente genocidio de nonatos planificado por el aquelarre sororo de los pañuelos verdes con la complacencia o la complicidad de los otros cinco candidatos. Frente a semejante misión, hasta terminar con el curro de los derechos humanos se vuelve secundario, aunque no se nos escapa que reescribir la historia de lo ocurrido hace cuarenta y pico de años es otra de las prioridades de un país que tiene más que resueltas las cuestiones propias del día a día. No es secundario, en cambio, el tema del estilo: con su prolijo manejo de los tiempos del debate, Gómez Centurión es el único de los candidatos que dejó en claro que no llegó al evento coacheado.



Claro está, en términos de sensibilidad para advertir lo que verdaderamente le importa a la gente, Oscar sabe que está en una dura competencia con Nicolás del Caño. Lejos de la agenda mediática diseñada por intereses corporativos que se empeña en concentrarse en cuestiones irrelevantes como el dólar, la inflación, la pobreza, la inseguridad, las inundaciones y el superclásico del martes, nuestro adalid de las causas populares sabe que la obsesión de los argentinos pasa por la situación de los pueblos originarios ecuatorianos levantados en contra de los dictámenes del FMI. Así que en el debate de hoy pedirá un minuto de silencio por los kurdos de Siria, por los independentistas catalanes y por los rebeldes yemenitas, total el pueblo trabajador está tan al tanto de las propuestas de la izquierda que para qué va a andar desperdiciando los miserables minutos de pantalla que le da el debate para darlas a conocer.



José Luis Espert, por su parte, entusiasmado por los innumerables elogios que mereció su desempeño ante las cámaras –en especial cabe destacar el que le realizó la más aguda analista política del momento, Luli Salazar, en el programa político más incisivo del momento, el de Marcelo Tinelli– y por la cálida recepción de su propuesta de arancelar las universidades, se seguirá apoyando en su natural simpatía para decirle a la audiencia lo que la audiencia quiere escuchar. Eliminar las indemnizaciones por despido para que pueda haber una libre circulación de mano de obra, clausurar todo subsidio al suministro de medicamentos para que cada enfermo pueda proveerse de la droga más adecuada a su presupuesto y privatizar las fuerzas policiales y los servicios de justicia para promover una libre competencia entre prestadores que no puede menos que redundar en beneficios para los usuarios son algunas de las promesas de campaña que estaría dispuesto a emitir esta noche. La única duda que le surge es por el temor a que lo vayan a acusar de demagogo.



Con el que nos sentimos un poco frustrados es con Roberto Lavagna. Con él no han logrado nada las inquisitivas averiguaciones, que nos condujeron por pedregosos senderos en los cuales el peligro acecha en cada recodo, con el noble propósito de brindar a nuestros lectores anticipos exclusivos a los que ningún otro medio ha podido acceder, o si ha accedido, no se ha atrevido a revelar. Es que el tipo ha sido por demás abierto y transparente: “Soy aburrido y seguiré diciendo cosas aburridas”. En cierta forma, es una forma de audacia, teniendo en cuenta cómo nos fue a los argentinos con el último que se jactaba de ser aburrido, pero si tampoco los que nos hacen andar a los sobresaltos nos conforman, el problema debemos de ser nosotros.



Dejamos para el final a Alberto Fernández, que luego de haber sido acusado de soberbio por la actitud sobradora y el dedito del debate anterior no tiene, en realidad, motivos para dejar de seguir canchereando. En línea con lo que dijo su compañera de fórmula en el Día de la Lealtad, celebración que cayó justo para juntar –una docena de aviones oficiales y privados mediante– a todos esos que siempre han sido tan leales entre ellos, es como si ya no valiera la pena seguir pegándole al caído. Y sí, fijémonos en lo que pasa: la Corte Suprema le voltea las “medidas paliativas” a pedido de los gobernadores peronistas, el Frente de Todos lo critica por efectivizar empleados públicos a semanas del final del mandato (¡dónde se ha visto algo semejante!), también lo acusa de clientelismo por entregar planes sociales –y frena la entrega con una presentación judicial– y hasta el Adolfo lo abandona para volver al redil… en serio, ¿qué necesidad puede haber de ensañarse en el debate? Aunque bueno, tampoco la pavada, alguna patadita por las dudas habrá que tirarle, no digamos para empujarlo al helicóptero pero aunque sea para honrar una cultura política, un estilo de juego que no es cuestión de dejar de lado nada más que porque estamos ganando por goleada.



Jorge F. Legarda