Es inútil, por mucho que se esfuerce Alberto en sacarse fotos con gobernadores de su partido y de pelearse con los periodistas que lo maltratan con chicanas como recordarle lo que dijo anteayer del movimiento que hoy lidera (bueno, es un decir) hacia el destino manifiesto del que fue desplazado por el usurpador que se resiste a dejar de seguir usurpando, la que sigue marcando la agenda es ella. Fijémonos si no en los temas de campaña de la semana: ¿la confrontación de datos del Indec entre la undécima caída seguida de las ventas en supermercados y shoppings versus el primer repunte del indicador de actividad económica en más de un año, difundido casualmente dos días después?; ¿el tránsito de la preocupación por el dólar retrasado a la preocupación por el rebote del dólar justo antes de las Paso? ¿Las repercusiones por el anuncio del Servicio Cívico Voluntario, entre los que confían en las probadas condiciones de la Gendarmería para enseñar diseño de software y transmitir valores democráticos y los que ya imaginan desfiles de ejércitos de adolescentes villeros robotizados mediante el implante de un chip provisto por la CIA? ¡Nada de eso! Alguna cosa se dijo, aquí y allá, de esto y aquello, es cierto, pero si hay un tema que dominó el debate público, en una medida casi equiparable a la pelea entre la denuncia por discriminación de Florencia de la V contra las sororas y la desilusión de la hija misionera de Raúl Taibo porque al final no era hija de Raúl Taibo, fue la feroz batalla política, económica y dialéctica librada en el escabroso terreno de la Pindonga y el Cuchuflito.
Nueve días después de haber lanzado al ruedo esos enjundiosos conceptos como para terminar de aclarar que capitalistas puede haber muchos, pero ninguno que les pise los talones a ella y a su entenado Axel, la lucha ha quedado planteada entre dos posiciones inconciliables, levantadas por adversarios emplazados a ambos lados de la grieta pero en orillas opuestas a aquellas donde uno hubiera esperado hasta ahora encontrarlos. Mientras el Frente de Todes defiende el derecho de los argentinos a comprar marcas encumbradas que cimentaron su prestigio sobre la base de multimillonarias campañas publicitarias, con las espaldas cubiertas por multinacionales o como mínimo apellidos vernáculos de rancia estirpe, Juntos por el Cambio se erige en campeón de pequeños y esforzados héroes anónimos que bregan por una mínima tajada, cuando no por las migajas, de la gran torta del mercado con que sus rivales se vienen empachando desde siempre. El debate gira en torno de cuál es el verdadero valor de una Pindonga y un Cuchuflito: una nimiedad como la sugerida por el olímpico ninguneo de Cris –y las risas socarronas que despertó en sus seguidores, siempre listos para festejarle esas ingeniosas chanzas con que matiza el profundo rigor de sus alocuciones–; o el preciado tesoro que implican para Mauricio, que –acaso aún inmerso en el más ingrato de los desengaños luego de que, para su sorpresa, esas grandes empresas en las que había depositado sus ilusiones le hicieron volar los precios y le retacearon las inversiones– busca revivir su fe en el amor cortejando a chicas buenas del barrio dispuestas a ir con quien las maltrata menos.
Ahora bien, luego de comenzar a cumplir antes de asumir con sus promesas de reactivar lo aletargado –por lo pronto, ya reactivó la carrera de Cuchuflito, no el intruso en las góndolas macristas sino el reputado comediante, treinta años después de sus inolvidables participaciones en Calabromas y Telecómicos– mientras redoblaba la apuesta con el tema de las marcas de segundo orden que se ven obligados a consumir los argentinos agobiados por el ajuste neoliberal, en un gesto de solidaridad que la honra –después de todo, es como si a ella la forzaran a usar carteras “Juez Botón” en lugar de Louis Voutton, o zapatos Cucci-Cucci, o un Rolek enchapado en chapa–, Cris recogió en cambio el guante en la otra dura denuncia que realizó en su ya histórica presentación de “Sinceramente” en Mar del Plata. Pidió disculpas si alguien se sintió ofendido por su comparación de la entrevista que le concedió a Luis Novaresio hace dos años con una sesión de torturas en la Esma o algo por el estilo –totalmente justificada, ya conocemos de sobra que si hay alguien que se caracteriza por ser un sacado agresivo e irrespetuoso en las entrevistas es ese pseudoperiodista–, aunque aclaró que sólo había querido poner de manifiesto las diferencias en el trato según quién sea el entrevistado. Es decir, en línea con su pedido de que al hada virginal que compite con Axel también le inventen amantes como a ella, ahora quiere que a Macri lo picaneen bajo la luz de un reflector, a ver si confiesa que este desastre lo hizo a propósito de puro sádico. Igual es un poco ingenuo, ¿no te parece, Cris?, creer que con una apretada van a sacarle algo más que “estamos haciendo lo que hay que hacer” o “esto no es relato, esto se hizo”; ni siquiera si estuviera disponible para el laburo de persuasión el compañero Milani, mirá lo que te digo, el general amigo de Hebe es bueno en lo suyo pero tampoco le pidamos que haga milagros.
Por lo pronto, Mauricio sigue manteniendo admirablemente la compostura cuando aparece algún remolón a quien todavía le cuesta entender el significado del cambio para putearlo de arriba abajo ante las cámaras. Pero esto no tiene nada de espontáneo, a mí no me engañan. Está clarísimo que el episodio se inscribe en una estrategia de campaña sucia. Por ahora es apenas una teoría, pero estamos buscando las pruebas y cuando las encontremos vamos a afirmar taxativamente que no es cierto que los de la custodia presidencial sean tan lerdos y babiecas como pretenden hacernos creer que son, sino que tienen precisas instrucciones, emanadas directamente de Durán Barba, de cómo actuar cada vez que aparece uno de estos energúmenos: dejarlo pasar (sobre todo cuando, como en el caso del jueves, se lo identifica como participante de un acto opositor), que después de cada video viralizado de un puteador enfurecido Mauricio sube medio punto en las encuestas. Iban a tratar de beneficiar a Mariu con la misma estrategia, pero decidieron que después de la rutilante reaparición pública de Aníbal Fernández -de cuya curiosa asociación del odontólogo Barreda con el oficio de baby sitter se deduce que no siguió el consejo de la jefa de suturarse la parte de la anatomía que le quedó sangrando desde octubre de 2015- sería medio redundante.
Otra campaña sucia denunciada esta semana es la emprendida desde el multimedio hegemónico para atacar a un humilde trabajador que a pesar de no ser candidato a nada es continuamente acosado por su inclaudicable defensa de los demás trabajadores. Sin embargo, el tipo no se va a quedar de brazos cruzados. Hugo Moyano ya querelló a Adrián Suar y a Julio Chávez porque la miniserie “El Tigre Verón”, producida y emitida por los esbirros de Magnetto, a quienes evidentemente no se les cae ni media idea, tiene “demasiadas similitudes” con su vida. Tanto, dice el abogado del ofendido, que parece una “copia”, con lo cual habría una “violación de los derechos patrimoniales” que debería ser resarcida económicamente. Quisiéramos que se haga justicia, pero lo vemos difícil. Dado que el Tigre Verón (según dicen, porque se imaginarán que este columnista no va a incurrir en complicidad con los plagiarios ni rifar su prestigio convirtiéndose en espectador de esta operación mediática antipopular) es un sindicalista corrupto que utiliza métodos extorsivos para conseguir sus fines, rodeado de un grupo de secuaces igualmente violentos que incluye a integrantes de su propia familia, no entendemos cómo va a hacer Hugo para convencer al juez de que está inspirado en él, un sindicalista honesto y conciliador que siempre se ha manejado dentro de los límites de la ley y de la ética y tiene una familia evidentemente forjada dentro de la misma escala de valores.
Ahora bien, luego de comenzar a cumplir antes de asumir con sus promesas de reactivar lo aletargado –por lo pronto, ya reactivó la carrera de Cuchuflito, no el intruso en las góndolas macristas sino el reputado comediante, treinta años después de sus inolvidables participaciones en Calabromas y Telecómicos– mientras redoblaba la apuesta con el tema de las marcas de segundo orden que se ven obligados a consumir los argentinos agobiados por el ajuste neoliberal, en un gesto de solidaridad que la honra –después de todo, es como si a ella la forzaran a usar carteras “Juez Botón” en lugar de Louis Voutton, o zapatos Cucci-Cucci, o un Rolek enchapado en chapa–, Cris recogió en cambio el guante en la otra dura denuncia que realizó en su ya histórica presentación de “Sinceramente” en Mar del Plata. Pidió disculpas si alguien se sintió ofendido por su comparación de la entrevista que le concedió a Luis Novaresio hace dos años con una sesión de torturas en la Esma o algo por el estilo –totalmente justificada, ya conocemos de sobra que si hay alguien que se caracteriza por ser un sacado agresivo e irrespetuoso en las entrevistas es ese pseudoperiodista–, aunque aclaró que sólo había querido poner de manifiesto las diferencias en el trato según quién sea el entrevistado. Es decir, en línea con su pedido de que al hada virginal que compite con Axel también le inventen amantes como a ella, ahora quiere que a Macri lo picaneen bajo la luz de un reflector, a ver si confiesa que este desastre lo hizo a propósito de puro sádico. Igual es un poco ingenuo, ¿no te parece, Cris?, creer que con una apretada van a sacarle algo más que “estamos haciendo lo que hay que hacer” o “esto no es relato, esto se hizo”; ni siquiera si estuviera disponible para el laburo de persuasión el compañero Milani, mirá lo que te digo, el general amigo de Hebe es bueno en lo suyo pero tampoco le pidamos que haga milagros.
Por lo pronto, Mauricio sigue manteniendo admirablemente la compostura cuando aparece algún remolón a quien todavía le cuesta entender el significado del cambio para putearlo de arriba abajo ante las cámaras. Pero esto no tiene nada de espontáneo, a mí no me engañan. Está clarísimo que el episodio se inscribe en una estrategia de campaña sucia. Por ahora es apenas una teoría, pero estamos buscando las pruebas y cuando las encontremos vamos a afirmar taxativamente que no es cierto que los de la custodia presidencial sean tan lerdos y babiecas como pretenden hacernos creer que son, sino que tienen precisas instrucciones, emanadas directamente de Durán Barba, de cómo actuar cada vez que aparece uno de estos energúmenos: dejarlo pasar (sobre todo cuando, como en el caso del jueves, se lo identifica como participante de un acto opositor), que después de cada video viralizado de un puteador enfurecido Mauricio sube medio punto en las encuestas. Iban a tratar de beneficiar a Mariu con la misma estrategia, pero decidieron que después de la rutilante reaparición pública de Aníbal Fernández -de cuya curiosa asociación del odontólogo Barreda con el oficio de baby sitter se deduce que no siguió el consejo de la jefa de suturarse la parte de la anatomía que le quedó sangrando desde octubre de 2015- sería medio redundante.
Otra campaña sucia denunciada esta semana es la emprendida desde el multimedio hegemónico para atacar a un humilde trabajador que a pesar de no ser candidato a nada es continuamente acosado por su inclaudicable defensa de los demás trabajadores. Sin embargo, el tipo no se va a quedar de brazos cruzados. Hugo Moyano ya querelló a Adrián Suar y a Julio Chávez porque la miniserie “El Tigre Verón”, producida y emitida por los esbirros de Magnetto, a quienes evidentemente no se les cae ni media idea, tiene “demasiadas similitudes” con su vida. Tanto, dice el abogado del ofendido, que parece una “copia”, con lo cual habría una “violación de los derechos patrimoniales” que debería ser resarcida económicamente. Quisiéramos que se haga justicia, pero lo vemos difícil. Dado que el Tigre Verón (según dicen, porque se imaginarán que este columnista no va a incurrir en complicidad con los plagiarios ni rifar su prestigio convirtiéndose en espectador de esta operación mediática antipopular) es un sindicalista corrupto que utiliza métodos extorsivos para conseguir sus fines, rodeado de un grupo de secuaces igualmente violentos que incluye a integrantes de su propia familia, no entendemos cómo va a hacer Hugo para convencer al juez de que está inspirado en él, un sindicalista honesto y conciliador que siempre se ha manejado dentro de los límites de la ley y de la ética y tiene una familia evidentemente forjada dentro de la misma escala de valores.

