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Depredadores sexuales: la hora de decir basta

Por Jorge F. Legarda

Semana tremenda, de alto impacto, la que acabamos de vivir, pero también fundacional, de esas que te dejan con la sensación de que ya nada podrá volver a ser igual, porque una vez que uno toma conciencia de algo ya no hay forma de desconcientizarse. De manera que es tiempo de ponerse de pie frente a un flagelo que siempre estuvo allí, y por comodidad o cobardía preferíamos no ver. Sabíamos que en nuestra sociedad en general, y en el mundo del espectáculo en particular, existen personas aparentemente normales, simpáticas y empáticas, de modales agradables, capaces de ganarse la confianza de quienes los rodean sin mostrar señales de los propósitos oscuros que subyacen en sus comportamientos de aspecto más inocente, y no son otros que la satisfacción de malsanos impulsos primitivos. Depredadores sexuales que están constantemente a la caza de víctimas por cuyo sufrimiento no guardan el menor reparo, y con cuyo silencio cuentan para garantizarse la impunidad, hasta que alguien dice basta y se atreve a gritar su verdad con voz clara y un coraje capaz de prevalecer por sobre el dolor y la vergüenza. ¡Bravo por Juan Darthés, quien se convirtió en un ejemplo para todos y todas con su valiente denuncia del apremiante acoso que sufrió en su habitación de hotel por parte de una adolescente con pinta de mosquita muerta y las hormonas alborotadas, que nueve años después sigue tan obsesionada que viene en busca de venganza por la digna resistencia que como hombre de familia opuso a sus impertinentes avances!

 

Pobre Juan, un caballero como él, verse en la obligación de dejar mal parada a la chica que entonces había paternalmente protegido de su propia locura lasciva. Pero bueno, se ve que son gajes del oficio, ya había debido ir a la Justicia para acusar de calumnias e injurias a nada menos que tres excompañeras de trabajo, que tuvieron la fortuna de cruzarse con él en épocas diferentes, y de un momento para otro comenzaron a calumniarlo e injuriarlo adjudicándole la conducta que en realidad habían tenido ellas. Antecedentes que fortalecen su caso, desde luego, porque prueban que el magnetismo sexual que desprende es tan irresistible que incluso después de largos años las huellas emocionales que inocentemente deja en esas arrastradas son tan potentes que no pueden controlarse. Uno pensaría que si fueran más o menos normales estarían compitiendo por los favores de tan excelso representante de la masculinidad argentina, pero en lugar de ello parecen haber formado una coalición para destruirlo, como en un diabólico aquelarre amalgamado por el deseo de someterlo a sus bajos instintos o hacerle pagar su negativa. ¿Parece raro? En absoluto, la única explicación lógica de este ataque sistemático y multidimensional a la reputación de un caballero es que las minitas vienen muy sacadas, está científicamente comprobado por agudos sociólogos provenientes del ambiente artístico, penetrantes analistas de la psique femenina, que han puesto su preclara inteligencia y su experiencia de machos bravíos al servicio del estudio del fenómeno  como, por dar un ejemplo, el pelado Cordera.



De cualquier forma, y como no faltará algún escéptico predispuesto a preguntarse si será o no cierto que la chica se le tiró encima al galán maduro que podría ser su padre, olvidando que siempre hay que creer en la palabra de la víctima –y quién otro es aquí la víctima sino Juan–, hay una prueba fundamental que se le escapó a todo el mundo y que Hilando Grueso ofrece en exclusiva: ¿no les parece mucha casualidad que el acoso haya ocurrido en Nicaragua? En efecto, un país cuyo presidente, el eterno revolucionario Daniel Ortega, ha sido acusado por su hijastra de haberla violado por años desde que era una niña, mientras su esposa, la actual vicepresidenta, miraba para otro lado por conveniencias políticas, es un país donde hay algo en el aire que predispone a las niñas y adolescentes de hormonas alborotadas a calumniar e injuriar a los hombres maduros que se desviven por cuidarlas. Felizmente, también debe de haber algo en el aire que predispone a los nicaragüenses a creer siempre en la palabra de las víctimas. ¿Y quién otro es aquí la víctima sino Daniel? Así que lo siguen votando. Ya que los jueces habrán de respirar el mismo aire probadamente solidario con las víctimas de acoso, suponemos que Juan puede estar tranquilo, al menos hasta que le sigan apareciendo adolescentes de hormonas alborotadas obsesionadas con la idea de ajustar cuentas con quien en el pasado les aclaró que él era un hombre de familia que no cedería a sus descaradas provocaciones.



Juan no ha sido el único hombre de familia maltratado esta semana. Igualmente conmovedora es la historia de martirio que acabamos de revivir sobre un viejo martirizado, Sergio Schoklender,  quien desde hace años es también víctima de una oscura obsesión no dirigida directamente a él –aunque no descartamos un trasfondo de pulsiones sexuales ocultas– sino a su módico patrimonio obtenido a lo largo de años de duro trabajo. Resulta que a Sergio lo persiguen no sólo las habladurías originadas en episodios remotos ­–un parricidio-matricidio, una estafa millonaria con un plan de viviendas, nimiedades por el estilo–, sino una expareja resentida que con la excusa de que tienen una hija en común con problemas de salud lleva siete años pidiéndole plata. Y por un pequeño retraso en el marco de un juicio por alimentos, por haber pasado apenas cuatro meses sin depositar los diez mil pesos por mes que se había comprometido a pagar hace cuatro meses, un juez implacable le acaba de imponer una multa de… ¡750 pesos! No conforme con haberle adjudicado una hija que no es suya nada más que porque la prueba de ADN dijo que había un 99,96 por ciento de posibilidades de que fuera suya, una Justicia inclemente e impiadosa ahora arremete para hacerlo caer en la indigencia. Raro que haya sido un juez y no una jueza, si no ya estábamos presentando una denuncia por violencia de género.



Pero el principal coto de caza de las acosadoras sigue siendo no el relacionado con su insaciable sed de dinero sino el que proviene de su concupiscente lujuria. En cuestión de horas, no más, hemos asistido a virulentos ataques a otras personalidades del espectáculo, caracterizadas por su buen juicio y su imagen intachable, como Chano Charpentier y Roberto Pettinatto, y hasta a señores senadores de diferentes afiliaciones partidarias, en cuyo caso no podemos menos que sospechar de una aviesa conspiración para restarle a la actividad política y a quienes la practican el sólido prestigio del que goza entre la ciudadanía. El acusado de Cambiemos dice que va a defenderse sin apelar a los fueros, así que nos imaginamos que pronto escucharemos precisiones sobre cómo sus manos abiertas en gesto de generosidad sufrieron un traicionero ataque de los turgentes pechos de la atrevida empleada del Congreso denunciante. Pero con su renuncia, el muchacho de La Cámpora nos ha dejado estupefactos, porque no es habitual una virtual admisión de que las falacias calumniosas sobre las víctimas de estos acosos podrían ser ciertas. Eso sí, nos dejó una explicación que lo eleva desde el barro en que voluntariamente se sumergió: “Soy un varón criado en una sociedad patriarcal” y “en el pasado tuve prácticas machistas que en ese momento parecían naturales”. Entendible y perdonable, entonces, lo que pasó en esa fatídica tertulia de un pasado tan remoto como enero de 2017. A quién de nosotros, varones criados en una sociedad patriarcal, no nos ha parecido natural que las mujeres sirvieran la comida, levantaran los platos y, cuando la fiesta se ponía linda, encerrar a una en el baño y obligarla a que nos practique sexo oral.  Lástima privar a la excelsa actividad política de un representante que nos hace sentir tanto orgullo de género, pero qué vamos a hacer, la ofensiva de las acosadoras algunas bajas va a tener que dejar.



Jorge F. Legarda