Qué cosa, parece que quienes dedicamos nuestras horas a desentrañar los vericuetos de la política local nos hemos estado perdiendo, concentrados como estábamos en las vicisitudes de nuestros pagos, los verdaderos desafíos que enfrenta la ajetreada región del planeta que compartimos con vecinos no bendecidos con la fortuna de vivir en la Argentina. Sin embargo, la irrupción de un auténtico estadista, un visionario capaz de encarnar los ideales de ordem e progresso de la bandera de nuestros hermanos mayores, ha venido a iluminarnos y a enseñarnos el camino para hacer frente a las apremiantes amenazas que se ciernen sobre nuestros pueblos. El anhelado Messias que los brasileños supieron conseguir no habrá de permitir que la verdeamarelha sea reemplazada por el sucio trapo rojo del socialismo internacional que lleva treinta años tratando de hacernos creer que quedó liquidado con la caída del muro de Berlín, ni por el sucio trapo verde-no-amarelho del feminismo abortista y destructor de familias, ni por los sucios trapos descoloridos y andrajosos que llevan encima los inmigrantes que vienen a robar, violar y traficar drogas ni por el sucio trapo multicolor LGBTIQ y andá a saber qué otra inicial estarán inventando para englobar a perversiones que las mentes sanas no alcanzamos a imaginar. Jair Bolsonaro es el nuevo comisario de las buenas costumbres, el que volverá a poner a los brasileños en el camino correcto del que se apartaron seguramente por influencias externas, porque como bien sabemos nunca tuvo la reputación de ser un pueblo dado a los excesos y a los placeres pecaminosos.
Así que vienen tiempos de menos carnaval, menos reparto de camisinhas de venus, más policía metiéndoles bala a los delincuentes, tiempos de andar todos derechitos, los meninos de celeste y las meninas de rosa. Lo dicho: ordem e progresso, sobre todo progresso, porque qué puede ser más progresista que retroceder setenta u ochenta años para encontrar el dorado Paraíso en blanco y negro que nos arrebataron las imposturas de la modernidad.
Ahora bien, el gigantesco paso adelante que ha dado hacia atrás nuestro querido vecino nos gratifica, pero también nos alarma. Porque pone de manifiesto que los mismos peligros que acechaban a Brasil nos acechan a nosotros y nos preguntamos si existe aquí un Jair Bolsonaro capaz de plantárseles con la misma energía y convicción. Un asunto crítico, porque el año electoral ya comenzó, los tiempos apremian y la avidez por reemplazar a la celeste y blanca por alguno de los sucios trapos enarbolados por los voceros y las voceras del caos está en las cloacas donde se elucubran las conspiraciones y también en la calle donde se escandaliza a las buenas conciencias. Y ahora, ¿quién podrá defendernos?
1.- Alfredo Olmedo. Quienes lo conocemos desde hace tiempo hasta podríamos decir, incluso, que en realidad Bolsonaro es “el Olmedo brasileño”. El simpático terrateniente salteño de campera amarilla, que albergaba a sus braceros en contenedores para afianzar los vínculos familiares, es la opción más natural, no solamente porque tiene “la mente cerrada y la cola también”, sino porque comparte con el líder brasileño su afinidad con los cultos evangélicos, a los que espera conquistar con su propuesta de poner a Dios como co-gobernante. Lamentablemente, el video maliciosamente difundido por quienes no lo quieren, en el que se viene abajo estrepitosamente el escenario donde un pastor acababa de darle su bendición, ha puesto en duda hasta qué punto Dios está de acuerdo con la reducción a la servidumbre de 400 trabajadores rurales o la condición de “fiestero” con la que Alfredo se ha autodefinido para explicar algún bolonqui público que tuvo con su señora. Aunque con la aclaración implícita, eso sí, de que sólo participa en fiestas como Dios manda, sin colas impúdicamente abiertas ni ninguna otra desviación del orden natural.
2.- Patricia Bullrich. Podrá parecer una audacia proponer para el papel de Bolsonaro argentino a una mujer, pero la Pato ha hecho méritos para hacernos olvidar esa desventajosa condición a la que la somete el mandato divino, superando incluso lo conseguido entre no-sotros por otras figuras reacias a subordinarse al estereotipo, de Juana Azurduy a Milagro Sala, de Yiya Murano a Nahir Galarza, ejemplos de liderazgo y/o determinación frente a los cuales no pocos machos ásperos cayeron rendidos. Así como en su momento Ronald Reagan definió a Margaret Thatcher como “el mejor hombre de Inglaterra”, la instrumentadora de la doctrina Chocobar, con su “la Policía siempre tiene la razón”, con su “quien quiera ir armado que vaya armado”, estaría en condiciones de ser nombrada como “hombre honorario” por Bolsonaro para recorrer juntos ese sendero sembrado de gatillos nerviosos y descargas eléctricas por las dudas que nos conducirá a sentirnos mucho pero mucho más seguros.
3.- Mauricio Macri. ¿Y por qué no el jefe de Patricia? La candidatura la lanzó Eugenio Zaffaroni, en una de sus habituales advertencias, siempre tan celebradas por los comunicadores del Gobierno actual, en particular Durán Barba, contra la “mano dura” de la atroz represión institucional de la dictadura macrista y la “persecución política” que sufren los martirizados integrantes del Gobierno anterior, como su amigo Amado Boudou. “El Bolsonaro nuestro ya lo tenemos, es Macri”, dijo el exministro de la Corte Suprema, antes de definirlo también como “Beresford”, aquel añejo comandante de la invasión inglesa de 1806, pero sin ceder todavía –acaso por recordar la ecuanimidad y la moderación a la que está obligado por su condición de juez– a la tentación de compararlo con Darth Vader o Hannibal Lecter. ¡Gracias, doctor, por hacernos ver las limitaciones que padecemos los que sólo criticamos a Mauricio por las chambonadas que se manda con la economía!
4.- Cristina Kirchner. Y sí, si no se la veían venir es que les falta algo de imaginación. Se cruza en el horizonte aquel memorable discurso en el que les ordenó a sus funcionarios que sólo le temieran a Dios y a Ella para recordarnos que se trata exactamente del tipo de liderazgo musculoso y decidido que ha emergido en Brasil, y en rigor tuvimos la oportunidad de experimentar aunque los enemigos hayan sido otros: el sucio trapo blanco y amarillo del poder eclesiástico (con el que después de librar duras contiendas cuando el comandante era Bergoglio de golpe nos volvimos grandes amigos cuando el comandante pasó a ser Francisco, lo que son las vueltas de la vida); el trapo sucio de bosta bovina del poder sojero (que nos convenció, voto no positivo mediante, de que debíamos dejar de ser tibios); el sucio trapo con el odioso dibujo de un clarinetista botón del poder mediático (con el que al principio habíamos sido grandes amigos, lo que son, otra vez, las vueltas de la vida), etc. Es que, para un líder popular como Dios manda, la identidad del enemigo del pueblo es un temita menor, lo importante es tener siempre a mano alguien a quien echarle la culpa de todo.
Ahora bien, el gigantesco paso adelante que ha dado hacia atrás nuestro querido vecino nos gratifica, pero también nos alarma. Porque pone de manifiesto que los mismos peligros que acechaban a Brasil nos acechan a nosotros y nos preguntamos si existe aquí un Jair Bolsonaro capaz de plantárseles con la misma energía y convicción. Un asunto crítico, porque el año electoral ya comenzó, los tiempos apremian y la avidez por reemplazar a la celeste y blanca por alguno de los sucios trapos enarbolados por los voceros y las voceras del caos está en las cloacas donde se elucubran las conspiraciones y también en la calle donde se escandaliza a las buenas conciencias. Y ahora, ¿quién podrá defendernos?
1.- Alfredo Olmedo. Quienes lo conocemos desde hace tiempo hasta podríamos decir, incluso, que en realidad Bolsonaro es “el Olmedo brasileño”. El simpático terrateniente salteño de campera amarilla, que albergaba a sus braceros en contenedores para afianzar los vínculos familiares, es la opción más natural, no solamente porque tiene “la mente cerrada y la cola también”, sino porque comparte con el líder brasileño su afinidad con los cultos evangélicos, a los que espera conquistar con su propuesta de poner a Dios como co-gobernante. Lamentablemente, el video maliciosamente difundido por quienes no lo quieren, en el que se viene abajo estrepitosamente el escenario donde un pastor acababa de darle su bendición, ha puesto en duda hasta qué punto Dios está de acuerdo con la reducción a la servidumbre de 400 trabajadores rurales o la condición de “fiestero” con la que Alfredo se ha autodefinido para explicar algún bolonqui público que tuvo con su señora. Aunque con la aclaración implícita, eso sí, de que sólo participa en fiestas como Dios manda, sin colas impúdicamente abiertas ni ninguna otra desviación del orden natural.
2.- Patricia Bullrich. Podrá parecer una audacia proponer para el papel de Bolsonaro argentino a una mujer, pero la Pato ha hecho méritos para hacernos olvidar esa desventajosa condición a la que la somete el mandato divino, superando incluso lo conseguido entre no-sotros por otras figuras reacias a subordinarse al estereotipo, de Juana Azurduy a Milagro Sala, de Yiya Murano a Nahir Galarza, ejemplos de liderazgo y/o determinación frente a los cuales no pocos machos ásperos cayeron rendidos. Así como en su momento Ronald Reagan definió a Margaret Thatcher como “el mejor hombre de Inglaterra”, la instrumentadora de la doctrina Chocobar, con su “la Policía siempre tiene la razón”, con su “quien quiera ir armado que vaya armado”, estaría en condiciones de ser nombrada como “hombre honorario” por Bolsonaro para recorrer juntos ese sendero sembrado de gatillos nerviosos y descargas eléctricas por las dudas que nos conducirá a sentirnos mucho pero mucho más seguros.
3.- Mauricio Macri. ¿Y por qué no el jefe de Patricia? La candidatura la lanzó Eugenio Zaffaroni, en una de sus habituales advertencias, siempre tan celebradas por los comunicadores del Gobierno actual, en particular Durán Barba, contra la “mano dura” de la atroz represión institucional de la dictadura macrista y la “persecución política” que sufren los martirizados integrantes del Gobierno anterior, como su amigo Amado Boudou. “El Bolsonaro nuestro ya lo tenemos, es Macri”, dijo el exministro de la Corte Suprema, antes de definirlo también como “Beresford”, aquel añejo comandante de la invasión inglesa de 1806, pero sin ceder todavía –acaso por recordar la ecuanimidad y la moderación a la que está obligado por su condición de juez– a la tentación de compararlo con Darth Vader o Hannibal Lecter. ¡Gracias, doctor, por hacernos ver las limitaciones que padecemos los que sólo criticamos a Mauricio por las chambonadas que se manda con la economía!
4.- Cristina Kirchner. Y sí, si no se la veían venir es que les falta algo de imaginación. Se cruza en el horizonte aquel memorable discurso en el que les ordenó a sus funcionarios que sólo le temieran a Dios y a Ella para recordarnos que se trata exactamente del tipo de liderazgo musculoso y decidido que ha emergido en Brasil, y en rigor tuvimos la oportunidad de experimentar aunque los enemigos hayan sido otros: el sucio trapo blanco y amarillo del poder eclesiástico (con el que después de librar duras contiendas cuando el comandante era Bergoglio de golpe nos volvimos grandes amigos cuando el comandante pasó a ser Francisco, lo que son las vueltas de la vida); el trapo sucio de bosta bovina del poder sojero (que nos convenció, voto no positivo mediante, de que debíamos dejar de ser tibios); el sucio trapo con el odioso dibujo de un clarinetista botón del poder mediático (con el que al principio habíamos sido grandes amigos, lo que son, otra vez, las vueltas de la vida), etc. Es que, para un líder popular como Dios manda, la identidad del enemigo del pueblo es un temita menor, lo importante es tener siempre a mano alguien a quien echarle la culpa de todo.

