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El diario del lunes, la más confiable de las fuentes de información

Por Jorge F. Legarda

No sé si habrán escuchado aquello de que es muy fácil opinar con el diario del lunes. O alguna de sus variantes, como con el diario del lunes todos somos Gardel. Este humilde opinador, por lo pronto, lo escuchó muchas veces, tantas que se terminó de convencer acerca de la incuestionable verdad englobada en la frase, incorporada a la sabiduría popular con la fuerza de un “siempre que llovió, paró”, un “el que avisa no es traidor” o un “la pelota no se mancha”, todas manifestaciones de una singular y muy argentina perspicacia a la hora de interpretar cómo funciona el mundo. Pero entre tanto cielo plañidero que nunca termina de venirse abajo por más que arrecie la tormenta, tanto traidor que cumple con avisar dejando un lacónico mensajito treinta segundos antes de traicionar, tanta pelota enchastrada hasta que no se distingue si es de fútbol o de bádminton, resulta inevitable que a uno lo i-nunden las dudas. Así que bueno, veamos, encaremos la dura tarea de desentrañar los secretos de la elusiva realidad, en clave electoral como demanda la hora, con el diario del lunes en la mano.



El lunes Cambiemos era Cambiemos, y festejaba el triunfo de un Cambiemos-pero-que-no-se-note-tanto en Jujuy onda por fin pegamos una, y en Mendoza el de otro Cambiemos-pero-que-no-se-note-tanto lo festejaba hasta por ahí nomás, que a ese Cornejo no lo queremos ver tan agrandado. Todavía el peronismo era ese cáncer que le clavó un ancla al desarrollo del país durante setenta años, aunque todavía había quien no perdía las esperanzas de seducir a un peronista, pero de baja intensidad, como Sergio Massa, para colgarle la boleta de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires para ver si le arrebataba votos a un peronista de peronismo tan creíble como Kicillof. Como aspirante a compañero de fórmula de Mauricio acababa de picar en punta Luis Brandoni, eje de una sesuda estrategia elaborada para desmentir la impresión de que todo este gobierno es una obra de ficción, un grotesco argentino onda Esperando la carroza que por defectos en el guión e insuficiente preparación actoral no se termina de entender si es una tragedia o una comedia. Aunque claro, ya con el diario del miércoles, parece que cualquier pretensión de despejar esa duda es una ilusión que ni un maestro de la escena como el gran Beto sería capaz de mantener.



El lunes, Unidad Ciudadana era el Frente para la Victoria (no sé si sabían que el sello Unidad Ciudadana quedó oficialmente liquidado dos meses después de la elección de 2017, suponemos que no sería para evitar hacerse cargo del pasivo) y festejaba las reelecciones de sus pollos en Entre Ríos y Tucumán, sin desempolvar archivos sobre lo bien que este muchacho Bordet y este muchacho Manzur se habían llevado con el macrismo ni sobre cómo en tiempos remotos –el año pasado, ponele– ambos todavía venían dando por finiquitada la carrera política de la lideresa: es que el revisionismo venía concentrado en las palabras de Sergio y Alberto, los tránsfugas irrecuperables devenidos hijos pródigos que ahora hay que recibir con los brazos abiertos. El lunes, también, Cristina exigía la inmediata libertad de Lula, porque ha quedado probada no sólo su inocencia (gracias a escuchas ilegales nacionales y populares, no como las escuchas ilegales con que nos escrachan a nosotros) sino la de todos los líderes latinoamericanos víctimas de la “guerra mediática”. Un tuiteo cuyo auténtico significado quedaría claro con el paso de los días, con la desmentida de que se tratara de una demanda egoísta realizada en defensa de su interés personal: en realidad, se refería a José López, cuya injusta condena había anticipado con su preclara clarividencia, sabiendo cómo se comportan estos jueces serviles del poder político, sobre quienes ya estamos viendo cómo hacemos. Eugenio Zaffaroni, por lo pronto, con la independencia que lo caracteriza, lanzó ese mismo lunes la propuesta de “una ley de revisión extraordinaria” de las causas inventadas por los medios con la idea de liberar a los “presos políticos”, como Josecito. Y quedémonos tranquilos, porque es algo que “constitucionalmente creo que se podría hacer”. Seguro, ¿qué puede tener de constitucionalmente objetable que el poder político que ganó las elecciones corrija lo que los jueces hicieron mal porque no sabían quién iba a ganar las elecciones siguientes?



El lunes, Alternativa Federal seguía siendo Alternativa Federal, a la espera de que Massa definiera lo que todos consideraban definido, salvo el chivo Rossi –quien no veía a Massa con muchas ganas de cerrar filas con la exjefa de la banda–; salvo Graciela Camaño –que viajó junto a Sergio para celebrar la victoria de su pollo en Chubut, rémora de ese instante perdido en la noche de los tiempos cuando el Frente Renovador era el Frente Renovador–; salvo Rodolfo Urtubey, que ratificaba no estar dispuesto a declinar sus legítimas aspiraciones presidenciales después de haberse preparado durante años para el puesto, y declaraba que iba a ir por la Presidencia sí o sí. La información de su comando de campaña incluía un trascendente anticipo sobre quien aparecía entonces como un leal pero infortunado compañero de ruta: "Se está analizando si (Miguel) Pichetto competirá para su reelección como senador en Río Negro o en otro lugar en las listas de Alternativa". No, si mientras la sociedad aguarda expectante por las definiciones de quienes la mantienen en vilo elucubrando las estrategias tendientes a prestarle un mejor servicio, los tipos la tienen re-clara.



El lunes, Consenso 19 era Consenso 19, pero ya la propuesta encarnada por Roberto Lavagna daba contundentes señales acerca de su poderosa convergencia con Urtubey: ambos coincidían plenamente y sin medias tintas en que iban a presentarse por separado. La potencia para aferrarse a las convicciones y a la palabra empeñada es la mejor garantía de que se hará honor a la nueva denominación Consenso 2030: ¿quién se va a animar a poner en duda que la comunión de almas tan puras y compatibles como las de, ponele, Margarita Stolbizer y Luis Barrionuevo, seguirá manteniéndose, de acá a una década y pico, tan armoniosa como ahora?



El rebautismo ha sido oportuno para aventar los chascarrillos de quienes veían en el nombre original una confirmación de que la fuerza política de Roberto no estaba concebida para durar más allá de diciembre, pero, ya con el diario del viernes, nos parece que no ha sido el más eficaz entre los reciclados de entresemana: meditemos sobre el profundo vuelco filosófico que significa dejar de lado la marca Cambiemos para pasar, sin aviso, a presentarse como Juntos por el Cambio. Nada pero nada que ver. Seguramente estará en los planes del gobierno una fuerte ofensiva de marketing para indicarle a la gente que son los mismos, no vaya a ser que se confundan ante la inclusión en la fórmula de un peronista genéticamente puro. ¿O acaso puede quedar la menor duda de que quien dice “"la palabra traición a nivel popular puede implicar un desvalor, pero en política es un mirar hacia adelante y tratar de cambiar las cosas" es más peronista que los de todas las otras fórmulas juntas?



En cambio, con el más agudo e imposible de apaciguar dolor en el alma, tenemos que salir a criticar el cambio de nombre del espacio nac & pop, que acaso ponga en evidencia que la lideresa está con la cabeza y el corazón en otra cosa: ¿Cómo es eso de “Todos”? Disponiendo de las opciones Tod@s, Todxs, Todes o, muy en especial, por ser la marca de fábrica de la jefa, Todos y Todas, no puede ser que se les haya escapado el enano machirulo con un acto fallido que seguramente enervará a la militancia todavía más que la concesión de haber puesto al tope de la fórmula al más conserva de los Fernández.



Jorge F. Legarda