Opinión | jorge-f_-legarda

En campaña nos estamos conociendo más y mejor

Por Jorge F. Legarda
 
A veces la realidad es injusta, qué le vamos a hacer. Podríamos estar regocijándonos por la extraordinaria recepción de los mercados al creativo paquete de medidas lanzado por el Gobierno la semana pasada, se ve que cuando el timón se toma con mano firme el mar parece menos borrascoso, más allá de que algunos se amontonen en los botes salvavidas y otros directamente salten por la borda. Pero si habláramos del formidable arranque del programa Precios Esenciales (si no encuentran los productos, es porque no están mirando con los ojos del corazón, diría El Principito) o de cómo se alejó el peligro de que la cotización del dólar perfore el piso de la banda de flotación (qué alivio, ¿no?), estaríamos restándole protagonismo a la consistente sucesión de titulares que confirman a las campañas electorales como el momento ideal para que los políticos entreguen su mejor versión, desnuden sus pensamientos más íntimos y nos regalen la oportunidad de vislumbrar, con un destello extra de claridad, en manos de quién estamos.



A nuestro Presidente, por ejemplo, creíamos conocerlo, pero sus entrevistas nos dejan siempre alguna nueva enseñanza. De la que dio a principios de la semana nos encantó el argumento de que la ligera zozobra que de tanto en tanto experimenta el barco que conduce no se debe a alguna vacilación de su mano experta, sino al miedo a que a fin de año cambie el timonel. A ver si aprendemos a explicar las cosas. Por ejemplo, Sampaoli podría explicar los resultados del Mundial diciendo que sus dirigidos jugaban como jugaban porque tenían agarrotadas las patas debido al terror a que la AFA no le renovara el contrato. También estuvo buena la referencia a Martín Lousteau: “Nos estamos conociendo”, dijo, acaso evocando el pasado de chimentera de la entrevistadora, y abriendo la puerta también a extender el alcance de la resonante confesión: “¿Cómo te llevás con la función de gobernar, Mauricio, hay posibilidades de que pasen cosas?”. “Nos estamos conociendo”.



Otra lección acerca de cómo lidiar con las preguntas difíciles formuladas por mujeres la dio el exgobernador tucumano, que quiere volver a serlo, José Alperovich, un tierno que como respuesta a la belleza rubia que pretendía hacerlo hablar de cosas feas la trataba de “preciosura”, “mi tipo de mujer” y “no te sale ponerte mala”, sin pasarse ni una vez el pañuelo por debajo de la boca. Se ganó que lo calificaran de acosador, misógino, viejo verde, protector y encubridor de femicidas, sátrapa y, por supuesto, machirulo. Una injusticia, justamente a él, que en tiempos de Cristina estuvo en la tercera línea sucesoria como presidente provisional del Senado, mirá si la jefa iba a permitir el encumbramiento de alguien tan ajeno a sus principios nada más que por conveniencia política. Pasa que con mirarlo nomás a Alperovich se notan las facciones y los gestos de un seductor nato, seguro que en realidad son las mujeres las que lo acosan a él.



Sin embargo, si hubo un seductor nato, del mismo palo que Alperovich, que se hizo notar esta semana fue el Guille Moreno, el “soldado” nac & pop que aspira a convertirse en general: “Si algún muchacho quiere vivir de lo ajeno, bueno está bien, pero que lo haga con códigos”, sentenció rodeado de tipos que del tema saben un toco como la barra brava de Deportivo Laferrere. Es que es “hora de patriotas”, como dice el eslogan de la candidatura presidencial del más guapo de los candidatos, y así como el patriotismo en los ’90 consistía en dejar de robar por dos años, ahora pasa por robar siguiendo las reglas de respeto y caballerosidad con que se robaba en tiempos mejores. Una propuesta que no se formula en el vacío sino que responde a una filosofía (“Tenemos que mirarnos a los ojos y pedir que vuelvan los principios y los valores”, dijo) y a las enseñanzas de su amigo el Papa, que citó abundantemente en su discurso. Ahí tienen, esos que critican a Francisco por mandarle rosarios a Milagro Sala o a Amado Boudou, no es que se haya equivocado, es que sabe reconocer a la gente que tiene valores, principios y códigos, sobre todo códigos.



Ahora, si hablamos por gente tocada por la luz divina, no caben dudas de que la declarante de la semana fue Lilita Carrió, la única en conseguir que las aclaraciones superaran el dicho inicial. Primero, precisó que cuando dijo “gracias a Dios murió De la Sota” no estaba hablando de De la Sota sino del narcotráfico en Córdoba. Ah, claro, ahora sí. No es que estuviera festejando la muerte del tipo, simplemente lo estaba acusando de haber manejado el negocio de la droga en la provincia, seguro que a la familia y allegados eso los deja mucho más tranquilos. Después explicó que el agradecimiento tenía “un sentido espiritual”, y como sus críticos no parecían estar predispuestos a abordar el debate teológico que ella les proponía lanzó un contraataque punzante: "Es una gracia de Dios que ustedes me acusen. Su acusación me hace llevar unos puntos para el cielo". Bueno, a Lilita no parecen hacerle falta puntos para el cielo, mucho menos después de un retiro espiritual de Semana Santa que por lo que se ve le vino muy bien para llevar paz a su alma, pero por las dudas nunca está de más un plus si de asegurarse un lugar en el Paraíso se trata. Estará dando por descontado, suponemos, que llegado el momento la gracia de Dios (que a veces justamente se hace el gracioso) no consista en mandarla a pedirle disculpas en persona al mismísimo José Manuel, dondequiera que resida hoy su alma inmortal.



Pero más allá de los evidentes méritos de todos los mencionados, qué duda cabe de que el lugar de privilegio en el cuadro de honor se lo lleva la autora del acontecimiento editorial del año, el lanzamiento que va a permitir que al menos la industria del libro zafe de la recesión neoliberal. Reseñar semejante tratado de ciencia política, inspirado además por los mismos principios y valores que invoca el soldado de más arriba, sería una tarea ciclópea que excede las módicas capacidades de este escriba, así que mejor intentemos, en todo caso, reseñar la reseña. Nos dejó de una pieza la parte donde expresa que si se viera en la obligación de definir al Adversario con una palabra, esta sería “caos”, para apuntalar la necesidad de un regreso con gloria con el objeto central de “volver a ordenar a la Argentina”. Una genialidad, justo después de que Mauricio lanzara recetas populistas como acuerdos de precios, créditos subsidiados y congelamiento de tarifas, Ella se descuelga con un argumento tan típicamente derechoso, casi bolsonarista diríamos, como el de restaurar el “orden”. Y uno imagina el sentido: en su época también se fugaban millones de dólares, se remarcaban los precios, se conversaba con los jueces y se filtraban grabaciones de conversaciones ajenas, cómo no, pero con “códigos”.



Ahora, hasta que nadie me demuestre lo contrario, voy a declarar solemnemente que lo mejor del libro de Cristina es, sin duda, el nombre “Sinceramente”. Algunos dirán que es un poquito redundante resaltar un mérito tan estrechamente asociado a la personalidad de la autora, pero aunque ustedes no lo crean hay gente que necesita que le recuerden hasta lo más obvio. Justamente por eso Cris nos suele recordar: “Ustedes saben que yo no les miento”. Otros sugerirán que más apropiado habría sido llamarlo “Honestamente”, pero parece que el copyright estaba reservado para el próximo libro sobre principios y valores del Guille Moreno. Porque la idea es una fuente de inspiración inagotable, imaginemos si no cómo podrían denominar sus obras cumbres otros potenciales best sellers: “Delicadamente” (Jo-sé Alperovich); “Eficientemente” (Nicolás Dujovne); “Equilibradamente” (Elisa Carrió); “Decididamente” (Roberto Lavagna) y “Humildemente” (unos cuántos). El de Mauricio te lo debemos, al menos hasta que termine de leer un libro, cualquier libro, para familiarizarse con el producto. “Nos estamos conociendo”, diría si se lo preguntáramos.