Escribiendo el manual argentino para una transición exitosa
Por Jorge F. Legarda
Al final, los temores eran infundados. La coexistencia de un presidente que se va y otro que viene, vieron, no tenía por qué ser traumática y complicada, cuando todo estaba alineado como para que discurriera tan armónica y civilizadamente como era esperable tomando en cuenta la civilización y la armonía con que se desarrolló la campaña. La supuesta grieta, si es que alguna vez hubo una grieta, se va cerrando y las fotos de los tipos no nos dejan mentir, ningún gesto de crispación, ningún dedito levantado, ahora estamos esperando la declaración formal de Macri de que él también está a favor de Elmer Gruñón contra Bugs Bunny y del Coyote contra el Correcaminos, igual que Alberto, y tenemos cartón lleno. Por lo pronto, nos quedamos con esa imagen institucionalmente gratificante del lunes, nada más que sonrisas para llevar tranquilidad a la gente y a los mercados, aunque por las dudas, para suministrar una dosis adicional de ansiolíticos, le demos otra vuelta al torniquete y le pongamos un par más de candados al cepo; y aunque los mercados y los supermercados, tranquilizados y todo, para asegurarse un descanso reparador sin esas pesadillas pobladas de monstruos estatistas que congelan los precios, le den a la remarcadora como si fuera la última vez.
En cualquier caso, no debería sorprender tanto que Mauricio haya invitado a Alberto a desayunar, ni que Alberto haya aceptado el convite: después de todo, el primero no hizo más que seguir el amable consejo de Cristina en su discurso de la noche del domingo, de gobernar hasta el último día “como yo lo hice”; y el segundo, tras dejar en claro que “Cristina y yo somos lo mismo”, no hizo más que actuar exactamente como seguramente habría hecho su compañera de fórmula, una fanática de los diálogos enriquecedores con los adversarios cuando el interés del país lo demanda. Nos imaginamos lo dolida que debe de estar, ocupada como se encontraba con el nuevo peregrinaje a Cuba –que esperamos sea de los últimos; no sabemos por qué pero tenemos el pálpito de que Florencia dentro de poquito tiempo ya se va a sentir mejor y en condiciones de subirse a un avión– por haber tenido que mandar emisarios a hablar con Gaby Michetti en lugar de acudir en persona como le habría gustado. En fin, una lástima que Cristina no forme parte del equipo de lujo formado por Alberto para dialogar sobre la transición, donde se podría haber reencontrado con Gustavo Véliz, para que pudieran reírse juntos de aquel gracioso malentendido sobre el entonces bueno Stiuso debido al cual el muchacho salió eyectado del primer gobierno nac & pop en menos de lo que tarda en montarse una operación de inteligencia y tuvo que borrarse del país por más de una década. Pero en realidad si hay alguien que vamos a extrañar en las conversaciones entre los que se van y los que vienen es a otra dama igualmente versada en el arte de conciliar y acercar posiciones como Elisa Carrió. Aunque bueno, habrá que ir acostumbrándose a que la política argentina deba seguir adelante con ese inmenso hueco que nadie estará en condiciones de llenar.
La armonía se nota también en las coincidentes evaluaciones que a uno y otro lado de la exgrieta se escuchan sobre los resultados de hace una semana. Porque entre el “gusto a poco” que le quedó a Dady Brieva y el “Macri perdió pero ganó” de Luis Majul, por tomar un par de ejemplos clamorosos, hay una perceptible coincidencia de fondo, que no obstante habría que cuidar. Es cierto que lo primero alimentó sospechas de fraude y ya sabemos, desde aquella denuncia de Donald Trump –otro agudo lector de escrutinios electorales– de que en la elección de 2016 que lo consagró como presidente perdió el voto popular porque Hillary Clinton hizo votar a millones de mexicanos indocumentados en lugares donde esos votos no le hacían falta, que a veces se hace fraude no para ganar sino para tener una derrota digna: a algunos les parecería poco práctico, pero andá a meterte vos en la cabeza de un defraudador serial. Y en cuanto a lo segundo, está clarísimo, 48 a 40 es prácticamente un “empate técnico”, preguntémosle si no a los encuestadores, esos que en estas elecciones han elevado a niveles inéditos su prestigio académico y su imagen ante la sociedad y ante la clase política que tanto necesita de su información certera y confiable para diseñar sus mejores estrategias de campaña y de gestión. Es más, les adelantamos desde ya que de acuerdo con un estudio de la consultora El Rebusque & Asociados el 77 por ciento de la población cree que la grieta se cerró a las 21.15 del domingo pasado, que el acuerdo social propuesto por el nuevo gobierno permitirá retrotraer los precios de las góndolas al 30 de junio pasado y que durante 2020 se generará un millón de puestos de trabajo formales, la selección ganará la Copa América con una gran actuación de Mauro Icardi, se retirará Mirtha Legrand y no aparecerá ningún nuevo hijo de Maradona.
Otro aporte a una transición cargada de buenos presagios la dan los mensajes de felicitación que llegan desde el mundo entero, una contribución clave a despejar cualquier sombra de duda capaz de oscurecer el diáfano horizonte de futuro que nos abre el nuevo gobierno. Nos llega el “abrazo revolucionario” de Evo, un verdadero transformador que después de dar vuelta el destino de su país ha transformado la manera de contar los votos, y la congratulación de Maduro por la “derrota de las criminales políticas neoliberales” en las que, según se deduce de los mensajes de nuestro flamante amigo Donald Trump, nuestra flamante amiga Angela Merkel y de esta chica búlgara que ahora dirige el FMI, vamos a seguir “trabajando juntos” para seguir adelante. Otra grieta cerrándose para soñar con una síntesis perfecta entre la prolijidad institucional y la visión de futuro del populismo bolivariano, la sensibilidad social y el conocimiento de la calle del neoliberalismo salvaje y la eficacia para manejar la economía, la transparencia administrativa y el respeto por los derechos humanos de los unos y los otros: sí, ya sabemos que hay gourmets finolis que desconfían de la posibilidad de armar un plato más o menos digerible con una mezcla de ingredientes tan heterogénea, pero recordemos que esta es la tierra donde nacieron Juan Domingo, Carlos Saúl, Néstor Carlos y Cristina Elisabet, por qué nos vamos a quedar cortos a la hora de imaginar el país que decididamente nos merecemos y que tarde o temprano sabremos conseguir.
La felicitación que le faltó a Alberto es la de Jair Bolsonaro, que anunció que está “preparándose para lo peor”. Imagina a millones de argentinos cruzando a nado las borrascosas aguas del Iguazú o del Uruguay para escapar de los bandidos comunistas homosexuales y anticristianos que se habrán apoderado de su vecino del sur y pedir refugio en la tierra de libertad y de oportunidades en que bajo su sabia y equilibrada conducción se está transformando Brasil. A nosotros, bueno, nuestro módico infierno todavía no nos parece tan ardiente como para no dejarnos otra que tirarnos al río, pero igual hay algo en el pobre Bolsonaro que nos da cosa, nos inspira, no sé, cierta piedad. Tan feliz que podría estar el tipo en el Amazonas deforestado cazando con ametralladora pájaros que si están en peligro de extinción por algo será, intercambiando con sus amigotes, entre trago y trago de cachaça, chistes sobre negros sucios y maricones cobardes y en cambio tiene que estar aguantando que le amarguen la vida, no sólo en Brasil sino en la propia Argentina, con el perverso recurso de no hacer lo que él quiere. Menos mal que tiene detrás una familia bien constituida que lo respalda, como el nene que por las redes sociales se comparó con el vástago de Alberto con la idea, parece, de demostrar que también en la derecha patriótica reaccionaria neonazi hay un toco de sensibilidad artística. Una estrategia un poco arriesgada, eso sí. Para un hijo de la gran facha con las granadas de mano bien puestas la elección es simple, pero en este mundo moderno hay mucho blandengue confundido a quien, entre una imagen inspirada en el tierno Pikachu de Pokemon y otra que parece extraída de “Rambito y Rambón, primera misión”, podría caerle más simpática la primera.
Jorge F. Legarda. Redacción Puntal
En cualquier caso, no debería sorprender tanto que Mauricio haya invitado a Alberto a desayunar, ni que Alberto haya aceptado el convite: después de todo, el primero no hizo más que seguir el amable consejo de Cristina en su discurso de la noche del domingo, de gobernar hasta el último día “como yo lo hice”; y el segundo, tras dejar en claro que “Cristina y yo somos lo mismo”, no hizo más que actuar exactamente como seguramente habría hecho su compañera de fórmula, una fanática de los diálogos enriquecedores con los adversarios cuando el interés del país lo demanda. Nos imaginamos lo dolida que debe de estar, ocupada como se encontraba con el nuevo peregrinaje a Cuba –que esperamos sea de los últimos; no sabemos por qué pero tenemos el pálpito de que Florencia dentro de poquito tiempo ya se va a sentir mejor y en condiciones de subirse a un avión– por haber tenido que mandar emisarios a hablar con Gaby Michetti en lugar de acudir en persona como le habría gustado. En fin, una lástima que Cristina no forme parte del equipo de lujo formado por Alberto para dialogar sobre la transición, donde se podría haber reencontrado con Gustavo Véliz, para que pudieran reírse juntos de aquel gracioso malentendido sobre el entonces bueno Stiuso debido al cual el muchacho salió eyectado del primer gobierno nac & pop en menos de lo que tarda en montarse una operación de inteligencia y tuvo que borrarse del país por más de una década. Pero en realidad si hay alguien que vamos a extrañar en las conversaciones entre los que se van y los que vienen es a otra dama igualmente versada en el arte de conciliar y acercar posiciones como Elisa Carrió. Aunque bueno, habrá que ir acostumbrándose a que la política argentina deba seguir adelante con ese inmenso hueco que nadie estará en condiciones de llenar.
La armonía se nota también en las coincidentes evaluaciones que a uno y otro lado de la exgrieta se escuchan sobre los resultados de hace una semana. Porque entre el “gusto a poco” que le quedó a Dady Brieva y el “Macri perdió pero ganó” de Luis Majul, por tomar un par de ejemplos clamorosos, hay una perceptible coincidencia de fondo, que no obstante habría que cuidar. Es cierto que lo primero alimentó sospechas de fraude y ya sabemos, desde aquella denuncia de Donald Trump –otro agudo lector de escrutinios electorales– de que en la elección de 2016 que lo consagró como presidente perdió el voto popular porque Hillary Clinton hizo votar a millones de mexicanos indocumentados en lugares donde esos votos no le hacían falta, que a veces se hace fraude no para ganar sino para tener una derrota digna: a algunos les parecería poco práctico, pero andá a meterte vos en la cabeza de un defraudador serial. Y en cuanto a lo segundo, está clarísimo, 48 a 40 es prácticamente un “empate técnico”, preguntémosle si no a los encuestadores, esos que en estas elecciones han elevado a niveles inéditos su prestigio académico y su imagen ante la sociedad y ante la clase política que tanto necesita de su información certera y confiable para diseñar sus mejores estrategias de campaña y de gestión. Es más, les adelantamos desde ya que de acuerdo con un estudio de la consultora El Rebusque & Asociados el 77 por ciento de la población cree que la grieta se cerró a las 21.15 del domingo pasado, que el acuerdo social propuesto por el nuevo gobierno permitirá retrotraer los precios de las góndolas al 30 de junio pasado y que durante 2020 se generará un millón de puestos de trabajo formales, la selección ganará la Copa América con una gran actuación de Mauro Icardi, se retirará Mirtha Legrand y no aparecerá ningún nuevo hijo de Maradona.
Otro aporte a una transición cargada de buenos presagios la dan los mensajes de felicitación que llegan desde el mundo entero, una contribución clave a despejar cualquier sombra de duda capaz de oscurecer el diáfano horizonte de futuro que nos abre el nuevo gobierno. Nos llega el “abrazo revolucionario” de Evo, un verdadero transformador que después de dar vuelta el destino de su país ha transformado la manera de contar los votos, y la congratulación de Maduro por la “derrota de las criminales políticas neoliberales” en las que, según se deduce de los mensajes de nuestro flamante amigo Donald Trump, nuestra flamante amiga Angela Merkel y de esta chica búlgara que ahora dirige el FMI, vamos a seguir “trabajando juntos” para seguir adelante. Otra grieta cerrándose para soñar con una síntesis perfecta entre la prolijidad institucional y la visión de futuro del populismo bolivariano, la sensibilidad social y el conocimiento de la calle del neoliberalismo salvaje y la eficacia para manejar la economía, la transparencia administrativa y el respeto por los derechos humanos de los unos y los otros: sí, ya sabemos que hay gourmets finolis que desconfían de la posibilidad de armar un plato más o menos digerible con una mezcla de ingredientes tan heterogénea, pero recordemos que esta es la tierra donde nacieron Juan Domingo, Carlos Saúl, Néstor Carlos y Cristina Elisabet, por qué nos vamos a quedar cortos a la hora de imaginar el país que decididamente nos merecemos y que tarde o temprano sabremos conseguir.
La felicitación que le faltó a Alberto es la de Jair Bolsonaro, que anunció que está “preparándose para lo peor”. Imagina a millones de argentinos cruzando a nado las borrascosas aguas del Iguazú o del Uruguay para escapar de los bandidos comunistas homosexuales y anticristianos que se habrán apoderado de su vecino del sur y pedir refugio en la tierra de libertad y de oportunidades en que bajo su sabia y equilibrada conducción se está transformando Brasil. A nosotros, bueno, nuestro módico infierno todavía no nos parece tan ardiente como para no dejarnos otra que tirarnos al río, pero igual hay algo en el pobre Bolsonaro que nos da cosa, nos inspira, no sé, cierta piedad. Tan feliz que podría estar el tipo en el Amazonas deforestado cazando con ametralladora pájaros que si están en peligro de extinción por algo será, intercambiando con sus amigotes, entre trago y trago de cachaça, chistes sobre negros sucios y maricones cobardes y en cambio tiene que estar aguantando que le amarguen la vida, no sólo en Brasil sino en la propia Argentina, con el perverso recurso de no hacer lo que él quiere. Menos mal que tiene detrás una familia bien constituida que lo respalda, como el nene que por las redes sociales se comparó con el vástago de Alberto con la idea, parece, de demostrar que también en la derecha patriótica reaccionaria neonazi hay un toco de sensibilidad artística. Una estrategia un poco arriesgada, eso sí. Para un hijo de la gran facha con las granadas de mano bien puestas la elección es simple, pero en este mundo moderno hay mucho blandengue confundido a quien, entre una imagen inspirada en el tierno Pikachu de Pokemon y otra que parece extraída de “Rambito y Rambón, primera misión”, podría caerle más simpática la primera.
Jorge F. Legarda. Redacción Puntal