Estrategias nac & pop para mantener a raya al coronavirus
Primero lo primero: no hay que entrar en pánico. No es la primera vez que el mundo nos manda una calamidad como para ponernos a prueba, del efecto tequila a la crisis de las hipotecas, de la gripe A al mal de la vaca loca, de las demandas de los fondos buitre al reggaetón y las canciones de Ricardo Arjona. Así que, curtidos como estamos, no hay dudas de que sabemos cómo mantenernos erguidos cuando arrecian las tempestades, y ésta no será la excepción. Y si nos quedara alguna duda, bueno, ahí están nuestros líderes para transmitirnos confianza, con esa cálida combinación de firmeza y serenidad de quien lo tiene todo claro y se muestra plenamente a cargo de la situación. Tanto cuando Ginés te dice que no hay que hacer tanto bardo y más vale preocuparse por el sarampión y el dengue, como cuando, 24 horas más tarde, te advierte que si te estornudás en la mano o salís a la calle cuando te ordenaron estar en cuarentena te exponés a que te apliquen el rifle sanitario, o poco menos. Y si en algún momento nos asalta cierta sensación de zozobra, ahí está la palabra oficial para contagiar tranquilidad con más velocidad y eficacia que cualquier virus turro: resulta que estamos convocados a ponerle el pecho a las balas, todes para une y une para todes, un llamado que nos inspira a volver a un concepto con el que los lectores de esta columna ya estarán familiarizados: con la cultura cívica y el espíritu solidario que nos caracteriza a los argentinos, ¿qué podría salir mal?
Ahora bien, seguramente con el tiempo se van a ver los resultados de la convocatoria, pero por lo pronto la punta de lanza la tiene que asumir el Estado. “Fortaleceremos los controles sanitarios en todos los puntos de ingreso a la Argentina. Seremos muy estrictos en el monitoreo de los movimientos de personas en nuestras fronteras”, batió nuestro Presidente en la cadena nacional del jueves. ¿No les dije? Firmeza y serenidad. Y argumentos sólidos, porque quién va a poner en duda la impenetrabilidad de las fronteras argentinas cuando los monitoreos se ponen “muy estrictos”. No había tiempo para precisiones en un mensaje tan corto, entendemos, pero podría haber agregado que para reforzar la vigilancia se apelará a la rica experiencia en el combate al tráfico de personas, de drogas y de armas, que como se sabe en la Argentina es una política de Estado en la que todos los gobiernos han sido igual de exitosos. Y con ese mismo optimismo recibimos el anuncio de que se va a “evitar el desabastecimiento” de “alcohol en gel, barbijos y otros insumos críticos”, porque como bien sabemos basta con que el Gobierno decida que de algún producto tiene que haber disponible mucho y barato para que las estanterías se derrumben por el peso de la mercadería.
Desde luego, el Gobierno es plenamente consciente de que esto no alcanza. Cuando decimos que todos debemos involucrarnos queremos decir todos, empezando por las áreas que tienen implicancia en el tema, así que se reciben propuestas sobre las posibles estrategias para hacerle frente a la invasión de coronavirus. Desde el área de Seguridad, por ejemplo, Sergio Berni ofreció plantársele al taimado microorganismo con el grupo Geof de la Policía Bonaerense, encabezado por él mismo, en uniforme de fajina y bajando desde un helicóptero. La ministra Sabina Frederic, en cambio, propuso un trabajo de contención diferente: conformar un equipo terapéutico multidisciplinario para estudiar las condiciones sociales en las cuales se originaron las conductas agresivas del coronavirus, para que una vez identificadas las causas podamos ir resolviendo los traumas internos (quizá el coronavirus tuvo, ponele, una infancia desdichada, creciendo en un hogar disfuncional con padre ausente) y elaborando mecanismos para su reinserción. Seguramente del debate entre ambos, Sergio y Sabina, saldrá una síntesis superadora, ya que como lo han declarado no hay grandes diferencias entre ellos.
Sin duda, un aporte que el Presidente valorará especialmente es el de su vice, con la que como sabemos no tiene ni un sí ni un no, y en este caso podrá dar rienda suelta a su proverbial lucidez para el diagnóstico del origen de los problemas. Nos imaginamos que Cristina estará al tanto de las teorías que denuncian al coronavirus como producto de una conspiración entre la CIA, el Departamento de Estado norteamericano, George Soros, Bill Gates, Warren Buffet y Oprah Winfrey para desprestigiar a China, que le está ganando la guerra tecnológica, o para exterminar a los ancianos que quedaron obsoletos y son una carga para el sistema capitalista, o para perjudicar a las empresas farmacéuticas que lucran sobremedicando a los ancianos, o para beneficiar a las empresas farmacéuticas que inventan enfermedades para vendernos las vacunas que después nos provocan autismo, o para blindarles el negocio a los productores de salmón que temen que la sopa de murciélago reemplace en los restaurantes gourmet a su carísimo pescado, y tantas otras que quienes sagazmente desconfían de los medios de comunicación hegemónicos conocen muy bien porque se informan por los mucho más veraces posteos que aparecen por las redes sociales. Así que esperamos la versión superadora de nuestra lideresa: de algún modo, acuérdense lo que les digo, el coronavirus terminará por ser parte del “lawfare”, la ofensiva del poder financiero global contra Ella y todos los líderes populares de Latinoamérica del mundo.
En esta, hay que reconocerlo, parece que nos dormimos: acabamos de enterarnos de que la estrategia contra el bicho imperialista de nuestro compañero nicaragüense Daniel Ortega no pasa por el aislamiento individualista o los lavados de manos burgueses, sino por plantársele con una marcha revolucionaria bajo la consigna “Amor en tiempos del Covid-19, unidos en barrios, comarcas y comunidades para cuidarnos juntos”. Porque no hay nada que intimide más a un virus que el pueblo movilizado, miles y miles de almas con las manos entrelazadas y respirando al unísono los aires de cambio. ¿Qué están esperando Grabois, Emilio Pérsico, el Chino Navarro, para seguir el ejemplo?
Juntarse para compartir mates, proyectos y por qué no pañuelos para taparse la boca no es la única manera de incluir a las víctimas del lawfare en la convocatoria. A Julio De Vido, Roberto Baratta y José López, gente que sabe que detrás de cada crisis hay una oportunidad, los pondríamos a cargo de las licitaciones para comprar barbijos y alcohol en gel. El expertise está, sólo habría que agregar lavarse bien las manos con agua y jabón antes y después de contar los dólares de los bolsos. Y para que no queden dudas acerca del éxito de las acciones para frenar la epidemia, a contar los contagiados lo ponemos al Guille Moreno, que con estas políticas nacionales y populares -como le vamos a conceder el honor de anunciar al recién retornado Aníbal Fernández-, van a ser muchos menos que en Alemania.
En cambio, no estamos seguros de si conviene convocar a la oposición. Ya sabemos que Alberto apuesta al final de la grieta, pero las palabras de Mauricio del otro día, aquello de que “mucho más peligroso que el coronavirus es el populismo”, nos hacen dudar de la convicción que pondría en el frente de batalla. Claro, uno entiende la bronca de Mauricio con el populismo porque “lleva a hipotecar el futuro” (como alguien que, ponele, se endeuda hasta que no le prestan más y entonces todo explota, en ese remoto futuro hipotecado), pero ahí nomás nos desconcierta cuando sale a pedir que en las cuestiones relacionadas con la epidemia le hagamos caso al gobierno, como si ahora el menos malo fuera el populismo. No es que seamos desagradecidos, pero ¿no habría que explicarle a Mauricio lo saludable que sería, para esta comunidad un poco ansiosa con el tema, y también para él mismo, que tratara de hacerse extrañar un poco?
Eso sí, los que no pueden quedar afuera son los colectivos cuyo creciente protagonismo en la vida comunitaria está reconfigurando la agenda pública y desnudándonos como prejuiciosos incapaces de ver más allá de nuestros ombligos. Acá tenemos a la coalición proteccionista-vegana que ante la ofensiva punitivista de los poderes constituidos se ha visto obligada a salir a reclamar que se respeten los derechos del coronavirus como persona no humana, que incluyen el derecho a vivir libre en su ambiente y a reproducirse, a ser respetado en su dignidad, a no ser sometido a tratos crueles o degradantes y a ser atendido, cuidado y protegido por el hombre. El colectivo LGBTI+, por su parte, exigió que el coronavirus no sea encasillado ni estigmatizado, y que se respete su identidad de género, ya que ciertos aspectos de su sintomatología (y esa corona propia de toda una reina) sugieren que se siente como bacteria encerrada en el cuerpo de un virus. Esperemos no vernos obligados a escuchar conceptos como “impedimento de contacto”, “aislamiento del agente infeccioso” y muchísimo menos “erradicación de la enfermedad”, que no tienen nada que hacer en una sociedad inclusiva donde debe haber lugar para todos y todas y todes.
Jorge F. Legarda
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Ahora bien, seguramente con el tiempo se van a ver los resultados de la convocatoria, pero por lo pronto la punta de lanza la tiene que asumir el Estado. “Fortaleceremos los controles sanitarios en todos los puntos de ingreso a la Argentina. Seremos muy estrictos en el monitoreo de los movimientos de personas en nuestras fronteras”, batió nuestro Presidente en la cadena nacional del jueves. ¿No les dije? Firmeza y serenidad. Y argumentos sólidos, porque quién va a poner en duda la impenetrabilidad de las fronteras argentinas cuando los monitoreos se ponen “muy estrictos”. No había tiempo para precisiones en un mensaje tan corto, entendemos, pero podría haber agregado que para reforzar la vigilancia se apelará a la rica experiencia en el combate al tráfico de personas, de drogas y de armas, que como se sabe en la Argentina es una política de Estado en la que todos los gobiernos han sido igual de exitosos. Y con ese mismo optimismo recibimos el anuncio de que se va a “evitar el desabastecimiento” de “alcohol en gel, barbijos y otros insumos críticos”, porque como bien sabemos basta con que el Gobierno decida que de algún producto tiene que haber disponible mucho y barato para que las estanterías se derrumben por el peso de la mercadería.
Desde luego, el Gobierno es plenamente consciente de que esto no alcanza. Cuando decimos que todos debemos involucrarnos queremos decir todos, empezando por las áreas que tienen implicancia en el tema, así que se reciben propuestas sobre las posibles estrategias para hacerle frente a la invasión de coronavirus. Desde el área de Seguridad, por ejemplo, Sergio Berni ofreció plantársele al taimado microorganismo con el grupo Geof de la Policía Bonaerense, encabezado por él mismo, en uniforme de fajina y bajando desde un helicóptero. La ministra Sabina Frederic, en cambio, propuso un trabajo de contención diferente: conformar un equipo terapéutico multidisciplinario para estudiar las condiciones sociales en las cuales se originaron las conductas agresivas del coronavirus, para que una vez identificadas las causas podamos ir resolviendo los traumas internos (quizá el coronavirus tuvo, ponele, una infancia desdichada, creciendo en un hogar disfuncional con padre ausente) y elaborando mecanismos para su reinserción. Seguramente del debate entre ambos, Sergio y Sabina, saldrá una síntesis superadora, ya que como lo han declarado no hay grandes diferencias entre ellos.
Sin duda, un aporte que el Presidente valorará especialmente es el de su vice, con la que como sabemos no tiene ni un sí ni un no, y en este caso podrá dar rienda suelta a su proverbial lucidez para el diagnóstico del origen de los problemas. Nos imaginamos que Cristina estará al tanto de las teorías que denuncian al coronavirus como producto de una conspiración entre la CIA, el Departamento de Estado norteamericano, George Soros, Bill Gates, Warren Buffet y Oprah Winfrey para desprestigiar a China, que le está ganando la guerra tecnológica, o para exterminar a los ancianos que quedaron obsoletos y son una carga para el sistema capitalista, o para perjudicar a las empresas farmacéuticas que lucran sobremedicando a los ancianos, o para beneficiar a las empresas farmacéuticas que inventan enfermedades para vendernos las vacunas que después nos provocan autismo, o para blindarles el negocio a los productores de salmón que temen que la sopa de murciélago reemplace en los restaurantes gourmet a su carísimo pescado, y tantas otras que quienes sagazmente desconfían de los medios de comunicación hegemónicos conocen muy bien porque se informan por los mucho más veraces posteos que aparecen por las redes sociales. Así que esperamos la versión superadora de nuestra lideresa: de algún modo, acuérdense lo que les digo, el coronavirus terminará por ser parte del “lawfare”, la ofensiva del poder financiero global contra Ella y todos los líderes populares de Latinoamérica del mundo.
En esta, hay que reconocerlo, parece que nos dormimos: acabamos de enterarnos de que la estrategia contra el bicho imperialista de nuestro compañero nicaragüense Daniel Ortega no pasa por el aislamiento individualista o los lavados de manos burgueses, sino por plantársele con una marcha revolucionaria bajo la consigna “Amor en tiempos del Covid-19, unidos en barrios, comarcas y comunidades para cuidarnos juntos”. Porque no hay nada que intimide más a un virus que el pueblo movilizado, miles y miles de almas con las manos entrelazadas y respirando al unísono los aires de cambio. ¿Qué están esperando Grabois, Emilio Pérsico, el Chino Navarro, para seguir el ejemplo?
Juntarse para compartir mates, proyectos y por qué no pañuelos para taparse la boca no es la única manera de incluir a las víctimas del lawfare en la convocatoria. A Julio De Vido, Roberto Baratta y José López, gente que sabe que detrás de cada crisis hay una oportunidad, los pondríamos a cargo de las licitaciones para comprar barbijos y alcohol en gel. El expertise está, sólo habría que agregar lavarse bien las manos con agua y jabón antes y después de contar los dólares de los bolsos. Y para que no queden dudas acerca del éxito de las acciones para frenar la epidemia, a contar los contagiados lo ponemos al Guille Moreno, que con estas políticas nacionales y populares -como le vamos a conceder el honor de anunciar al recién retornado Aníbal Fernández-, van a ser muchos menos que en Alemania.
En cambio, no estamos seguros de si conviene convocar a la oposición. Ya sabemos que Alberto apuesta al final de la grieta, pero las palabras de Mauricio del otro día, aquello de que “mucho más peligroso que el coronavirus es el populismo”, nos hacen dudar de la convicción que pondría en el frente de batalla. Claro, uno entiende la bronca de Mauricio con el populismo porque “lleva a hipotecar el futuro” (como alguien que, ponele, se endeuda hasta que no le prestan más y entonces todo explota, en ese remoto futuro hipotecado), pero ahí nomás nos desconcierta cuando sale a pedir que en las cuestiones relacionadas con la epidemia le hagamos caso al gobierno, como si ahora el menos malo fuera el populismo. No es que seamos desagradecidos, pero ¿no habría que explicarle a Mauricio lo saludable que sería, para esta comunidad un poco ansiosa con el tema, y también para él mismo, que tratara de hacerse extrañar un poco?
Eso sí, los que no pueden quedar afuera son los colectivos cuyo creciente protagonismo en la vida comunitaria está reconfigurando la agenda pública y desnudándonos como prejuiciosos incapaces de ver más allá de nuestros ombligos. Acá tenemos a la coalición proteccionista-vegana que ante la ofensiva punitivista de los poderes constituidos se ha visto obligada a salir a reclamar que se respeten los derechos del coronavirus como persona no humana, que incluyen el derecho a vivir libre en su ambiente y a reproducirse, a ser respetado en su dignidad, a no ser sometido a tratos crueles o degradantes y a ser atendido, cuidado y protegido por el hombre. El colectivo LGBTI+, por su parte, exigió que el coronavirus no sea encasillado ni estigmatizado, y que se respete su identidad de género, ya que ciertos aspectos de su sintomatología (y esa corona propia de toda una reina) sugieren que se siente como bacteria encerrada en el cuerpo de un virus. Esperemos no vernos obligados a escuchar conceptos como “impedimento de contacto”, “aislamiento del agente infeccioso” y muchísimo menos “erradicación de la enfermedad”, que no tienen nada que hacer en una sociedad inclusiva donde debe haber lugar para todos y todas y todes.
Jorge F. Legarda
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