Grietas de ayer y de hoy, el orgullo de los humildes
Por Jorge F. Legarda
Decíamos ayer, o más precisamente la semana pasada, que en la Argentina todo pasa y todo queda, nada es relegado para siempre en el olvido porque, aunque nuestra marcha hacia el futuro nos presenta constantemente nuevos y monumentales desafíos, es como si no nos parecieran suficientemente peliagudos para poner a prueba la dimensión de nuestro coraje, así que tenemos que desenterrar algunos que habíamos dejado olvidados a la vera de las rutas. O será la nostalgia, vaya uno a saber: añoramos aquellos dorados tiempos en que éramos doce años más jóvenes y la revolución era un sueño por concretar. Todavía no habíamos recuperado YPF, no nos habíamos quedado con la máquina de hacer billetes, no habíamos diversificado nuestro comercio exterior con misiones a Angola, todavía no se había llegado a dimensionar el papel que la circulación de bolsos y paquetes con dólares ya había comenzado a jugar para mantener aceitado el funcionamiento de la maquinaria de la economía y los jueces que después se pondrían al servicio del lawfare aún mostraban su independencia e imparcialidad mandando al archivo los expedientes capaces de importunar a quienes llevaban adelante tan saludable proceso. Así que bueno, ahí estamos de vuelta, casi casi en el mismo lugar, con los tractores y las Hilux en pie de guerra, como si el tiempo no hubiera pasado. Con un matrimonio de esos que son un poquito por amor y un poquito por conveniencia en el timón, aunque con la balanza del poder inclinada de manera diferente, en línea con el empoderamiento femenino que la celebración de hoy reconoce. Con cada parte convencida y convenciéndonos de que encarnan el espíritu de la Patria y la argentinidad, mientras del otro lado sólo hay necedad y egoísmo, es inútil, cómo entenderse con esta gente a la que lo único que le interesa es la plata.
Y, sin embargo, la fuerte sensación de déjà vu no agota nuestra capacidad de sorpresa: a nosotros, por lo pronto, nos sorprendió que nuestros dirigentes del campo se sintieran “sorprendidos” la semana pasada cuando trascendió que se venía el aumento de retenciones a la soja que todo el mundo sabía que iba a venir desde que lo autorizó la ley de emergencia económica, así como ahora nos sorprende que el Gobierno se sienta “sorprendido” por la convocatoria al paro de cuatro días que por ahora no viene con la añadidura de nuevos piquetes de la abundancia, después veremos. Bien por ellos, que pese al desgaste natural del ejercicio de tan altas responsabilidades, que suele conducir al cinismo y al desencanto, mantienen en cambio la frescura y la inocencia de un niño predispuesto a asombrarse por los maravillosos descubrimientos a los que se va llegando mientras se crece. ¡Qué sorpresa!, ¡el Gobierno quiere más plata, cosa nunca vista en la historia argentina reciente, y el campo no quiere ser el que la pone, con la generosidad que se le reconoce al sector –y a cualquier otro sector, no seamos injustos- para aportar al bienestar de todos y todas! En rigor, parece que la sorpresa vino porque “estábamos dialogando” y según cuentan lo hacíamos en los términos más cordiales y civilizados que podría esperarse. Pero, en fin, si lo que para mí es una “propuesta generosa” para vos es un dedo en el… una mojada de oreja, digamos, ¿dónde nos metemos la amabilidad?
Una idea de dónde nos la podemos meter nos la da el “este tema está terminado” del Presidente, pero si no nos queda bastante claro ha habido otras expresiones más explícitas. La que más nos llamó la atención es la del senador Oscar Parrilli: “Estamos orgullosos de que esos sean los primeros que nos ataquen, porque esto demuestra que estamos en la senda correcta, gobernando para terminar con los privilegios". Mirá vos, uno que ni en sus más atrevidos delirios hubiera asociado a Parrilli con el pecado del “orgullo”, más bien lo teníamos como un tipo humilde predispuesto a poner la otra mejilla ante cualquier vapuleo, asumiendo con estoicismo y llevando como una condecoración la condición de pelotudo que, por lo visto a partir de su candidatura a senador, en la Argentina verdaderamente garpa. O quizá es que lo habíamos interpretado mal y para él también es un orgullo ser tratado de mayordomo –o más bien como un felpudo al que el mayordomo acaba de pasarle el plumero- como parte de la lucha por la liberación de los pueblos y el fin de los privilegios, esos privilegios que como sabemos están entre las cosas que más repugnan a los políticos en general y a los senadores de la Nación, como Parrilli, en particular.
El tipo estuvo particularmente locuaz esta semana, también denunció a “los formadores de precios que están boicoteando el gobierno de Alberto” (será porque quieren que vuelva a haber un gobierno neoliberal y entreguista como el de Macri, en cuyo transcurso los muy turros mantenían los precios estables y hasta los bajaban) y les advirtió que “frenen y paren la mano” porque “esto no lo vamos a tolerar”. Nos imaginamos cómo estarán temblando los formadores de precios. “Se acabó la joda, vamos a tener que resignarnos a vender barato como en tiempos del gobierno nacional y popular de la jefa de Parrilli, cuando podíamos aumentar únicamente lo que nos permitía Guillermo Moreno, que se encargaba de mantener la inflación a raya, ahí están las cifras del Indec para comprobarlo”, se estarán lamentando mientras empiezan a dar las órdenes de remarcar para abajo. Y nos falta hablar de cuando nuestro senador dijo que "el descrédito por lo que han hecho los jueces es tan burdo, tan torpe, tan obsceno, que hoy ser juez es casi como tener sarna". Terrible, sí, pobres jueces, menos mal que hay algunos que se esfuerzan en lavar su imagen sacándole la tobillera electrónica a un preso político emblemático como Julio De Vido, a ver cuándo soltamos a Boudou y D’Elía. Mientras tanto, los sarnosos tienen a su favor el consuelo de que para recuperar el prestigio de su función está trabajando un tipo tan prestigioso como Parrilli, que además se muestra entusiasmado por la iniciativa de Alberto de terminar con la influencia en la Justicia de los espías de la AFI. Seguro que cuando en 2015 Cristina lo puso al frente de la AFI -luego de enterarse de que ese Stiuso no era trigo limpio, algo que le tomó apenas un poco más de una década-, un tipo con tanta sensibilidad moral como él se habrá sentido escandalizado por las cosas feas que veía y habrá pensado: “¡Ojalá alguien viniera a terminar con esta cloaca!”.
En fin, luego de agradecerle al Gobierno y al campo, y muy en especial al senador Parrilli, por sus esclarecedores aportes a la comprensión de la realidad, a la construcción del país que queremos y a esta humilde columna, deberíamos reprocharles que le hayan restado protagonismo a la conmemoración de hoy. Esa que tanto nos ha costado entender debidamente a los hombres: primero conseguimos que nos entrara en la cabeza que no era la fecha ideal para regalarle a nuestra compañera un equipo de lencería erótica con baby doll y portaligas, y mucho menos un lavavajilla automático. Después, más trabajosamente, que no éramos bienvenidos en las marchas donde incluso nuestros juramentos de compartir todas las reivindicaciones de género eran percibidos como gestos de condescendencia o maniobras de infiltración. Hasta el módico homenaje ensayado por esta columna podría ser tomado como un burdo intento de congraciarse o una agresión machirula del tipo “al final no se sabe qué carajo quieren”. Pero bueno, asumimos el riesgo y les deseamos feliz día, a las que hoy concurrirán en cuerpo o en espíritu a la Basílica de Luján para decir “Sí a las mujeres, sí a la vida” y a las que sólo se acercan a una iglesia para pintar en la pared “Si el Papa quedara embarazado, el aborto sería un sacramento”. Con las disculpas del caso, de parte de los que nunca vamos a terminar de entender nada.
Jorge F. Legarda
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Y, sin embargo, la fuerte sensación de déjà vu no agota nuestra capacidad de sorpresa: a nosotros, por lo pronto, nos sorprendió que nuestros dirigentes del campo se sintieran “sorprendidos” la semana pasada cuando trascendió que se venía el aumento de retenciones a la soja que todo el mundo sabía que iba a venir desde que lo autorizó la ley de emergencia económica, así como ahora nos sorprende que el Gobierno se sienta “sorprendido” por la convocatoria al paro de cuatro días que por ahora no viene con la añadidura de nuevos piquetes de la abundancia, después veremos. Bien por ellos, que pese al desgaste natural del ejercicio de tan altas responsabilidades, que suele conducir al cinismo y al desencanto, mantienen en cambio la frescura y la inocencia de un niño predispuesto a asombrarse por los maravillosos descubrimientos a los que se va llegando mientras se crece. ¡Qué sorpresa!, ¡el Gobierno quiere más plata, cosa nunca vista en la historia argentina reciente, y el campo no quiere ser el que la pone, con la generosidad que se le reconoce al sector –y a cualquier otro sector, no seamos injustos- para aportar al bienestar de todos y todas! En rigor, parece que la sorpresa vino porque “estábamos dialogando” y según cuentan lo hacíamos en los términos más cordiales y civilizados que podría esperarse. Pero, en fin, si lo que para mí es una “propuesta generosa” para vos es un dedo en el… una mojada de oreja, digamos, ¿dónde nos metemos la amabilidad?
Una idea de dónde nos la podemos meter nos la da el “este tema está terminado” del Presidente, pero si no nos queda bastante claro ha habido otras expresiones más explícitas. La que más nos llamó la atención es la del senador Oscar Parrilli: “Estamos orgullosos de que esos sean los primeros que nos ataquen, porque esto demuestra que estamos en la senda correcta, gobernando para terminar con los privilegios". Mirá vos, uno que ni en sus más atrevidos delirios hubiera asociado a Parrilli con el pecado del “orgullo”, más bien lo teníamos como un tipo humilde predispuesto a poner la otra mejilla ante cualquier vapuleo, asumiendo con estoicismo y llevando como una condecoración la condición de pelotudo que, por lo visto a partir de su candidatura a senador, en la Argentina verdaderamente garpa. O quizá es que lo habíamos interpretado mal y para él también es un orgullo ser tratado de mayordomo –o más bien como un felpudo al que el mayordomo acaba de pasarle el plumero- como parte de la lucha por la liberación de los pueblos y el fin de los privilegios, esos privilegios que como sabemos están entre las cosas que más repugnan a los políticos en general y a los senadores de la Nación, como Parrilli, en particular.
El tipo estuvo particularmente locuaz esta semana, también denunció a “los formadores de precios que están boicoteando el gobierno de Alberto” (será porque quieren que vuelva a haber un gobierno neoliberal y entreguista como el de Macri, en cuyo transcurso los muy turros mantenían los precios estables y hasta los bajaban) y les advirtió que “frenen y paren la mano” porque “esto no lo vamos a tolerar”. Nos imaginamos cómo estarán temblando los formadores de precios. “Se acabó la joda, vamos a tener que resignarnos a vender barato como en tiempos del gobierno nacional y popular de la jefa de Parrilli, cuando podíamos aumentar únicamente lo que nos permitía Guillermo Moreno, que se encargaba de mantener la inflación a raya, ahí están las cifras del Indec para comprobarlo”, se estarán lamentando mientras empiezan a dar las órdenes de remarcar para abajo. Y nos falta hablar de cuando nuestro senador dijo que "el descrédito por lo que han hecho los jueces es tan burdo, tan torpe, tan obsceno, que hoy ser juez es casi como tener sarna". Terrible, sí, pobres jueces, menos mal que hay algunos que se esfuerzan en lavar su imagen sacándole la tobillera electrónica a un preso político emblemático como Julio De Vido, a ver cuándo soltamos a Boudou y D’Elía. Mientras tanto, los sarnosos tienen a su favor el consuelo de que para recuperar el prestigio de su función está trabajando un tipo tan prestigioso como Parrilli, que además se muestra entusiasmado por la iniciativa de Alberto de terminar con la influencia en la Justicia de los espías de la AFI. Seguro que cuando en 2015 Cristina lo puso al frente de la AFI -luego de enterarse de que ese Stiuso no era trigo limpio, algo que le tomó apenas un poco más de una década-, un tipo con tanta sensibilidad moral como él se habrá sentido escandalizado por las cosas feas que veía y habrá pensado: “¡Ojalá alguien viniera a terminar con esta cloaca!”.
En fin, luego de agradecerle al Gobierno y al campo, y muy en especial al senador Parrilli, por sus esclarecedores aportes a la comprensión de la realidad, a la construcción del país que queremos y a esta humilde columna, deberíamos reprocharles que le hayan restado protagonismo a la conmemoración de hoy. Esa que tanto nos ha costado entender debidamente a los hombres: primero conseguimos que nos entrara en la cabeza que no era la fecha ideal para regalarle a nuestra compañera un equipo de lencería erótica con baby doll y portaligas, y mucho menos un lavavajilla automático. Después, más trabajosamente, que no éramos bienvenidos en las marchas donde incluso nuestros juramentos de compartir todas las reivindicaciones de género eran percibidos como gestos de condescendencia o maniobras de infiltración. Hasta el módico homenaje ensayado por esta columna podría ser tomado como un burdo intento de congraciarse o una agresión machirula del tipo “al final no se sabe qué carajo quieren”. Pero bueno, asumimos el riesgo y les deseamos feliz día, a las que hoy concurrirán en cuerpo o en espíritu a la Basílica de Luján para decir “Sí a las mujeres, sí a la vida” y a las que sólo se acercan a una iglesia para pintar en la pared “Si el Papa quedara embarazado, el aborto sería un sacramento”. Con las disculpas del caso, de parte de los que nunca vamos a terminar de entender nada.
Jorge F. Legarda
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