La coherencia de las contradicciones aparentes
Por Jorge F. Legarda
Cuando pensábamos que la depresión post-Mundial iba a mantener nuestras existencias en la oscuridad durante un período interminable, más allá del empeño de la AFA y el periodismo deportivo en cuidarle a la pelota, con los altos estándares éticos y estéticos que los caracterizan, el amplio lugar que tiene asignado en el cerebro del argentino promedio, la final superclásica de la Copa Libertadores nos devolvió luminosamente al modo futbolero con una oportunidad única, inédita, mucho más trascendente que el rutinario ritual de cada cuatro años. Con sensaciones contradictorias, eso sí, como bien expresó nuestro presidente, que primero no quería porque nos íbamos a estresar demasiado, pero ahora sí quiere porque es una gran oportunidad de expresar nuestra madurez como pueblo: eso sí, sin dejar de lado las cargadas al adversario, no vaya a ser cosa que la madurez nos robe ese inocente remedo del niño que todos llevamos dentro, ese que torturaba al perdedor (ayer a través de un buen capotón furioso, hoy mediante un coordinado bullying vía redes sociales, lo importante es preservar la esencia) con el mismo sadismo con que le arrancaba las patitas a las cucarachas. Ya estamos palpitando las cataratas de “No existís”, “La tienen adentro”, y demás expresiones del ingenio popular que tanto enriquecen nuestra cultura. Es que el fútbol siempre nos permite sacar a luz lo mejor de nosotros, en el calor de las tribunas, en el cordial intercambio de amables chascarrillos y en el equilibrio para administrar nuestras emociones y las finanzas de los clubes.
No fue la única contradicción no contradictoria que se adjudicó esta semana a Mauricio, camino a convertirse, más que en un visitante de lujo, en un vecino más de nuestro sur cordobés. “Pagamos impuestos demasiado altos, demasia- do caros. Tenemos uno de los sistemas impositivos más caros del mundo”, se quejó en solidaridad con los que se quejaban de las últimas medidas incluidas en el presupuesto del propio Mauricio que le clavan impuestos hasta a las indemnizaciones de los despedidos que igual no son tantos porque en la Argentina “no hay un escenario de despidos masivos”. Lo que nos tranquiliza es que “estamos en el camino correcto y el único posible” y “por eso tenemos el apoyo del mundo”, suponemos que será otro mundo, no ese mundo que provocó el bolonqui con la cotización del dólar porque, como él mismo había explicado oportunamente, “no comprendió nuestro gradualismo”. Es que si las discrepancias en el seno del oficialismo son saludables, porque alimentan el debate interno y permiten hacer una síntesis con lo mejor de cada una de las posturas, con más razón hay que valorar que el debate interno se dé dentro de la cabeza del conductor. No sabemos si será el aire regional, pero es evidente el efecto revitalizador sobre el ánimo presidencial de su paso por estas tierras, donde se sacó de encima los pelitos de la nuca y se cargó de energía positiva como para volver a Buenos Aires con ideas brillantes: ¿frenar los precios en seco?, ¿traer más inversiones productivas?, ¿recuperar la confianza de Lilita Carrió? ¡Nada de eso! ¡Lo que hay que hacer es forzar a que los dos partidos de la final superclásica se jueguen con hinchadas visitantes en las tribunas! Es que Mauricio sabe, y lo dice, que la situación de los argentinos no está bien, así que lo mejor que un presidente puede hacer por sus gobernados es demostrarles que no teme asumir los grandes desafíos de la hora y, sobre todo, que tiene bien en claro cuáles son las prioridades para un desempeño responsable de su cargo.
En cualquier caso, y por muchos méritos que haya hecho Mauricio esta semana –y durante toda su gestión, sin desdeñar tampoco los que venían de antes de ser presidente–, sería injusto adjudicarle el patrimonio de la contradicción aparente. No vamos a referirnos a obviedades como el nuevo emprendimiento productivo de Felipe Solá, por ejemplo, porque a esta altura de su biografía lo contradictorio habría sido que se quedara en donde estaba, sino a un protagonista con menos trayectoria que pese a su juventud ha demostrado estar a la altura de la élite a la que aspira a pertenecer. Hemos asistido a las gastadas que le hicieron a Juan Grabois, amigo entrañable del papa Francisco y flamante incorporación al séquito de Cristina, por criticar a la multinacional Nike por promover el trabajo esclavo y estimular el decomiso de imitaciones truchas, en un programa televisivo en el que aparecía portando zapatillas marca… sí, adivinaron: ¡Nike! Él respondió que los cuestionamientos venían de “un conocido troll de Marcos Peña”, una denuncia que verdaderamente mete miedo, porque no sabíamos que los trolls eran tan poderosos como para inducir a un militante popular, suponemos que mediante el hipnotismo o la extorsión, a ponerse unas diabólicas zapatillas imperialistas cuando su deseo era llevar humildes alpargatas proletarias. Pero para Juan “no hay contradicción alguna”, y por si alguien no le cree, recordemos su memorable discurso de la semana pasada, cuando lanzó su “Frente Patria Grande” para apoyar la candidatura de la lideresa, pero aclaró: “Quiero que Cristina vuelva, pero no con esa gente espantosa que nos avergonzó, no con los que predican la revolución desde Puerto Madero”. Lo de que predicar la revolución desde Puerto Madero está mal, pero hacerlo desde la Recoleta o desde una mansión en El Calafate está bárbaro lo entendemos, pero ¿kirchnerismo sin gente espantosa? Bueno, si asociamos fútbol con madurez, recesión con crecimiento sobre bases sólidas, seguridad con andar por la calle armados, ¿por qué ponerle límites al delirio? Igual, nos parece que Juan, hoy por hoy, se ha de haber impermeabilizado contra la vergüenza y la gente que la provoca…
Y ya que estamos hablando de las vergüenzas y desvergüenzas de un representante de Dios sobre la tierra (en honor a la verdad, da la impresión de que todos los dirigentes hablan un poco como si lo fueran, no solamente los dirigentes amigos del Papa), pasemos a otro mensajero del espíritu santo incomprendido, todavía embarcado en la dura tarea de lidiar con las consecuencias de un supremo acto de coherencia que, seguramente por un lamentable malentendido, algunos han interpretado como una contradicción. “Sé que algunos han sufrido por la misa del 20 octubre, les pido perdón, así como otros se han alegrado. Los invito a todos a caminar juntos para superar la dolorosa brecha que vivimos en nuestra sociedad”, nos batió el obispo Radrizzani, para volver a aclarar lo ya aclarado, el acto de Luján mediante el cual se bendijo a los Moyano en pleno bolonqui judicial por los curros en Independiente, y se defenestró la acción del Gobierno en lo económico y social, no tuvo “ninguna intencionalidad política”. La primera conclusión podría ser que la onda “les pido perdón aunque los que se equivocaron fueron ustedes porque me entendieron mal”, ese prodigio de humidad condescendiente, hace furor y ya llegó al ámbito eclesiástico, aunque habría que ver si no fue precisamente la Iglesia la que la inventó. Pero el “los invito a todos a caminar juntos” es una genialidad: si de cerrar una brecha se trata, qué mejor idea que pararse en un púlpito para defender a los que están de un lado y crucificar a los que están del otro. Así que ya saben: si en los próximos días reciben mensajes tipo: “RiBer no existís” o “Bostero LTA” u otras demostraciones originales de la inagotable creatividad que generan las rivalidades futboleras, sepan que en realidad se trata de una invitación a caminar juntos para superar la dolorosa brecha que vivimos en nuestra sociedad.
Y por último, una idea que entendemos superadora: siguiendo la línea discursiva y la estrategia conciliadora de monseñor Radrizzani, la Iglesia podría convocar a una marcha conjunta de pañuelos verdes y pañuelos celestes, pedir perdón si algunes han interpretado mal sus intenciones y sufrido por ser acusades del genocidio de bebés inocentes, y cerrar así, caminando codo a codo, otra dolorosa brecha que nos tiene tan apenados como sociedad, pero eso sí, rezando sentidamente por las dos vidas.
Jorge F. Legarda
No fue la única contradicción no contradictoria que se adjudicó esta semana a Mauricio, camino a convertirse, más que en un visitante de lujo, en un vecino más de nuestro sur cordobés. “Pagamos impuestos demasiado altos, demasia- do caros. Tenemos uno de los sistemas impositivos más caros del mundo”, se quejó en solidaridad con los que se quejaban de las últimas medidas incluidas en el presupuesto del propio Mauricio que le clavan impuestos hasta a las indemnizaciones de los despedidos que igual no son tantos porque en la Argentina “no hay un escenario de despidos masivos”. Lo que nos tranquiliza es que “estamos en el camino correcto y el único posible” y “por eso tenemos el apoyo del mundo”, suponemos que será otro mundo, no ese mundo que provocó el bolonqui con la cotización del dólar porque, como él mismo había explicado oportunamente, “no comprendió nuestro gradualismo”. Es que si las discrepancias en el seno del oficialismo son saludables, porque alimentan el debate interno y permiten hacer una síntesis con lo mejor de cada una de las posturas, con más razón hay que valorar que el debate interno se dé dentro de la cabeza del conductor. No sabemos si será el aire regional, pero es evidente el efecto revitalizador sobre el ánimo presidencial de su paso por estas tierras, donde se sacó de encima los pelitos de la nuca y se cargó de energía positiva como para volver a Buenos Aires con ideas brillantes: ¿frenar los precios en seco?, ¿traer más inversiones productivas?, ¿recuperar la confianza de Lilita Carrió? ¡Nada de eso! ¡Lo que hay que hacer es forzar a que los dos partidos de la final superclásica se jueguen con hinchadas visitantes en las tribunas! Es que Mauricio sabe, y lo dice, que la situación de los argentinos no está bien, así que lo mejor que un presidente puede hacer por sus gobernados es demostrarles que no teme asumir los grandes desafíos de la hora y, sobre todo, que tiene bien en claro cuáles son las prioridades para un desempeño responsable de su cargo.
En cualquier caso, y por muchos méritos que haya hecho Mauricio esta semana –y durante toda su gestión, sin desdeñar tampoco los que venían de antes de ser presidente–, sería injusto adjudicarle el patrimonio de la contradicción aparente. No vamos a referirnos a obviedades como el nuevo emprendimiento productivo de Felipe Solá, por ejemplo, porque a esta altura de su biografía lo contradictorio habría sido que se quedara en donde estaba, sino a un protagonista con menos trayectoria que pese a su juventud ha demostrado estar a la altura de la élite a la que aspira a pertenecer. Hemos asistido a las gastadas que le hicieron a Juan Grabois, amigo entrañable del papa Francisco y flamante incorporación al séquito de Cristina, por criticar a la multinacional Nike por promover el trabajo esclavo y estimular el decomiso de imitaciones truchas, en un programa televisivo en el que aparecía portando zapatillas marca… sí, adivinaron: ¡Nike! Él respondió que los cuestionamientos venían de “un conocido troll de Marcos Peña”, una denuncia que verdaderamente mete miedo, porque no sabíamos que los trolls eran tan poderosos como para inducir a un militante popular, suponemos que mediante el hipnotismo o la extorsión, a ponerse unas diabólicas zapatillas imperialistas cuando su deseo era llevar humildes alpargatas proletarias. Pero para Juan “no hay contradicción alguna”, y por si alguien no le cree, recordemos su memorable discurso de la semana pasada, cuando lanzó su “Frente Patria Grande” para apoyar la candidatura de la lideresa, pero aclaró: “Quiero que Cristina vuelva, pero no con esa gente espantosa que nos avergonzó, no con los que predican la revolución desde Puerto Madero”. Lo de que predicar la revolución desde Puerto Madero está mal, pero hacerlo desde la Recoleta o desde una mansión en El Calafate está bárbaro lo entendemos, pero ¿kirchnerismo sin gente espantosa? Bueno, si asociamos fútbol con madurez, recesión con crecimiento sobre bases sólidas, seguridad con andar por la calle armados, ¿por qué ponerle límites al delirio? Igual, nos parece que Juan, hoy por hoy, se ha de haber impermeabilizado contra la vergüenza y la gente que la provoca…
Y ya que estamos hablando de las vergüenzas y desvergüenzas de un representante de Dios sobre la tierra (en honor a la verdad, da la impresión de que todos los dirigentes hablan un poco como si lo fueran, no solamente los dirigentes amigos del Papa), pasemos a otro mensajero del espíritu santo incomprendido, todavía embarcado en la dura tarea de lidiar con las consecuencias de un supremo acto de coherencia que, seguramente por un lamentable malentendido, algunos han interpretado como una contradicción. “Sé que algunos han sufrido por la misa del 20 octubre, les pido perdón, así como otros se han alegrado. Los invito a todos a caminar juntos para superar la dolorosa brecha que vivimos en nuestra sociedad”, nos batió el obispo Radrizzani, para volver a aclarar lo ya aclarado, el acto de Luján mediante el cual se bendijo a los Moyano en pleno bolonqui judicial por los curros en Independiente, y se defenestró la acción del Gobierno en lo económico y social, no tuvo “ninguna intencionalidad política”. La primera conclusión podría ser que la onda “les pido perdón aunque los que se equivocaron fueron ustedes porque me entendieron mal”, ese prodigio de humidad condescendiente, hace furor y ya llegó al ámbito eclesiástico, aunque habría que ver si no fue precisamente la Iglesia la que la inventó. Pero el “los invito a todos a caminar juntos” es una genialidad: si de cerrar una brecha se trata, qué mejor idea que pararse en un púlpito para defender a los que están de un lado y crucificar a los que están del otro. Así que ya saben: si en los próximos días reciben mensajes tipo: “RiBer no existís” o “Bostero LTA” u otras demostraciones originales de la inagotable creatividad que generan las rivalidades futboleras, sepan que en realidad se trata de una invitación a caminar juntos para superar la dolorosa brecha que vivimos en nuestra sociedad.
Y por último, una idea que entendemos superadora: siguiendo la línea discursiva y la estrategia conciliadora de monseñor Radrizzani, la Iglesia podría convocar a una marcha conjunta de pañuelos verdes y pañuelos celestes, pedir perdón si algunes han interpretado mal sus intenciones y sufrido por ser acusades del genocidio de bebés inocentes, y cerrar así, caminando codo a codo, otra dolorosa brecha que nos tiene tan apenados como sociedad, pero eso sí, rezando sentidamente por las dos vidas.
Jorge F. Legarda