Bueno, al final, valió la pena. Después de tantos meses de andar cortando clavos, la Cumbre del Grupo de los 20 resultó tan rutilante y provechosa como imaginábamos en nuestras más audaces expectativas. El mundo y el país son otros después de esta excelsa muestra de lo que se puede lograr desde las alturas del poder cuando se actúa con generosidad, predisposición al diálogo y apertura mental, sin permitir que aflore ninguna mezquindad personal ni, Dios nos libre y guarde, interés espurio. Una lección para aquellos aguafiestas que dicen que nada puede esperarse de estos encuentros ni de quienes los protagonizan, más que sonrisas para las fotos y sesudos análisis periodísticos sobre el significado de los “gestos”: desde el color y el tamaño de las corbatas de Donald Trump hasta la cara de Donald Trump antes de tirar los auriculares al piso, pasando por la ausencia de Donald Trump en la única reunión en la que iban a estar todos y la extrañeza porque Donald Trump estuvo más discreto que otras veces, entre advertencias sobre lo equivocado que sería centrar todas las evaluaciones de la Cumbre en lo que hace o deja de hacer Donald Trump. No señor, también hubo resultados concretos y palpables que le cambiarán la vida a la gente, miren si no.
Examinemos, por ejemplo, los beneficios para la Argentina. Teniendo en cuenta, como se ha aclarado por estos días, que la mayoría de ellos no proviene estrictamente de la Cumbre, que es el corolario de los doce meses durante los cuales el país anfitrión se desempeñó como presidente del grupo, sino de cómo cumplió ese importante papel. O sea que la pertenencia al G20 ha sido una de las claves de este maravilloso año que hemos tenido, durante el que la corrección de ciertas variables de nuestra economía, ustedes saben, habrá entre otras cosas reforzado la favorable impresión de nuestros visitantes: “Che, qué barato que está todo acá”, podrían haber dicho si hablaran con el “che”. Pero dejando por un minuto de mirarnos el ombligo, hay que decir que nuestra hospitalidad generó un clima propicio para alumbrar acuerdos, para acercar posiciones, para dejar de lado viejas rencillas. Tomemos por ejemplo ese encuentro con tanta buena onda entre Vladimir Putin y el príncipe heredero de Arabia Saudí, que sorprendió a la prensa que los creía enfrentados por sus diferentes enfoques sobre ese problemita de Siria. Es que prefirieron privilegiar lo que los une: su inquietud por crear las condiciones óptimas para que el periodis-mo, cuyo rol en las sociedades modernas valoran como nadie, cumpla en informar con veracidad como corresponde. Esta columna está muy agradecida, qué periodista que se precie no reconocería, en este mundo convulsionado, los esfuerzos de políticos progresistas y didácticos como Salman y Putin en orientarlo sobre cómo hacer su trabajo.
La cuestión es que la Argentina demostró estar a la altura del enorme desafío que significa organizar un evento de esta magnitud. Casi no hubo fisuras, y donde las hubo se superaron con gracia y elegancia propias del estilo criollo. ¿A Macron y a su señora los salió a saludar un banderillero con atuendo amarillo? Pues estamos convencidos de que ese cortocircuito protocolar se les borró de inmediato de la memoria, porque después de escuchar la bienvenida de Gaby Michetti en su solvente francés es imposible que les haya quedado energía para pensar en otra cosa. ¿Falló el timing de la recepción al premier chino porque confundieron a Xi Jinping con un chino cualquiera que salió antes del avión? No es nada, mirá si un chino se va a ofender por esa cosa tan occidental, pero sobre todo tan argentina, de “Los ponja son todo iguales”.
Otra cara rutilante del éxito es la mostrada en materia de seguridad. Es cierto que aquí algunas a favor había. Por un lado, no es como si el desafío fuera en realidad taaaaan peliagudo, digamos que proteger a poderosos líderes mundiales del terrorismo internacional y del caos anarquista no es tan peligroso como proteger un ómnibus que lleva jugadores de fútbol de barrabravas de la hinchada contraria. Pero igual hay que saludar la estrategia para mantener la paz. A diferencia de esos franceses intolerantes que no entienden los esfuerzos de su presidente por proveerlos de un aire más limpio con el recurso de hacerles pagar más cara la nafta, los azotes locales del neoliberalismo se dejaron convencer de marchar sin palos ni capuchas ni mochilas cargadas con piedras, se ve que los muchachos son unos tiernos y si se les piden las cosas por las buenas te entregan todo menos las banderas de la revolución. Además, a muchos les daba cosa que les recordaran que la lideresa no se perdía ni una de estas cumbres cuando la invitaban, ahí están para probarlo esas “fotos de familia” que nadie se quería sacar hasta que ella llegara.
Y en cuanto a la pata global de la amenaza, los globalifóbicos que destrozaron Hamburgo hace un año, en la cumbre anterior, esta vez pasaron inadvertidos, señal quizá de que andan un poco desmotivados: entre la guerra comercial de Trump contra China y contra el que se le cruce, los ingleses que se van de la Unión Europea con la nariz alzada como oliendo chusma y los liderazgos democráticos y tolerantes que emergen en otros miembros del G20 como Italia y Brasil, por ejemplo, sienten que ponerse a tirar piedras sería como tratar de lapidarse a sí mismos. Casi podríamos predecir que en la cumbre del año que viene los que van a ir a romper Tokio van a ser los fans del libre comercio, los mercados abiertos y los flujos irrestrictos de capitales. Aunque quién sabe. Según nuestra modesta experiencia, los métodos de estos últimos para arrasar con todo, prenderle fuego y no dejar ni las ruinas suelen ser un poco más sutiles, pero no menos persuasivos, que los adoquines y las bombas molotov.
En cualquier caso, para nosotros el broche de oro de la cumbre no fue el documento que no iba a poder ser pero al final fue, ni los apretones de manos entre grandes amigos que se odian cordialmente ni el portazo que no dio Donald Trump, sino el de la noche del viernes en el Teatro Colón: las lágrimas de Mauricio frente al formidable espectáculo que acababa de ver, hecho para desplegar frente a los visitantes la variedad de maravillas que tiene el país anfitrión. Nosotros sabíamos que teníamos un presidente sensible, qué duda cabe, porque lo habíamos visto jugar con Antonia, tocarse el corazón frente a los aplausos espontáneos de la gente que responde a su carismática personalidad y, sobre todo, porque nos ha dicho un montón de veces todo lo que lo conmueve el sufrimiento que causan las medidas que toma por nuestro propio bien. Sin embargo, hasta ahora habíamos creído que el llanto estaba reservado a un liderazgo más histríonico y farolero –pero en el buen sentido, ¿eh?– que el de él. Pero bueno, se entiende, habrá habido también un poco de descarga catártica. No por las tensiones del día, ya que todo había andado bárbaro, pero sí porque a lo mejor, justo antes de que desde el escenario y la platea estallara el grito “¡Argentina!, ¡Argentina!”, al ver a los actores y bailarines a punto de romper la voz, se le pasó por la atribulada cabeza: “¡Uh!, no me digas que también acá me vienen a cantar el hit del verano”…
La cuestión es que la Argentina demostró estar a la altura del enorme desafío que significa organizar un evento de esta magnitud. Casi no hubo fisuras, y donde las hubo se superaron con gracia y elegancia propias del estilo criollo. ¿A Macron y a su señora los salió a saludar un banderillero con atuendo amarillo? Pues estamos convencidos de que ese cortocircuito protocolar se les borró de inmediato de la memoria, porque después de escuchar la bienvenida de Gaby Michetti en su solvente francés es imposible que les haya quedado energía para pensar en otra cosa. ¿Falló el timing de la recepción al premier chino porque confundieron a Xi Jinping con un chino cualquiera que salió antes del avión? No es nada, mirá si un chino se va a ofender por esa cosa tan occidental, pero sobre todo tan argentina, de “Los ponja son todo iguales”.
Otra cara rutilante del éxito es la mostrada en materia de seguridad. Es cierto que aquí algunas a favor había. Por un lado, no es como si el desafío fuera en realidad taaaaan peliagudo, digamos que proteger a poderosos líderes mundiales del terrorismo internacional y del caos anarquista no es tan peligroso como proteger un ómnibus que lleva jugadores de fútbol de barrabravas de la hinchada contraria. Pero igual hay que saludar la estrategia para mantener la paz. A diferencia de esos franceses intolerantes que no entienden los esfuerzos de su presidente por proveerlos de un aire más limpio con el recurso de hacerles pagar más cara la nafta, los azotes locales del neoliberalismo se dejaron convencer de marchar sin palos ni capuchas ni mochilas cargadas con piedras, se ve que los muchachos son unos tiernos y si se les piden las cosas por las buenas te entregan todo menos las banderas de la revolución. Además, a muchos les daba cosa que les recordaran que la lideresa no se perdía ni una de estas cumbres cuando la invitaban, ahí están para probarlo esas “fotos de familia” que nadie se quería sacar hasta que ella llegara.
Y en cuanto a la pata global de la amenaza, los globalifóbicos que destrozaron Hamburgo hace un año, en la cumbre anterior, esta vez pasaron inadvertidos, señal quizá de que andan un poco desmotivados: entre la guerra comercial de Trump contra China y contra el que se le cruce, los ingleses que se van de la Unión Europea con la nariz alzada como oliendo chusma y los liderazgos democráticos y tolerantes que emergen en otros miembros del G20 como Italia y Brasil, por ejemplo, sienten que ponerse a tirar piedras sería como tratar de lapidarse a sí mismos. Casi podríamos predecir que en la cumbre del año que viene los que van a ir a romper Tokio van a ser los fans del libre comercio, los mercados abiertos y los flujos irrestrictos de capitales. Aunque quién sabe. Según nuestra modesta experiencia, los métodos de estos últimos para arrasar con todo, prenderle fuego y no dejar ni las ruinas suelen ser un poco más sutiles, pero no menos persuasivos, que los adoquines y las bombas molotov.
En cualquier caso, para nosotros el broche de oro de la cumbre no fue el documento que no iba a poder ser pero al final fue, ni los apretones de manos entre grandes amigos que se odian cordialmente ni el portazo que no dio Donald Trump, sino el de la noche del viernes en el Teatro Colón: las lágrimas de Mauricio frente al formidable espectáculo que acababa de ver, hecho para desplegar frente a los visitantes la variedad de maravillas que tiene el país anfitrión. Nosotros sabíamos que teníamos un presidente sensible, qué duda cabe, porque lo habíamos visto jugar con Antonia, tocarse el corazón frente a los aplausos espontáneos de la gente que responde a su carismática personalidad y, sobre todo, porque nos ha dicho un montón de veces todo lo que lo conmueve el sufrimiento que causan las medidas que toma por nuestro propio bien. Sin embargo, hasta ahora habíamos creído que el llanto estaba reservado a un liderazgo más histríonico y farolero –pero en el buen sentido, ¿eh?– que el de él. Pero bueno, se entiende, habrá habido también un poco de descarga catártica. No por las tensiones del día, ya que todo había andado bárbaro, pero sí porque a lo mejor, justo antes de que desde el escenario y la platea estallara el grito “¡Argentina!, ¡Argentina!”, al ver a los actores y bailarines a punto de romper la voz, se le pasó por la atribulada cabeza: “¡Uh!, no me digas que también acá me vienen a cantar el hit del verano”…

