Opinión | jorge-f_-legarda

Principios y valores para la construcción de liderazgos coherentes

Por Jorge F.  Legarda
 
Sabemos que es difícil mantener la atención con lo pendientes que estamos de los Juegos Panamericanos, a lo mejor cuando ocurrió justo estaban presenciando el partido de octavos de final de racketball entre Surinam y Barbados, pero créanme que fue importante: después de los tiroteos en Texas y Ohio, hubo una fuerte condena de Trump al racismo y la supremacía blanca. ¿Qué tal? Este columnista cree haberlo escrito antes, en algún aislado y ocasional rasgo de lucidez: acaso por esa costumbre de mirarnos el ombligo, enfocados en cuestiones menores que acontecen en nuestro entorno inmediato –el desembarco del tano Derossi en Boca, la amarga ruptura entre las sororas detonada por Florencia de la V, Erica Rivas y Valeria Bertuccelli, una campaña electoral, esas pequeñeces­–, se nos suele escapar lo verdaderamente importante, lo que marca la impronta de la época. Y eso es cosa de estadistas. De estadistas en serio, que manejan los tiempos para que sus pronunciamientos obtengan la máxima efectividad y mantienen un liderazgo coherente basado en ponerse al frente de todas las líneas de pensamiento que le pasen cerca.



Fíjense que allá por los albores de su mandato, frente a una refriega generada por una marcha de supremacistas blancos –esos patriotas norteamericanos convencidos de que Adolf Hitler estaba bien encaminado, pero quizá por cierto amariconamiento debido a su origen europeo era demasiado blando con las razas inferiores– a los que intentaron oponerse unos revoltosos cultores de la peregrina idea de que todos los seres humanos somos iguales (sin hacer siquiera la sagaz aclaración de que algunos son más iguales que otros, tan cara al espíritu norteamericano aunque la haya inventado un inglés) dijo que “había buenas personas en las dos partes”, y esa juiciosa y tolerante búsqueda del equilibrio fue considerada una muestra de racismo. “¿Racista, yo?”, podría haber respondido Donald, para completar, a la manera de su “Nadie respeta a las mujeres como yo” frente a las acusaciones de machismo y misoginia, con un “Nadie ama más a esos sucios violadores y asesinos mexicanos como yo”. Ahora entendemos por qué: estaba esperando el momento oportuno. Y ningún momento mejor que unas horas después de que un joven patriota alarmado por la invasión hispana que amenaza a su amado país, y que a Trump no le dejan contener con el sofisticado y humanitario recurso de bloquearles el paso con un muro, decidiera hacerlo con un método más expeditivo.



En rigor, Trump nunca fue acusado de ser un supremacista blanco (en todo caso un supremacista anaranjado, pero más como chanza cruel de los que lo quieren mal), pero sí de tratar a los supremacistas blancos con demasiado cariño y condescendencia, con lo cual su “debemos terminar con esas ideologías” sonó un poco sorpresivo por más que lo estuviera leyendo en un teleprompter y no tuiteándolo a todo ritmo como sus declaraciones más salidas directamente de las tripas. Pero también convocó a la “unión” y a “superar las divisiones”, así que suponemos que el próximo paso será convocar a supremacistas y suprimidos, blancos y negros, nazis y judíos, a marchar juntos para poner a “América primero” bajo el liderazgo de Donald. Ustedes saben, esto de convocar a enterrar los odios y cerrar las grietas entre los unos y los otros mientras se intercambian afectuosos gestos de reconciliación no puede menos que traernos a nuestro escenario local, caracterizado precisamente por eso, ¿no? Es más, casi se nos escapa que la condena al racismo de Trump nos evoca, por su sincera autenticidad, a expresiones entrañablemente argentas como “Nos dimos cuenta de que no sirve seguir culpando a otros de lo que nos pasa” o “Ustedes saben que yo no les miento”, pero no lo vamos a decir porque estamos en veda electoral y lejos de nosotros cualquier subrepticia intención de confundir al ciudadano para impedir que ejerza su derecho cívico con libertad, premeditación y alevosía. 



¿Y a qué otra cosa, que sí podamos decir, nos evoca este renovado Donald tolerante y amante de la concordia? Este columnista no sabe muy bien por qué, pero la primera imagen que se le cruzó por la cabeza fue la de Jack el Destripador reclamando por la inseguridad imperante en las calles del Londres de fines del siglo XIX, por ahí agregando un listado de sugerencias sobre cómo mejorar las condiciones de trabajo de las chicas del barrio de Whitechapel. Algo más contemporáneo podría ser un manifiesto de Vladimir Putin en favor de la libertad de prensa, en su caso con una serie de recomendaciones a los periodistas para el cuidado de su salud: que usen protectores de pantalla en sus computadoras, que dispongan de sillas ergonómicas para cuidar sus posturas, que eviten ingerir compuestos con polonio radiactivo o exponerse a balas perdidas, esas cosas.



Para no irnos tan lejos, en la Argentina tenemos toda una tradición en la materia, con un hito difícil de superar con la entronización de la imagen de Diego como emblema de la campaña “Sol sin drogas”. Un histórico crítico suyo, Jorge Rial, demostró años más tarde estar a su altura con sus amargas quejas acerca de la cobertura de sus vaivenes amorosos y espinosas relaciones familiares por parte de esos infames periodistas de chimentos. También tenemos una Red Nacional Antimafia que realiza cumbres que hacen eje en el lavado de dinero, patrocinadas por el Vaticano y lideradas por expertos en el tema como Hugo y Pablo Moyano. Hugo, que afortunadamente no es candidato, así que a él podemos ensalzarlo sin violar la veda, ya había estado a la altura de Donald cuando bautizó a su partido político personal: “Cultura, Educación y Trabajo” (sic). Y Francisco tampoco es un neófito en el tema, con sus cumbres y condenas a la pederastía. Mirá si no hay ahí, en el corazón de Roma, voces autorizadas para hablar de esos temas, tanto como la de Trump para referirse al racismo.



En fin, teníamos también en carpeta aquella histórica foto del general Milani junto a Hebe, un ejemplo por partida doble de que si con su convocatoria el agente naranja aspiraba a dictar cátedra en materia de extravagancias políticas (dicho sea por supuesto en el mejor de los sentidos), la realidad es que todavía le queda mucho por aprender. Pero resulta que el socio de Guillermo Moreno acaba de ser absuelto en uno de los juicios por crímenes de lesa humanidad que tenía pendientes, una excelente noticia para la alta gastronomía argentina, ya que se abre la oportunidad de revitalizar la cadena de pancherías Tío Tola, aunque no tanto para esta columna: estábamos ilusionados con coronar elegantemente, con un ejemplo tan espectacular como el que provee un desaparecedor presunto transformado en líder de los derechos humanos, la tesis que nos inspiró la condena de Trump al racismo: básicamente, como repetía el inolvidable Doctor House, todos mienten, lo que ha jugado un rol clave en el desarrollo de la especie humana.



Porque consideremos la alternativa: Trump declarando luego de los tiroteos en Texas y Ohio que si entre los que caen bajo las balas en estos bolonquis de los cuales en Estados Unidos tienen tres o cuatro por mes hay algunas buenas personas, también debe haberlas entre los que los bajan como muñecos, que hay que escuchar los argumentos de todas las partes y que si esos mexicanos no querían ser baleados, lo prudente habría sido quedarse en ese infecto agujero de mierda de donde vinieron en lugar de invadir un país blanco y ajeno. Aunque en realidad, es más o menos el tono que emplea para hablar de cualquier cosa, y mal no le va. Por ahí está a tiempo, de aquí al año que viene, de decirlo y reunir los puntitos que le faltan para que una sociedad tan tolerante y esclarecida como la norteamericana lo reelija.