Opinión | jorge-f_-legarda

Suturando las heridas dejadas por una paliza virtual

Por Jorge F. Legarda
 
¡Qué equivocados estaban aquellos que pedían derogar las Paso con el argumento de que eran “inútiles”! El concepto de unas elecciones internas en las que cada precandidato compite exclusivamente contra sí mismo era ya un aporte suficientemente importante del sistema político argentino a un mundo en el que la democracia parece estar como aburriendo un poco a la gente, que elige a tipos entretenidos y desestructurados como Donald Trump, Boris Johnson o Matteo Salvini, o a ese actor que saltó del papel de presidente de Ucrania en una serie televisiva al de presidente de Ucrania, para sacudirle las telarañas al régimen. Pero la prolífica sucesión de novedades de la última semana denota que, lejos de la inutilidad que les achacan los quejosos, las Paso sirven para un toco de cosas, empezando por la invención de un nuevo ente que sólo puede ser producto de un constante afán de superación en materia de creatividad: el presidente electo virtual.



Claro, es como si luego de un somero repaso por la historia reciente, desde Raúl Ricardo entregando el gobierno a Carlos Saúl con cuatro meses de antelación, en medio de una híper del 200 por ciento mensual y con un empujoncito de los que querían verlo irse “escupiendo sangre”, hasta la ejemplar presidencia de seis horas de Federico Pinedo para preservar a la ahora vicepresidenta electa virtual de la claudicación de entregarle la banda y el bastón al ahora presidente saliente virtual, algún hado custodio de nuestra salud institucional hubiera decidido que las transiciones políticas en nuestro país eran demasiado estables y tranquilas, y había que animarlas un poco para que la ciudadanía no se achanchara. Bueno, si ese era el objetivo, el éxito es arrollador. Hemos asistido a una paliza virtual que ha dejado y sigue dejando moretones reales, que han dejado groggy al que la recibió pero más temprano que tarde le empezarán a doler al que los provocó, quien por eso mismo vacila entre seguir pegando para completar la faena y poner hielo para bajar un poco la inflamación antes de completarla.



Felizmente, la campaña durante la cual se encargó de ratificar incansablemente cada una de las cuchilladas de la carnicería con que evisceró durante diez años a su compañera de fórmula, con la que juraba al mismo tiempo mantener una relación tan armónica que nunca más se va a pelear con ella, le ha brindado una experiencia más que suficiente como para navegar entre supuestas contradicciones que en realidad, como su investidura, son apenas virtuales. No terminaban los voceros del Frente de Todos de denunciar que el anuncio del presidente saliente virtual de que iba a eliminar el IVA para los productos de la canasta básica era una burda copia de una idea del Frente de Todos, puesta por escrito en su programa de gobierno, cuando el presidente electo virtual salió a denunciar que la medida es pésima porque desfinancia a las provincias; porque actúa sobre los efectos, no sobre las causas de las crisis; y porque los comerciantes se van a quedar con la diferencia y los precios no van a bajar. Calamidades que, suponemos, no ocurrirían si la medida la implementara un gobierno encabezado por él. Lo que resulta perfectamente congruente con el carácter sacrosanto que la tradición política argentina concede a los programas de gobierno, pero rupturista en lo cronológico: en general, un político espera a asumir el Gobierno para explicar por qué lo que había propuesto en la campaña es un grave error en el que un gobernante responsable no debería incurrir jamás de los jamases. Pero para ese nuevo ente que es el presidente saliente virtual hay que escribir reglas nuevas.



Lo mismo para ese otro nuevo ente, detestado pariente y socio del anterior, el presidente saliente virtual, que se debate entre la responsabilidad institucional de llevar a feliz término su mandato como cualquier presidente saliente, y la obligación impuesta por la virtualidad de seguir dando batalla, como dijo la siempre juiciosa y moderada Lilita Carrió, hasta que lo saquen de Olivos con los pies para adelante. En el amor y en la guerra todo está permitido, y el amor por ese pueblo que no entiende nada y cree que las soluciones están en el absurdo camino de volver al pasado lo inspira a buscar todos los recursos para preservar el vínculo, incluido el uso de las armas del rufianesco don Juan que aspira a reconquistarlo, extraídas directamente del pasado al que se debe evitar volver. Esas políticas fracasadas como los congelamientos de tarifas, los subsidios a los créditos, las irresponsabilidades fiscales para “ponerle plata en el bolsillo a la gente”, son ahora señales de que se ha escuchado la voz de la ciudadanía y de que la vocación de seguir a su servicio supera cualquier veleidosa pretensión intelectualoide de preservar una mínima coherencia ideológica. Otro mérito de las Paso: darle al Gobierno la oportunidad de decirle a ese pueblo que le ha dado la espalda, a la manera marxista (marxista de Groucho Marx, se entiende): “Ah, ¿no te gustaron mis principios? ¡Entonces acá tenés estos otros!”.



Claro que hay peligros, eso sí. Y no se trata solamente del riesgo de perder el voto de los esquiadores que el domingo pasado estaban en Las Leñas pero en octubre, según Lilita, van a dar vuelta por completo el resultado e impedir que se repita el fraude narco. Se trata, también, de que no va a quedar impune eso de fijar por decreto el precio de los combustibles bajo la amenaza de aplicar la tan peronista Ley de Abastecimiento, golpear a esas empresas petroleras que tantas contribuciones hacen al desarrollo del país, romper los compromisos asumidos para facilitar las inversiones que revolucionaron el sector energético, no señor. Les lloverán acusaciones de demagogos y populistas, de “buscar golpes de efecto electorales”, como dijo el presidente electo virtual, por parte de quienes por el contrario reafirman la vocación de honrar las deudas y se empeñan en calmar los nervios de los mercados aclarando que el dólar ya no está demasiado barato como la semana pasada. A Alberto le faltó decir: “Sé que muchos argentinos la están pasando mal, pero la solución no puede ser volver a las recetas fracasadas del pasado” y teníamos cartón lleno con el intercambio de roles.



En todo caso, lo que sí hizo fue un llamamiento a Mauricio a dejar de lado “su rol de candidato” y “actuar con seriedad y despojado de sus ambiciones electorales”. Ya que estamos con propuestas tan realistas, ¿por qué no pedirles a los argentinos que dejen de comprar dólares, al gobierno de Venezuela que deje de “ayudar” a la fórmula de los Fernández recordando los lazos de hermandad que los unen y a la Iglesia Católica que deje de arreglar los casos de curas pedófilos mandándolos a kilómetros de distancia, donde seguramente van a empezar a portarse bien, y pidiéndoles a las familias de los adolescentes manoseados que sean discretas y no armen escándalo?



Sobre el final de la semana, apareció Martín Redrado y traicionó nuestras más caras expectativas: en lugar de opinar sobre el presunto nuevo intento de Luli Salazar de reconstruir su vida sentimental, como esperábamos ansiosos todos los argentinos, acusó al presidente saliente virtual de haber provocado a propósito el bolonqui financiero del lunes pasado para castigar a los argentinos por no haberlo votado. ¿Cuán creíble les resulta esta diabólica conspiración que exigiría haber sido cuidadosamente planificada y ejecutada? Desde luego, los presuntos responsables lo niegan todo, pero uno no puede, con una mano en el corazón, descartar tan amarga hipótesis. Después de todo, si hay algo por lo que siempre se ha caracterizado el gobierno de Mauricio es por la precisión con que planifica y ejecuta todo lo que hace, una virtud para la cual no le haría falta un intercambio de roles con el kirchnerismo.