Opinión | jorge-f_-legarda

Una grata ocasión para el brindis y los buenos deseos

 
Seguramente fue por la coincidencia con los setenta de Néstor, una invitación a imaginar cómo estaría viviendo este regresamos mejores del momento actual: descontamos que con una alegría expresada con la discreción que lo caracterizaba, generosidad sin revanchismos y buen trato con propios y ajenos. Pero el tema es que casi se nos pasa por alto otro aniversario trascendente, felizmente rescatado por algún memorioso archivero de una agencia de noticias: ¡Se cumplió un año del regreso de Alberto Fernández al Partido Justicialista! Claro, no sé si recordarán que había llegado a estar un poquitín distanciado, desde aquel malentendido por la 125, tan parecido al malentendido que amaga con volver como un símbolo de que en la Argentina todo pasa y todo queda, nada es relegado para siempre al pasado. Porque en nuestro avance hacia un futuro venturoso de progreso y prosperidad desarrollamos la estrategia única de enfrentar los nuevos desafíos sin olvidarnos de volver a elevar los obstáculos que nos empantanaron ayer nomás o hace un toco de tiempo, lo mismo da. Felizmente, si a veces parece menos afilada de lo que sería necesario la capacidad de los políticos para resolver ciertos conflictos circunstanciales -como este de los chacareros encocorados porque la feroz presión impositiva hambrea a sus familias y los obliga a trabajar con chatas modelo de dos años atrás, entre otras terribles privaciones-, su diligencia para transformar sus peleas a muerte en promesas de amor eterno sigue maravillando, y acá nos tiene disfrutando del resultado.



Así que, en efecto, créase o no, Alberto volvía formalmente hace un año al hogar que en realidad nunca había abandonado en espíritu. Lo hacía, desde luego, después de cumplir con todos los estrictos procedimientos establecidos por las regulaciones partidarias para casos como el suyo: esto es, había arreglado previamente los tantos con Cristina, que aun sin ocupar cargos en la estructura ostentaba el título simbólico de Suprema Suturadora de Ortos Peronistas. Vamos a decir la verdad, para quienes alegremente acataban la instrucción de prodigarle una cálida bienvenida parecía una buena adquisición, pero no exactamente un disparador de entusiasmo o euforia como, ponele, cuando Diego anunció en el 93 que volvía a la selección después del 0-5 con Colombia. Había que sumar para derrotar al modelo entreguista teledirigido por los poderes transnacionales, devolverle la alegría al pueblo y terminar con la persecución política de los compañeros, pero nadie esperaba que el hijo pródigo, más acostumbrado a inventar jugadas en el pizarrón para que otros las hicieran en el césped, asumiera la función de abrir la cancha, tirar los centros y saltar a cabecear. Y sin embargo, ahí lo tenés, le rompió la red al adversario, aunque después no pudo evitar mandar algunas a la tribuna. Ahora, la mayor parte de la hinchada parece entender que hay que tenerle un poco de paciencia, pero con la barra brava metida hasta en el cuerpo técnico se le está complicando un poco.



En cualquier caso, hay que reconocer que el regalo de cumpleaños estuvo bueno: la media sanción a la ley que termina con las jubilaciones de privilegio para el poder judicial. Costó bastante, ¿eh?, mirá vos, tan fácil que había sido conseguir el quórum para garcar a la mitad de los jubilados comunes con la derogación de la movilidad, ahora hubo que distraer a Scioli de sus delicadas obligaciones de asumir ante cada juiciosa declaración de Bolsonaro la postura zen a la que se acostumbró cuando coexistía como gobernador con Cristina como presidenta, porque de otro modo no llegaban a número. ¿Será que la oposición no bajó al recinto porque sintoniza con el cariño que la gente profesa por jueces y fiscales, y teme que una futura reducción de sus magros haberes jubilatorios provoque un levantamiento popular? No exactamente, parece que el miedo es que se jubilen en masa para cobrar antes de que entre en vigencia el nuevo régimen. Miedo infundado, se me antoja, ¿no le parece que los tipos van a quedarse firmes en sus puestos, de modo de aprovechar la oportunidad de demostrar que están donde están porque son unos apasionados de la Justicia y no por la plata? O bueno, a lo mejor sí se jubilan, pero no para seguir cobrando lo que cobran ahora sino para que el regalo a Alberto sea completo, con la oportunidad de designar él mismo en su reemplazo a nuevos jueces y fiscales verdaderamente independientes del poder político: ese objetivo por el que tanto ha hecho, hace y seguirá haciendo el espacio al que regresó hace un año.



No todas fueron buenas, es cierto. Aparte del malentendido con los que hoy preparan los tractores para reeditar los piquetes de la abundancia, hubo otro más amargo, en tanto se dio con un sector considerado propia tropa por el modelo nac & pop. Por haberse mostrado amigable con unos uniformados que marchaban a mantener la paz en una lejana isla del Mediterráneo, Alberto fue calificado por Nora Cortiñas de “negacionista”, un adjetivo que, valga la referencia, se aplica más bien a esos lúcidos cultores del revisionismo histórico que dicen que Auschwitz era un campo de recreación y que los hornos del lugar no eran para incinerar judíos y gitanos sino para elaborar strudel y pumpernikel. Para cuando más tarde Nora reconoció que a lo mejor se había pasado un poquito de rosca con el término, Alberto ya se había disculpado sentidamente, solamente para que Estela de Carlotto lo retara porque “no debería haber pedido disculpas” y le saliera con los tapones de punta a Nora, mientras Hebe decía que bueno, que siendo mujeres grandes por ahí dicen algo inapropiado –sí… en esta polémica Hebe aparece como la voz de la moderación–, onda Mirtha Legrand después de alguna de sus habituales manifestaciones de tolerancia y ecuanimidad, mirá por dónde en la Argentina se siguen cerrando las grietas. No todas, claro, si se piensa que el bolonqui arrancó con un pedido de “dar vuelta la página”. Ay, Alberto, espabílate, en la Argentina estamos siempre en la misma página, hacete a la idea si querés seguir festejando aniversarios.



No sabemos si habrá habido torta y velita, pero si las hubo, nos preguntamos qué deseos habrá pedido nuestro cumpleañero al soplar. Se nos ocurre que el primero tiene que ver con otro aniversario, en el mismo febrero pero un poco más temprano, el quinto de la publicación en el diario preferido de la oligarquía vernácula de aquella desdichada nota titulada “Hasta que el silencio aturda a la presidenta”, escrita un mes después de la muerte de su tocayo el fiscal Nisman por un tal Alberto Fernández, que obviamente debe ser otro Alberto Fernández. Ese que dice que la presidenta en cuestión “ignorando la tragedia, se indultó a sí misma apropiándose de la verdad, de la Patria y hasta de la alegría y condenó cínicamente a los que quedamos agobiados por lo patético de lo ocurrido”. Un texto pleno de desvaríos como el de que “Cristina sabe que ha mentido y que el memorando firmado con Irán sólo buscó encubrir a los acusados” y, por lo tanto, “nada hay que probar” porque “sólo un necio diría que el encubrimiento presidencial a los iraníes no está probado”. Y ni siquiera es el único encubrimiento: “También encubrió la corrupción de su vicepresidente expropiando una empresa fabricante de moneda y logrando que los votos de diputados y senadores legitimaran el ocultamiento de pruebas”. Esa nota, ¿la ubican? Bueno, uno diría que el primer deseo del Presidente sería que esa anacrónica pieza de museo se borrara de los archivos digitales del diario, del ciberespacio y de la memoria de quienes la leyeron, sobre todo de la hoy querida amiga que, ni entonces ni en todos estos años, se dio por aturdida por el silencio.



Después podría haber pedido que Argentinos Juniors salga campeón la semana que viene, aunque la matemática ya no dé, que los chacareros le agradezcan la oportunidad de dar una mano más pródiga para sacar al país adelante, y que los tenedores de bonos de deuda se junten para decirle: “No hay apuro, Alberto, nos lo pagás cuando puedas”. Total, en febrero de 2019, esperar cualquiera de estos prodigios habría parecido más realista que imaginar como Presidente, un año más tarde, al tipo que volvía al Partido Justicialista recién indultado por la Suturadora.



Jorge F. Legarda

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