Una pelea a todo o nada, sin tregua ni piedad
Por Jorge F. Legarda
Es inminente la definición, comenzó la cuenta regresiva y nadie puede ya seguir haciéndose el distraído. Hay que elegir entre dos modelos radicalmente opuestos, representantes no sólo de maneras diferentes de interpretar la realidad y de actuar frente a ella sino de filosofías inconciliables unidas por lo mismo que las separa: el insondable odio que mutuamente se profesan. La grieta es profunda y nada indica que en el futuro inmediato vaya a hacer otra cosa que ensancharse. En esta hora clave, incluso los más pacíficos y conciliadores, así como los más indiferentes y desapegados, no tendrán más remedio que pararse de un lado o del otro ante la evidencia de que en el medio solamente está el vacío. Qué le vamos a hacer, se viene la batalla final entre carnívoros y veganos y comparada con ella, las Paso de la semana que viene son una mera escaramuza que difícilmente vaya a justificar más que un par de renglones en el libro de la Historia con mayúsculas.
¿Cómo pasó esto sin que nos diéramos cuenta? No hace tanto tiempo, creemos, los devoradores de semillas de calabaza y brotes de soja eran un puñado de espíritus casi transparentes, con indumentaria de colores con buena onda, que decoraban sus casas perfumadas de sándalo y pachuli con mandalas y pirámides energéticas y no mataban una mosca. Es más, si encontraban una mosca atrapada en una telaraña le liberaban cuidadosamente las alitas y trataban de convencer al arácnido de las ventajas de una convivencia en armonía con los insectos, que tienen tanto derecho a estar en este mundo como sus primos hermanos de ocho patas. Porque esa era la onda de la tarea de persuasión, bien tranqui, con mucha paciencia frente a la ignorancia de quienes vivían bajo la idea equivocada (heredada seguramente de algún ancestro primate que en lugar de una baya se metió una hormiga en la boca y le tomó el gustito a las proteínas animales) de que el ser humano necesita de una dieta variada y completa para crecer saludable y vigoroso. De ellos, los no iniciados, sólo esperaban con infinita misericordia que los alumbrara el mismo rayo de lucidez que los había encendido a ellos, los iniciados, para ponerlos en paz consigo mismos y con el mundo.
¿De dónde salieron entonces estos beligerantes soldados de la causa animal que van a buscar al enemigo a su propia guarida, diríamos, como para revolver el avispero, si no fuera porque meternos a molestar a las pobrecitas avispas no es una idea que quisiéramos evocar con nuestra metáfora? Claro, en un momento como el actual florecen las teorías conspirativas: ¿son militantes kirchneristas, invadiendo la madriguera (con perdón de los animalitos cuyas madrigueras jamás nos atreveríamos a invadir) de los aliados dilectos del Gobierno que aspiran a desplazar? Difícil, desde el agresivo ataque de Cristina cuando habló de las virtudes afrodisíacas de la carne de cerdo, entiendo que se la tienen jurada. Y esta misma semana Alberto fustigó a Macri y al FMI con la frase “hay que pegarle al chancho para que aparezca el dueño”. Los Fernández parecen haberse ensañado con los pobres porcinos, hasta la jovencita Ofelia calificó a Aníbal, justamente, de entre todos los adjetivos que podría haber escogido, de “salame”. Díganme si hay necesidad. O si no sería más sabio entender que entre chorizos no nos vamos a andar pinchando la tripa.
¿Serán entonces militantes macristas, en línea con la campaña “Para no volver al asado” que con tanto éxito circula por las redes sociales? Bueno, si es por el combate al consumo de carnes y lácteos, no cabe duda de que el gobierno de Juntos por el Cambio ha hecho mucho más por el cambio de hábitos alimentarios que cualquier campaña proselitista vegana. Pero esta misma semana Mauricio anduvo por Jujuy y entre las ofrendas a la madre tierra (perdón por la digresión, pero no vayan a perderse lo bien que le sienta a Juliana ese poncho) parece que dejó charqui, es como si quisiera poner en contra de los veganos a la mismísima Pachamama. Además, ahora la legión de tratantes de vacunos, equinos y etcétera, entusiastas aplaudidores del tipo, tienen el premio de un ministerio, como para seguir perpetrando sus genocidios desde una jerarquía más elevada. Al menos habría descartado el envío de gendarmes para defender el predio de la Rural del peligroso ejército desestabilizador empeñado en invadirlo, pero es que ni falta que hace, según el gauchaje agrandado. Igual podría haber una presentación ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, denunciando la tercerización de la acción represiva y el empleo del rebenque como arma violatoria de la Convención de Ginebra.
En fin, no sabemos demasiado sobre la filiación política de los veganos antirruralistas, aunque podríamos conjeturar sobre posibles afinidades con otros sectores y organizaciones sociales. Por ejemplo, imaginamos que simpatizarán con el movimiento antivacunas, no es cuestión de andar privando a las bacterias, pobres animalitos de Dios, de la posibilidad de crecer y desarrollarse en libertad en un organismo hospitalario y receptivo. Y una vez que uno tenga ya el bicho en el cuerpo, vamos a dar por sentado que su lema será proteger “las dos vidas”, lo que las deja del lado de las militantes del pañuelo celeste. A los de Greenpeace, en cambio, habría que exigirles que primero definan sus prioridades. La verdad es que ayer demostraron ser unos capos en términos de terrorismo ambiental, pero eso de salir a defender los bosques para dejarles menos espacio a nuestras vaquitas nos hace un poco de ruido. En cualquier caso, ya debería estar armándose un frente multidimensional para luchar por una sociedad progresista y rica en valores.
Ahora bien, ¿cómo andará el ejército vegano en términos de respaldo social? Si se considera que del otro lado están los tratantes devoradores de cadáveres, la primera impresión indica que, del mismo modo que toman partido por Batman (sin pretender con esta comparación ofender a los murcielaguitos, que tienen derecho a vivir en esta tierra sin ser despojados de su identidad) y no por el Guasón (y no insistan, no vamos a decir Pingüino), las grandes masas populares se colocarían junto a ellos, codo a codo, del mismo lado de la grieta. Hay señales, sin embargo, de que no es tan así. Es más, de los miles de anotados en el Servicio Cívico Voluntario en Valores, dicen que cuando les preguntaban en qué les gustaría ser capacitados, el 38% respondió: “En el uso del rebenque”.
Es que la gente es reacia a dejar de comer carne, o más bien, en estos tiempos, a resignar el sueño de volver a comer carne alguna vez. Y lograr que simpaticen con un pollo antes de que se le quiten las plumas requiere de una estrategia que al parecer todavía no ha sido descubierta por estos tenaces gladiadores. Que sin embargo no van a aflojar, podemos estar seguros, hasta que te vendan los bifes a la manera de un cartón de cigarrillos, en un envase con la foto de un enchastre de vísceras bovinas y la leyenda: “Pedazo de tejido orgánico en descomposición de lo que otrora fue un ser vivo y sensible torturado y asesinado impunemente por sicarios del capitalismo salvaje para satisfacer los deseos egoístas de un consumidor ignorante”. Hasta que llegue ese día, aprovechemos para comer un asadito o, aunque más no sea y si no nos da el cuero (el nuestro, no se ofendan los que piensan que los cadáveres tampoco deben usarse para vestirse), un buen pedazo de osobuco con el caracú incluido.
¿Cómo pasó esto sin que nos diéramos cuenta? No hace tanto tiempo, creemos, los devoradores de semillas de calabaza y brotes de soja eran un puñado de espíritus casi transparentes, con indumentaria de colores con buena onda, que decoraban sus casas perfumadas de sándalo y pachuli con mandalas y pirámides energéticas y no mataban una mosca. Es más, si encontraban una mosca atrapada en una telaraña le liberaban cuidadosamente las alitas y trataban de convencer al arácnido de las ventajas de una convivencia en armonía con los insectos, que tienen tanto derecho a estar en este mundo como sus primos hermanos de ocho patas. Porque esa era la onda de la tarea de persuasión, bien tranqui, con mucha paciencia frente a la ignorancia de quienes vivían bajo la idea equivocada (heredada seguramente de algún ancestro primate que en lugar de una baya se metió una hormiga en la boca y le tomó el gustito a las proteínas animales) de que el ser humano necesita de una dieta variada y completa para crecer saludable y vigoroso. De ellos, los no iniciados, sólo esperaban con infinita misericordia que los alumbrara el mismo rayo de lucidez que los había encendido a ellos, los iniciados, para ponerlos en paz consigo mismos y con el mundo.
¿De dónde salieron entonces estos beligerantes soldados de la causa animal que van a buscar al enemigo a su propia guarida, diríamos, como para revolver el avispero, si no fuera porque meternos a molestar a las pobrecitas avispas no es una idea que quisiéramos evocar con nuestra metáfora? Claro, en un momento como el actual florecen las teorías conspirativas: ¿son militantes kirchneristas, invadiendo la madriguera (con perdón de los animalitos cuyas madrigueras jamás nos atreveríamos a invadir) de los aliados dilectos del Gobierno que aspiran a desplazar? Difícil, desde el agresivo ataque de Cristina cuando habló de las virtudes afrodisíacas de la carne de cerdo, entiendo que se la tienen jurada. Y esta misma semana Alberto fustigó a Macri y al FMI con la frase “hay que pegarle al chancho para que aparezca el dueño”. Los Fernández parecen haberse ensañado con los pobres porcinos, hasta la jovencita Ofelia calificó a Aníbal, justamente, de entre todos los adjetivos que podría haber escogido, de “salame”. Díganme si hay necesidad. O si no sería más sabio entender que entre chorizos no nos vamos a andar pinchando la tripa.
¿Serán entonces militantes macristas, en línea con la campaña “Para no volver al asado” que con tanto éxito circula por las redes sociales? Bueno, si es por el combate al consumo de carnes y lácteos, no cabe duda de que el gobierno de Juntos por el Cambio ha hecho mucho más por el cambio de hábitos alimentarios que cualquier campaña proselitista vegana. Pero esta misma semana Mauricio anduvo por Jujuy y entre las ofrendas a la madre tierra (perdón por la digresión, pero no vayan a perderse lo bien que le sienta a Juliana ese poncho) parece que dejó charqui, es como si quisiera poner en contra de los veganos a la mismísima Pachamama. Además, ahora la legión de tratantes de vacunos, equinos y etcétera, entusiastas aplaudidores del tipo, tienen el premio de un ministerio, como para seguir perpetrando sus genocidios desde una jerarquía más elevada. Al menos habría descartado el envío de gendarmes para defender el predio de la Rural del peligroso ejército desestabilizador empeñado en invadirlo, pero es que ni falta que hace, según el gauchaje agrandado. Igual podría haber una presentación ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, denunciando la tercerización de la acción represiva y el empleo del rebenque como arma violatoria de la Convención de Ginebra.
En fin, no sabemos demasiado sobre la filiación política de los veganos antirruralistas, aunque podríamos conjeturar sobre posibles afinidades con otros sectores y organizaciones sociales. Por ejemplo, imaginamos que simpatizarán con el movimiento antivacunas, no es cuestión de andar privando a las bacterias, pobres animalitos de Dios, de la posibilidad de crecer y desarrollarse en libertad en un organismo hospitalario y receptivo. Y una vez que uno tenga ya el bicho en el cuerpo, vamos a dar por sentado que su lema será proteger “las dos vidas”, lo que las deja del lado de las militantes del pañuelo celeste. A los de Greenpeace, en cambio, habría que exigirles que primero definan sus prioridades. La verdad es que ayer demostraron ser unos capos en términos de terrorismo ambiental, pero eso de salir a defender los bosques para dejarles menos espacio a nuestras vaquitas nos hace un poco de ruido. En cualquier caso, ya debería estar armándose un frente multidimensional para luchar por una sociedad progresista y rica en valores.
Ahora bien, ¿cómo andará el ejército vegano en términos de respaldo social? Si se considera que del otro lado están los tratantes devoradores de cadáveres, la primera impresión indica que, del mismo modo que toman partido por Batman (sin pretender con esta comparación ofender a los murcielaguitos, que tienen derecho a vivir en esta tierra sin ser despojados de su identidad) y no por el Guasón (y no insistan, no vamos a decir Pingüino), las grandes masas populares se colocarían junto a ellos, codo a codo, del mismo lado de la grieta. Hay señales, sin embargo, de que no es tan así. Es más, de los miles de anotados en el Servicio Cívico Voluntario en Valores, dicen que cuando les preguntaban en qué les gustaría ser capacitados, el 38% respondió: “En el uso del rebenque”.
Es que la gente es reacia a dejar de comer carne, o más bien, en estos tiempos, a resignar el sueño de volver a comer carne alguna vez. Y lograr que simpaticen con un pollo antes de que se le quiten las plumas requiere de una estrategia que al parecer todavía no ha sido descubierta por estos tenaces gladiadores. Que sin embargo no van a aflojar, podemos estar seguros, hasta que te vendan los bifes a la manera de un cartón de cigarrillos, en un envase con la foto de un enchastre de vísceras bovinas y la leyenda: “Pedazo de tejido orgánico en descomposición de lo que otrora fue un ser vivo y sensible torturado y asesinado impunemente por sicarios del capitalismo salvaje para satisfacer los deseos egoístas de un consumidor ignorante”. Hasta que llegue ese día, aprovechemos para comer un asadito o, aunque más no sea y si no nos da el cuero (el nuestro, no se ofendan los que piensan que los cadáveres tampoco deben usarse para vestirse), un buen pedazo de osobuco con el caracú incluido.