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"Lavo autos por mercadería": el cartel que desató una ola solidaria

Jorge Alberto María (56) confió que entre el alquiler y el pago de servicios no le alcanzaba para comer. Su historia se viralizó y las donaciones lo desbordaron. Ahora pide que la ayuda sea enviada a los centros comunitarios

Desde los once años lava coches y camiones. Esa fue siempre la ocupación de Jorge Alberto María (56).

Así se las ingenió para subsistir desde que tiene memoria y así se las rebuscaba hasta ahora, en compañía de los “cuatro patas”, como llama cariñosamente a los tres perros que viven con él en una vivienda alquilada de la calle Alberdi.

No reniega de su trabajo. Dice que se acostumbró a vivir con lo justo y que, de alguna manera, no tener empleadores ni horarios es una forma de libertad que no está dispuesto a negociar a su edad.

Sin embargo, la pandemia lo obligó a ajustar su estrategia para conseguir el pan de todos los días: “Estaba acostumbrado a que, si sacaba 400, gastaba doscientos para comer y guardaba el resto para los gastos. Así viví siempre”.

La amenaza del coronavirus y el aislamiento social para evitar la expansión de la pandemia trastrocaron la vida de miles de familias. La de María no fue la excepción.

Su caso es especialmente crítico porque, sin la afluencia de automovilistas y sin chance de hacer changas, no tenía manera de pagar su alquiler. “Si pagaba el alquiler o la luz, no tenía para comer, así fue como se me ocurrió esto”, dice señalando el carrito y el cartel en el que ofrece lavar autos a cambio de mercadería.

“Me tiré el lance, les pedí a las chicas de la clínica que está acá al lado que me ayudaran a hacer el cartel y me lo imprimieran; si salía bien, bárbaro; si no, chau, fuiste”, grafica María.

Y le salió mejor de lo pensado.

Desde hace dos días, el desfile de automovilistas y de peatones que le acercan ayuda se tornó incesante. Tanto es así que la entrevista con Puntal debe interrumpirse varias veces para que Jorge reciba alguna bolsa o frazada.

Desde una cuatro por cuatro negra bajan un caloventor a control remoto, mientras en la vereda una mujer espera con tres bolsas de ropa en la mano.

Él mira el control con curiosidad y comenta: “No tengo ni idea de cómo usar esto. El que me lo dio me dijo que tengo que colgar el aparato y listo: lo manejo con esto”, se entusiasma.

A falta de lugar para almacenar la ayuda, María fue acumulando todo en el portal de una vivienda de calle Mendoza al 900.

Según confió, la mercadería que recibió cubre ampliamente su necesidad alimentaria. “Tengo para llevarles a mi madre y a mi hermana, ya no necesito nada más. Por favor, ayudame a decirle a la gente que no me traiga más mercadería porque no tengo dónde ponerla”.

Dice que nunca imaginó que la idea iba a tener semejante respuesta. Lo atribuye a una foto suya que se terminó viralizando en las redes sociales. “En la imagen figura el teléfono y, no sabés, ¡ahora no para de sonar!, ayer se me acabó la batería de tanto hablar”, precisa.

Aunque está habituado a pasar necesidades económicas, no quiere acaparar más ayuda de la que necesita. Por eso insiste: “Con todo lo que me han traído te juro que me alcanza y me sobra para meses”.

Es que la mayoría de las personas que se acercan a la cuadra donde apostó su emprendimiento ni siquiera lleva a lavar sus autos. Sólo unos pocos lo hacen, los demás colaboran con alimentos y ropa en forma desinteresada.

La idea de María es que la movida solidaria que generó su caso pueda servir a centros comunitarios de la ciudad que tienen necesidad de provisiones.

“Todo el que quiera ayudar que envíe la mercadería a los comedores barriales, yo estoy muy agredecido por lo que hicieron por mí y espero pronto volver a cuidar coches como siempre”, recalca Jorge.