Juntos por el Cambio no se pone de acuerdo ni en las metáforas. Mientras Horacio Rodríguez Larreta habló de una construcción, de una sumatoria para crear una coalición electoral más amplia, Patricia Bullrich, su principal antagonista, señaló que la idea de llegar a un acuerdo con el gobernador Juan Schiaretti había explotado como una bomba. Rodrigo de Loredo, a la vez, usó un clásico del cine de animación para graficar la situación: “Esto nos cayó como un piano”.
Lo cierto es que, más allá de las figuras retóricas, la opción Schiaretti duró en Juntos por el Cambio un puñado de días. Hoy, a pesar de que Larreta dice lo contrario y que va a seguir insistiendo con alimentar la coalición, tanto de un lado como del otro dan por terminada la posibilidad de que el gobernador cordobés integre ahora un armado con el polo opositor. “Se perdió una gran oportunidad, que era crear un gobierno de unidad nacional y llegar a un acuerdo antes de las elecciones. Eso se va a lamentar tarde o temprano porque nadie puede aventurar lo que viene”, dicen en el Panal.
En el schiarettismo señalan que terminó prevaleciendo la mirada de corto plazo, puramente especulativa y que, por lo tanto, se vuelve al escenario previo e impredecible, que divide el escenario electoral en tres tercios.
La política argentina está en un momento de redefinición, caracterizado por la incertidumbre. ¿Qué va a surgir de la marea de confusión que se vive actualmente? Imposible de anticipar. Hoy, a 3 días de la fecha límite, ni siquiera se sabe a ciencia cierta qué alianzas se presentarán.
Al Frente de Todos y a Juntos por el Cambio los une la confusión. Y su desconcertante estado actual tal vez se deba a una característica que también comparten: en su origen, nacieron por contraposición. Su fundamento constitutivo no estuvo tanto en sí mismos como en el adversario: era la oposición al otro lo que los definía. El Frente de Todos se estructuró para ganarle a Macri;antes, Juntos por el Cambio había sido la manera de destronar a CristinaFernández.
Y esas coaliciones, que fueron efectivas para ganar una elección, fracasaron como instrumentos de gestión. Básicamente, porque casi no encontraron puntos en común. Y, además, porque no fueron capaces de articular un concepto de gobierno. Ahora ostentan un agravante: carecen de liderazgos políticos que los ordenen, los organicen. Juntos por el Cambio entró en los últimos tiempos en una fase diferente de su crisis:porque la uniformidad de criterio, de estrategia y de conducción que supo tener el Pro hoy está ausente principalmente porque Macri ya no puede disponer del tablero como solía hacerlo. Entonces, Juntos padece conflictos de convivencia entre socios, pero también hacia adentro de los actores políticos que lo componen.
En ese cuadro de situación, Javier Milei es un fenómeno diferente. Está definido por una doble condición: en él coexisten un elemento clásico de la política con uno novedoso. El clásico es que La Libertad Avanza se nuclea pura y exclusivamente, como ya ha ocurrido recurrentemente, en torno a una única figura;la configuración completa depende de un dirigente. Pero, a la vez, Milei introduce en el país una tendencia que aquí no existía pero que sigue la línea de una corriente internacional: la aparición de líderes de ultraderecha que, por alguna razón, conectan con una porción numerosa del electorado pero, sobre todo, con una predisposición emocional. Ejemplos notorios y cercanos:Donald Trump en Estados Unidos;Jair Bolsonaro en Brasil.
Juntos por el Cambio oscila entre sumarse a ese tipo de configuración, a través de una Patricia Bullrich que encarna una opción de derecha que no disimula ni quiere hacerlo, y generar una corriente moderada de la mano de Larreta, que cree que el momento no da para una radicalización sino para una sumatoria, para una centroderecha menos confrontativa.
¿A cuál de los dos le sirvió el frustrado capítulo Schiaretti? ABullrich. Porque se plantó y dio, hacia adentro y hacia afuera, una señal de fortaleza. Al alcalde porteño la intentona lo desdibujó porque apareció como un dirigente que es capaz de avanzar y de dar marcha atrás en un período muy corto de tiempo. Ese tipo de actitudes opera en el imaginario colectivo. A Larreta lo afecta cualquier asociación que pueda hacerse con un estilo que hoy una enorme mayoría de la población rechaza:el de Alberto Fernández.
Pero más allá de las ganancias o pérdidas individuales, de los resultados personales para Larreta o Bullrich, en la frenética semana que pasó, en la que se blandió la posibilidad de una fractura expuesta, hubo un derrotado indubitable: Juntos por el Cambio como marca, como posibilidad, porque intensificó la concepción peyorativa sobre la capacidad que puede tener para sacar al país del abismo.
En ese sentido, el Frente de Todos puede operar como un espejo anticipatorio de lo que Juntos por el Cambio podría ofrecer en un hipotético gobierno:el caos como característica.
En las negociaciones con Larreta, pero también con Gerardo Morales y Martín Lousteau, Schiaretti planteó que la dispersión del voto y la división en tres tercios escatiman la posibilidad de generar una mayoría y que, por lo tanto, a esa mayoría había que construirla desde afuera. Pero ahora esa lectura quedó trunca y todo volvió a su estado anterior.
Cerca de Schiaretti señalan que el paso en falso los hace reinstalarse en el Plan A: que el gobernador sea candidato por el peronismo no kirchnerista. Sin embargo, su armado no salió igual a como entró: en el camino quedó Juan Manuel Urtubey, quien era su competidor como precandidato. Ahora, Schiaretti irá solo y apuntará a incrementar lo más posible su caudal electoral para convertirse en un dirigente con el que obligatoriamente se deba negociar de cara a una eventual segunda vuelta.
Al gobernador la alternativa Milei lo alarma; y tampoco le hace gracia que Bullrich pueda imponerse en la interna de Juntos. Preferiría un escenario con Larreta, aunque las encuestas que maneja el oficialismo provincial le vaticinan un escenario complejo para las Paso.
¿Qué le dejó como saldo a Schiaretti el coqueteo con Juntos por el Cambio?Cerca del gobernador aseguran que, para ellos, todo fue ganancia. Primero, en términos de visibilidad:consiguió una exposición en los medios nacionales que jamás había tenido hasta ahora. Sin embargo, la visibilidad no anticipa necesariamente un crecimiento en el caudal de votos. Y allí señala el schiarettismo que está el desafío principal de ahora en más:“Las encuestas marcan que el espacio del peronismo no kirchnerista tiene 10,5 puntos de intención de voto y que el Gringo está en 6. Tenemos que lograr una identificación entre Schiaretti y la marca”.
Pero hay otro elemento. Porque el gobernador no tiene un solo escenario en el que jugar sino dos. Y surge una pregunta:¿la instalación que obtuvo en el país necesariamente contribuyó en el plano interno, en la elección provincial? Porque si bien Schiaretti tuvo visibilidad, también la consiguió Luis Juez, que se mostró como la víctima de una operación maquiavélica para perjudicarlo.
Y en términos estratégicos aparece un interrogante adicional: ¿es funcional a las posibilidades de Martín Llaryora haber cambiado el escenario de disputa, haberlo llevado de la provincia a la Nación?Desde el inicio, la concepción de campaña de Hacemos Unidos fue provincializar la elección, encapsularla y perseguir el resultado que se repitió en el 92% de las elecciones que se produjeron este año: la ratificación de los oficialismos.
El ámbito de la campaña cordobesa se trasladó:pasó de Córdoba al país, donde se generó el peligro de que existieran consecuencias imprevistas. El cambio de territorio implica a la vez una alternación de las condiciones.
“Sabíamos que era un riesgo. Pero para nosotros también fue ganancia en Córdoba porque se realzó al gobernador, a lo que significa su gestión, y quedó en claro que no tenemos un adversario de fuste en el plano electoral”, indicaron en el schiarettismo.
Quedan dos semanas para saber si se trata de un diagnóstico certero.

