En el Hogar de Niños “San Vicente de Paul”, en Coronel Moldes, un grupo de personas trabaja incansablemente para que los chicos que allí son derivados tras ser retirados de sus familias, tengan contención material y emocional. Y que no pierdan la esperanza de que hay un mundo mejor.
Desde hace ya más de cinco décadas fue fundado este lugar que en sus inicios dependía de Cáritas parroquial. Posteriormente, fue la Provincia a través de la Senaf la que se hizo cargo del lugar.
Este edificio que de a poco se está volviendo a llenar de colores y recuperando materialmente, es la casa de 9 niños, de una mamá y sus dos hijas adolescentes, víctimas de violencia familiar.
Como tantas otras, éste debiera ser un hogar de transición para que esos chicos tengan un mejor futuro. Pero la Justicia lenta hace que el tiempo pase, y los pequeños pasen largos años de su vida allí. Aunque para muchos es mejor que en su hogar, tienen el derecho de ser parte de una familia.
María Julia Suino es desde hace casi tres años la tutora del Hogar, y no está dispuesta a bajar los brazos y rendirse a las reglas que impone la institucionalidad. Trabaja intensamente para hacer del lugar “la casa” de los pequeños.
En diálogo con Puntal, habla de la realidad del lugar, de las necesidades. Pero además rescata el acompañamiento de la comunidad moldense que, de a poco, vuelve a apropiarse de este Hogar.
“Trabajar en un hogar de niños implica pelear contra un sistema que es complicado. Es un sistema que te manda los chicos y te piden proyectos y presupuestos estimativos. Luego llega una cuarta parte o nada”, sentencia.
“Este Hogar depende de la Senaf de la provincia, pero en este momento no estamos recibiendo nada. Estamos viviendo de las donaciones de empresas, la cuota societaria, y bueno, también el Municipio que colabora. También la Cooperativa (Eléctrica), que nos cobra lo mínimo del servicio de luz. En definitiva, subsistimos pagando sueldos con esos ingresos y lo poco que surge de alquilar una quinta que tiene el Hogar”.
Una comisión administra los recursos y se encarga de pagar los sueldos de las cuidadoras de turno, así como también los servicios. Pero alcanza para poco.
“Lamentablemente el que está sentado allá arriba (en la Justicia), no ve las situaciones que a diario enfrentamos. Pero más grave es que se vulneran los derechos de los niños. Ellos nos depositan a los chicos, y se despreocupan. Y basta con que aparezca algún familiar en algún momento para que los niños pierdan la oportunidad de entrar a la posibilidad de una adopción”, sostiene con impotencia la tutora.
Los pequeños allí albergados son tres grupos de hermanos, de entre 4 y 11 años. Se los suele ver jugando en la placita de Cáritas, allí pegado al edificio donde viven.
Décadas atrás se permitía a familias de la ciudad llevarlos a pasear o compartir un fin de semana. Hoy la Senaf no lo permite.
“Lo he planteado y me han dicho que es mi responsabilidad. Pero cómo quitarles ese derecho a los chicos de tener un día distinto”, se pregunta Julia.
“Que vean otras caras, más allá de la mía y las cuidadoras. Que se sientan queridos por la gente, que se sientan incluidos. Y dejen de ser los chicos del Hogar”, apunta.
Suino, quien se formó en Psicología Social, señala que es primordial la contención de los chicos, con profesionales psicólogos. Pero los recursos no alcanzan, salvo la ayuda que el Municipio puede dar con sus profesionales.
Tendiendo redes
Pero Julia llegó con todo el ímpetu por cambiar las cosas, y en parte lo está logrando.
Así, en plena pandemia y observando el deterioro de las instalaciones edilicias salió a los medios y lanzó campañas para volver a hacer visible el Hogar y conseguir repararlo.
Y contagió su entusiasmo. Los vecinos de Moldes comenzaron a donar desde pintura y material, hasta distintos objetos para los chicos. Empresas que donaron la pintura para todo el edificio, otros que aportaron dinero a los corralones para que luego desde la institución se retirara el material.
“La verdad que tengo que agradecer y me emociona mucho. Porque a partir de la campaña es como que se volvió a visibilizar el Hogar. Y mucha gente volvió a visitarnos”.
Durante los últimos meses, las habitaciones, baños y dependencias comenzaron a tomar color. Con las donaciones se pintó, se hicieron reparaciones en cañerías, techos y ventanas. Y hasta se consiguieron en donación puertas para los baños.
Los cuartos de los chicos hoy lucen pintados y con dibujos. “Esto tiene que ser la casa de los chicos y cuando ven que trabajamos en mejorarla aprenden a cuidarla. Ellos vienen de situaciones difíciles, y ser parte de estos cambios es importante”.
A poco de celebrarse la Navidad, es momento de pensar cómo hacer para que estos chicos tengan su regalo y una verdadera Nochebuena.
“El año pasado, como eran pocos, nos repartimos con las cuidadoras y los llevamos a nuestras casas. Luego volvimos porque les teníamos sorpresas. Este año veremos qué podemos hacer, pero ya hay una familia que quiere hacer una cadena de regalos”.
Más allá de “cambiar la cara” al edificio, lo que más preocupa y ocupa a quienes trabajan en este hogar, y en el caso de Julia Suino de forma totalmente ad honorem, es darles la oportunidad a estos chicos de socializar, de ser parte de esta comunidad. “Y que la Justicia sea más rápida, más expeditiva. Que se acuerde de que acá hay chicos y que tienen derechos”, finalizó Julia.

