En Argentina, el optimismo suele caer derrotado ante la realidad. Más aún en un contexto político como el actual. Quienes esperaban que el acto por los 100 años de YPF marcara el inicio de una etapa de mayor racionalidad y responsabilidad en el oficialismo, de una incipiente muestra de madurez, se encontraron pocas horas después con una deflagración. Más pelea interna, más ofensas, más acusaciones contra los machos del off, más desconcierto, el insólito capítulo de un comunicado oficial para desmentir un WhatsApp, un ministro eyectado y un presidente acorralado.
El acto en sí ya había tenido su componente bizarro: el festejo por el centenario de YPF, uno de los pocos símbolos estatales que aún despiertan cierto orgullo entre los argentinos, se vio empañado por una crisis de abastecimiento de gasoil que complica la cosecha y, por lo tanto, las exportaciones del país. YPF celebró pero casi sin gasoil en los surtidores.
Una primera conclusión política del episodio que derivó en la salida de Matías Kulfas, uno de los contados albertistas que quedaban, del Ministerio de Desarrollo Productivo: el cristinismo puede decir cualquier tipo de barbaridad en contra del Presidente -hay que repasar las declaraciones del “Cuervo” Larroque o revisar el video en el que Sergio Berni, ministro de Axel Kicillof, trata de borrachín al primer mandatario- pero el albertismo paga con su cabeza la osadía de replicar una afirmación de Cristina.
Kulfas parece no haberse percatado de esa disparidad de posibilidades y avanzó -él o su entorno- con acusaciones que no sólo cometieron el pecado de atacar a la vicepresidenta sino que, además, implicaron indisimuladamente la admisión de que el gasoducto Néstor Kirchner, la obra más importante que el Gobierno tiene en marcha, es un negocio hecho a medida. La discusión se centró no en la naturaleza de la licitación, no en si fue o no transparente, sino en la culpabilidad: Cristina señaló al albertismo como el responsable de favorecer a Techint, del polémico Paolo Rocca, mientras Kulfas replicó que, en realidad, al direccionamiento lo perpetraron los chicos de La Cámpora.
En Argentina suele ser la oposición la encargada de denunciar maniobras de favoritismo; en este caso, el enceguecimiento político que genera la pelea interna derivó en la novedad de que fueran los propios integrantes del Gobierno los que, en público, se acusaran a sí mismos.
Alberto Fernández, después de que Energía de la Nación contestara un off y de que la propia Cristina calificara de injusta, dolorosa y penosa la invectiva de Kulfas, despidió a uno de sus ministros leales en parte porque el ataque lo alcanzaba a él mismo: si hay corrupción en una obra del gobierno nacional, y más de la magnitud que tiene el gasoducto Néstor Kirchner, el responsable último es el Presidente.
Pero el desliz de Kulfas también oficiaba de búmeran en otro sentido: en las últimas semanas fueron notorios los intentos de Alberto por generar un clima no beligerante con Cristina. No sólo porque insistió una y otra vez con la necesidad de la unidad sino, además, porque avanzó con un proyecto de ampliación de la Corte Suprema a 25 miembros. Si bien la iniciativa tiene escasas chances de ser aprobada por la actual conformación del Congreso, al menos consiguió abroquelar a los gobernadores kirchneristas y enviar públicamente una señal para sintonizar con Cristina.
El ahora exministro de Desarrollo Productivo desbarató con un off tantas fatigas de Alberto.
A partir del affaire Kulfas se abrieron una serie de interrogantes. El primero pasaba por la elección del sucesor. Si era un albertista, no habría alteración en el esquema formal de poder. Si asumía un cristinista, entonces se habría interpretado como un avance de la vicepresidenta sobre el Gobierno y, por lo tanto, como un motivo de mayor inquietud para el círculo rojo, que en los últimos tiempos se ha convertido en un sostén del Presidente porque teme que a lo malo pueda sucederlo algo peor. La asunción de Daniel Scioli apunta a tener un efecto neutro.
Un segundo aspecto es que la rápida desafectación de Kulfas, decidida por un Presidente que no se caracteriza por ser vertiginoso, sea entendida por el cristinismo como una ofrenda de buena voluntad y, esta vez sí, se inicie una etapa de paz de cara a 2023 y en medio de una crisis que amenaza con desmadrarse. Aunque tampoco es descabellado que lo lea como un signo de debilidad y, olfateando sangre, se incline por lanzar la avanzada final contra un socio-adversario que amagó con abroquelarse y resistir pero que, al final, siempre desfallece.
Como se planteó al principio, el optimismo nunca suele ser un consejero fiable para leer la política en este país y con este Gobierno.
Quien debe estar inquieto por estas horas es Martín Guzmán, a quien Alberto prometió apuntalar pero que, a la luz de los resultados del fin de semana, puede empezar a sentirse inseguro.
La capacidad de mantener al ministro de Economía no sólo impactará hacia adentro sino también hacia afuera. Por ejemplo, en la relación con el Fondo Monetario Internacional y, por extensión, con Estados Unidos.
Argentina siempre está atravesada por la incertidumbre; la diferencia suele estar en la graduación. El ingrediente adicional en la actualidad, que no es menor, es que además el contexto mundial está también teñido por la incerteza. La economía internacional trastabilla entre la inflación y la recesión y el desabastecimiento de alimentos por la invasión de Rusia a Ucrania.
Alberto Fernández, en medio del tironeo por la Cumbre de las Américas, recibió el llamado de Joe Biden, el presidente norteamericano, con quien habló durante 25 minutos y de quien recibió la inusual invitación de visitarlo en la Casa Blanca.
Desde la oposición relacionan ese llamado con la crisis internacional. Argentina es el país de las potencialidades eternamente frustradas; la diferencia es que, esta vez, el mundo, que según pronósticos europeos se estaría encaminando hacia una hambruna, podría necesitar con más urgencia los recursos que el país produce o posee.
“Tenemos todo para suplir en gran parte la producción que se perdió por la guerra entre Rusia y Ucrania. Pero esa capacidad se ve disminuida por la anarquía que este Gobierno alimenta todos los días”, indicó un dirigente de la oposición.
Alberto dijo en el acto de YPF que sería una inmoralidad aprovechar las circunstancias de una guerra. Una inmoralidad hubiera sido provocar esa guerra, no contribuir a atenuar sus efectos y, de paso, mejorar la dramática situación actual del país y sus habitantes.
Argentina no sólo es productora de alimentos sino que, además, es la segunda reserva mundial de gas no convencional. Ese gas por el que los diferentes grupos del Gobierno se pelean en público.
Tal vez se trate, aún en medio del caos, de una nueva oportunidad.

