Río Cuarto

La historia riocuartense despide a su emblema: Carlos Mayol Laferrère

Familiares y amigos brindan el último adiós esta tarde en el Cementerio Parque Perpetual.
 
Resulta de suyo una paradoja pensar o hablar de Carlos Mayol Laferrère en tiempo pasado. Justamente él, quien nos mantuvo al tanto y corriente de nuestro pasado riocuartense y regional, desde tiempos remotos e inmemoriales a la actualidad. El reloj de Cronos se ha detenido por un instante sólo para meditar y reflexionar, no ya sobre un acontecimiento ocasional determinado, sino sobre una personalidad sobresaliente de nuestra intelectualidad y cultura contemporáneas. Un providencial, con su lugar ya ganado en la historia ciudadana, sin canonjías ni decretos, sólo con su trabajo ímprobo.

Ha partido definitivamente el historiador de Río Cuarto por excelencia y virtudes. Entonces, los sentimientos y las sensaciones se enlazan, entre los reconocimientos lógicos, la tristeza profunda y esa melancolía que nos embriaga a todos quienes lo hemos conocido a Carlos: vital, pujante, inclaudicable, comprometido, artífice y sostenedor de su orgullosa creación: el Archivo Histórico Municipal. Por extensión, haber escrito, en base a sus investigaciones genuinas e indagaciones originales, una historia de Río Cuarto, aquella que tuvo a diario Puntal como difusor; pero, además, haber escrutado todo cuanto pudo, hasta el más minucioso detalle de los documentos, para traducirlo en miles de fichajes, en cientos de artículos de divulgación, folletos y libros trascendentes, de consulta obligada para todos quienes deseen incursionar por nuestro propio lugar en el mundo: entre una frontera indefinida, con malones invasores, Cabildo y cabildantes luchas fratricidas, personalidades y personajes, formas de gobierno, desarrollos de crecimiento, evoluciones y perfiles que le fueron dando una configuración a lo que nació en los papeles como una Villa Real, enmarañada con la nación ranquel, la lejanía y los abandonos de los poderes centrales, hasta los tiempos jubilares de la ciudad y su vector indetenible que nos trae a los tiempos presentes. Nada fue indiferente para su pulcra caligrafía, por eso está llamado a perdurar, tanto en los escritos cuanto en las memorias.

Hemos dicho alguna vez que la sociedad porteña y el barrio de Belgrano perdieron tener un arquitecto, cuando el muchacho nacido en San Miguel el 30 de diciembre de 1934 abandonó sus estudios y un buen día optó por el campo. Así llegó al sur de Córdoba, a la tierra que sus mayores bautizaron “La Adriana”, para los menesteres propios de administración y criollismo. Se hizo hombre de a caballo. Otro día cayó en la cuenta que dentro de la innegable prosapia de su sangre había un literato de fuste, don Gregorio de Laferrère, o un tío soltero -historiador y rosista- con una biblioteca fantástica, don Roberto de Laferrère, que de alguna tácita manera le estaban señalando un rumbo. Entonces, Río Cuarto ganó a su historiador empírico por donde se lo mire, por mandato de la naturaleza y el talento innato, prescindió de todo academicismo, pero su comportamiento hizo que lo fuera como tal.  A sus primeras incursiones por el Archivo Franciscano e iniciales apuntes sumó las lecturas en el Archivo General de la Nación y el Archivo de la Provincia de Córdoba, repatriando cuanta referencia tuviera que ver con “su” Río Cuarto. Cuando le encomendó el visionario Carlos Biset que debía escribir la historia local, cambiaron cosas en su vida, por caso, trasladarse de Huanchilla -donde ejerció la docencia en el secundario- a Río Cuarto, para entonces ya había plantado un mojón: el Instituto Lorenzo Suárez de Figueroa con su señero boletín de notas.

No vaciló en colaborar con don Víctor Barrionuevo Imposti, que también andaba con la historia riocuartense en el morral, y desde afuera nos dimos cuenta de que el esquema estructural para narrar nuestro pasado estaba trazado, restaba componer y llenar de narraciones esos espacios ampliados de lo que otrora había pergeñado Alfredo Cayetano Vitulo.

Si algo faltaba en cada paso que marcaba, llegó el concurso para la dirección del naciente Museo Histórico Regional; salió segundo en el orden de mérito, pero, una audaz e inédita recomendación del jury, Carlos Mayol Laferrère incursionó en el planeta archivo y así nació esa criatura de los desvelos introspectivos, como dijimos ya, el Archivo de la ciudad. Le dedicó el mejor tiempo entre 1982 y 2010, con una década “ad honorem” que con justicia lo hizo director honorario vitalicio hasta ayer mismo.

Ciudadano Ilustre de Río Cuarto, miembro correspondiente de la Junta Provincial de Historia, de las de San Luis y Santiago del Estero. Llegó a presidir la Junta Municipal de Historia, de la que se retiró voluntariamente. Integró la Sociedad Argentina de Escritores y fue incorporado a Sociedad de Escritores Ríocuartenses.

Ha muerto Carlos Mayol Laferrére, hombre íntegro, leal a sus convicciones, intelectual y humanamente honesto, generoso para prodigar sus conocimientos, en un artículo de fondo o una charla de colegio, con su particular acento aporteñado, conversando con colegas de su talla o entablando un afable diálogo con un estudiante. Dejó muchas cosas, por la historia, la genealogía, la fotografía y así… Hay grandes hombres que necesitan bronces y alharacas para ser; a Mayol le bastan sus obras y pensamiento para trascendencia en esta tierra que, tristona y silenciosa, hoy lo cobija.





Omar Isaguirre.  Archivo Histórico Municipal