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Cada vez son más los jóvenes que subsisten al borde del semáforo

Ante la falta de oportunidades, limpian vidrios o hacen malabares en busca del dinero que les permita afrontar las necesidades de sus familias

Mugnaini y avenida España. Cuenta regresiva verde, luego color amarillo. Semáforo en rojo, al fin. Danza de malabares que se alza hacia el cielo, brazos que van y vienen sobre los parabrisas, miradas que tiemblan, solicitan, imploran: “¡Lo que usted pueda, por favor!”. Todo ello, en los escasos segundos que dura, indiferente a todo, el rojo cotidiano del semáforo. Desde el otro lado, al interior de los vehículos, ojos que niegan. 

Día a día se incrementa el número de personas que en los distintos semáforos de la ciudad se juegan su pan. Jóvenes de distintas edades solicitan con sus brazos, sus miradas, sus almas “una ayuda, por favor”. En otras esquinas, el que ofrece lavarle el vidrio al automovilista que espera es un adulto. En otros casos, los que más duelen, son niños o incluso familias enteras. 

Estas personas viven en diferentes barrios de la ciudad y jornada a jornada, se llegan hasta las principales calles de la ciudad en busca de su subsistencia. También están los que, llegados desde otros puntos del país y ante la dificultad de conseguir trabajo, optan por la alternativa que ofrece el semáforo, a la espera de una futura y mejor oportunidad. 

Los lugares elegidos son las intersecciones de aquellas calles que presentan mayor tráfico vehicular. Doctor Mugnaini y avenida España; Marcelo T. de Alvear a la altura de Chile, Fray Quírico Porreca, México, Honduras; avenida Marconi y Mugnaini; avenida San Martín esquina con Maipú y con Trejo y Sanabria; avenida Sabatini y Juan B. Justo; entre otros, constituyen algunos de los puntos en los que se observa con frecuencia la presencia de limpiavidrios, malabaristas y personas que solicitan ayuda.  

Ese panorama, que cualquier automovilista o peatón atento habrá podido observar, no deja de alarmar a los organismos municipales. Desde la subsecretaría de Niñez, Adolescencia y Familia advierten con preocupación el hecho de que en los últimos meses se ha profundizado la presencia de personas en los semáforos, muchos de los cuales son niños y adolescentes. 

“Vemos que se ha profundizado la presencia de personas en el semáforo a través de alguna actividad de malabarismo, limpiando vidrios o solicitando alguna ayuda. Cuando se trata de menores de edad, esta situación constituye una clara vulneración de los derechos de esos niños y adolescentes”, afirmó a PUNTAL Ana Laura Medina, subsecretaria de Niñez, Adolescencia y Familia de la Municipalidad de Río Cuarto. (Ver recuadro: Desde Niñez, Adolescencia y Familia buscan revertir una situación que preocupa).

Asimismo, desde el Municipio sostuvieron que esta situación tiene como trasfondo la falta de inclusión laboral. Además, precisaron que harán un relevamiento para determinar qué cantidad de personas está en dichas circunstancias y trabajarán para revertirlo. 



En primera persona



Alexis tiene 16 años y hace desde los 12 que limpia vidrios en la esquina de Mugnaini y avenida España. Comparte la esquina con Gerónimo, de 27, oriundo de Buenos Aires, quien hace dos semanas que se las rebusca en el semáforo.

“Vengo a la mañana para hacer como para la comida al mediodía; y a la tarde para la comida de la noche. Vivo con mi vieja y mis hermanos, somos ocho entre todos. Tengo que juntar para aportar en mi casa. Ellos son más chicos que yo, van al colegio, todo. Entonces, a la comida se la llevo yo”, afirma Alexis, quien cuenta que comenzó a limpiar vidrios por las tardes, cuando todavía iba al colegio, por las mañanas. “Después lo dejé. En primer año dejé, para dedicarme a trabajar para mis hermanos”.

Jerónimo, por su parte, cuenta que de Olavarría se fue a Chilecito en donde trabajaba en las obras. Producto de una hernia que sufrió, tuvo que dejar su trabajo. Ahora vino a Río Cuarto en busca de nuevas oportunidades. “Hace dos semanas que estoy acá buscando una chance. Me las rebusco en el semáforo, en la calle, donde puedo”, narra Jerónimo, quien tiene dos hijos pequeños que  viven en Chilecito. “Todos los meses tengo que mandarles plata y sin un trabajo se complica. Por eso tengo que andar en los semáforos”, agrega. 

En la esquina de enfrente se encuentran Emanuel y José. “La luchamos día a día, estamos todos en la misma. No nos queda otra; se te cierran las puertas y no te queda otra”, relata Emanuel, quien tiene 18 años y hace desde los 10 que sobrevive gracias al semáforo. “Tengo una nena de 4 años, un varón de 1, y ahora mi novia está esperando un tercero; otro varoncito”, comenta con brillo en los ojos. 

Emanuel cuenta que en esa esquina son unos doce los jóvenes que limpian vidrios en el semáforo, además de unos cuantos malabaristas. “De distintas edades, hay algunos chicos también. Cada vez se ven más chicos pidiendo. Bueno, yo estoy desde los diez”, dice. 

Su compañero José tiene 28 años. Hace una semana se quedó sin trabajo y tuvo que recurrir al semáforo. “Yo trabajaba en las obras. El patrón se quedó sin obra y no me quedó más remedio que buscar otra cosa”, afirma José. Y añade: “Tengo una hija de dos años y medio, todos los viernes la iba a buscar y se quedaba conmigo.  Ahora tengo que estar acá; no sé cómo le voy a decir que no la puedo llevar más… todos los viernes la buscaba”.

Los jóvenes comentan que en el día hacen en promedio unos doscientos pesos. “La gente colabora, es solidaria”, afirma uno. “Te alcanza para llevar la comida a la casa, y al otro día hay que estar acá de nuevo”, complementa el otro. 

“Lamentablemente, nosotros, porque tenemos un tatuaje o estamos limpiando en un semáforo, o hacemos malabares, o usamos visera o una remera de fútbol y zapatillas deportivas, ya somos ladrones. Y no es así. Somos gente que estamos acá trabajando”, remarca Jerónimo.

“Me encantaría que alguien se me presente, hoy, mañana, cuando sea y me diga: ‘Loco, tengo un trabajo para vos’, me encantaría. Yo estoy acá en el semáforo y voy a seguir estando acá en esta ciudad. No nos alcanza para mucho, pero para comer nos sirve”, concluye.

Mientras los cuatro jóvenes narran sus tristezas y esperanzas al cronista, un pequeño que no supera los diez años aprovecha la calle vacía para entrar en escena. Espera el rojo del semáforo, avanza y hecha a volar los tres limones al cielo. Termina su breve exhibición y antes de que el semáforo mute hacia el verde, camina entre los autos extendiendo su mano. En la esquina de enfrente, dos pequeños hacen lo mismo.