Río Cuarto |

Logró reunirse con su familia de Venezuela luego de tres meses

Se separó de sus hijos y de su mujer en julio y recién el sábado logró volver a verlos. Al ingresar al país se encontraron con una traba legal, pero con ayuda del Observatorio de Migrantes la resolvieron.

Un camino largo y dificultoso tuvo que atravesar una familia de venezolanos para volver a reunirse en Argentina, pero finalmente lograron un desenlace feliz. 

La historia se remonta a julio de este año, cuando  Roberto Flores Romero, de 32, dejó a su familia en la localidad de Valencia, al          noroeste de Venezuela, y se instaló en nuestra ciudad con la intención de reunir dinero y poder traerlos con él. Sin embargo, le llevó un par de meses poder recaudar lo necesario para enviarles los pasajes a su mujer y a sus tres hijos. 

Las condiciones de vida en el país caribeño no eran las óptimas -por falta de mercadería y medicamentos-, por lo que se apresuró la partida. Karen Rangel Ortega, de 34, vendió su auto, cargó a sus tres niños y, junto a un primo de su concubino, inició una odisea hacia el sur de continente. El 3 de octubre emprendieron el viaje fuera de su país. Debieron tomar varios colectivos al interior de Brasil, un vuelo interno desde Manaos hacia Río de Janeiro y luego hasta Porto Alegre, hasta que se subieron al último ómnibus que los llevó hasta Uruguayana, una ciudad frente a Paso de los Libres, en Corrientes, que está unida por un paso internacional.



La salida del país



El primer obstáculo que se les presentó al salir de Venezuela fue en el cruce fronterizo de Santa Elena de Uairén. La falta de pasaporte de su hijo más pequeño, de dos años, fue causal de demora. La mujer tuvo que apelar a diversas estrategias para conseguir finalmente que le certificaran la salida de su país natal y luego lograr la entrada al país limítrofe de Brasil. Esto se debe, según cuenta la familia, a que en Venezuela los niños hasta la edad de 10 años no tienen cédula de identidad, sino que se manejan con la partida de nacimiento o pasaporte. 

A principios de febrero habían iniciado el trámite para poder obtenerlo, pero hasta hoy no vieron sus frutos y, como la situación familiar a distancia era “insostenible”, decidieron embarcarse de todas maneras. 

En los últimos 900 kilómetros que los separaban de su destino final surgió el mayor inconveniente: al intentar ingresar a Argentina por el puente internacional Agustín P. Justo-Getúlio Vargas, la falta de documentación del más pequeño de la familia impidió el trámite. Todos tenían pasaporte, menos él. La familia volvió a la terminal de ómnibus, ya con poco dinero, y llamaron a Río Cuarto para notificar la situación: los chicos estaban cansados, con hambre y con la incertidumbre de no saber cómo iba a continuar todo el viaje. Ante la desesperación, Roberto, que seguía con ansiedad los movimientos, acudió al Observatorio de Migrantes, que funciona en la sede de la Defensoría del Pueblo. 



La ayuda estatal



Roberto Flores Romero se había contactado por primera vez con el Observatorio Permanente de Migrantes en julio, pocas semanas después de su arribo a la ciudad. Necesitaba que lo ayudaran a regularizar su situación como ciudadano. 

La noche del miércoles, cuando recibió la llamada de su mujer, no pudo dormir y se contactó con Walter Torres, quien está a cargo del Observatorio de Migrantes, organismo creado en julio de este año bajo la órbita de la Defensoría del Pueblo, el Concejo Deliberante y la Universidad Nacional de Río Cuarto. 

Durante 48 horas se realizó un trabajo insistente y coordinado entre distintos organismos estatales y supranacionales para gestionar el ingreso de la familia completa -que permanecía varada en la terminal de Uruguayana-.

Como el problema se presentaba por la falta de documentación del pequeño y corría riesgo su integridad física -ya que tiene un diagnóstico de disfunción renal-, lograron gestionar a través de la Comisión Nacional para Refugiados y ante un juez federal el estatuto de refugiado y, de esta manera, consiguieron que el niño ingresara con su madre, sus hermanos y el primo de su padre al país. 

El sábado arribaron a la terminal de Río Cuarto y se instalaron en la vivienda en Banda Norte que Roberto había conseguido previamente. Ahora, gozan de la residencia transitoria y el niño, de   un certificado de residencia precaria de peticionante de refugio que deberá regularizar en enero de 2019, pero que fue la llave de ingreso que le permitió reunirse con su papá.



Una mejor calidad de vida



A pocos días de su establecimiento en la ciudad, Puntal conversó con Karen y Roberto para conocer sus motivaciones de mudarse a la Argentina.

-¿Por qué decidieron venir?

Roberto: Primero vine yo, por medio de un amigo que nos dijo que el trato aquí nos iba a ser cálido. Al principio, mis compañeros me ayudaron un montón y pasan los meses y nos siguen ayudando.

Empecé a trabajar en un campo, luego lavé camiones y ahora soy mozo en una pizzería. Poco a poco fui reuniendo dinero con todo el sacrificio para poder traer a mi familia, para que el encuentro se diera lo más rápido posible. Aquí tienden a decir mucho la expresión “de diez” y yo digo que la gente es “de veinte”  porque la calidad humana que tienen aquí es incomparable, lo siento como un pueblo hermano.

Karen: Venezuela es un país muy bello, pero lamentablemente la situación no está apta para vivir allá. Uno de los problemas es la situación económica y política que se vive actualmente: la inflación, el no tener alimentos, remedios para nuestros hijos, no tener educación, la inseguridad, el transporte... son muchos puntos que Venezuela está pasando y queremos una mejor calidad de vida, vivir en un sitio donde nuestros hijos puedan crecer bien, agradablemente, puedan recrearse, tener un deporte, todo lo que un niño merece y lo que merecemos todos por ser seres humanos, que en Venezuela se ha perdido.

-¿A qué se dedicaban allá?

R: Allá trabajábamos a nivel bancario. Yo era promotor de servicios, ella (Karen) llegó a ser subgerente. Hace años atrás llegamos a vivir muy bien. Luego vino la crisis. Ya no podíamos vivir con un sueldo. La idea de emigrar es salir con ganas de trabajar, sea de lo que sea, el venezolano va con ganas de hacer lo que haga falta en función del desarrollo familiar. Lamentablemente en Venezuela ya hay miles de familias disfuncionales, el gobierno no quiere admitir esa situación y ve que todo está  normal. A medida que ellos se enfrascan en que todo está bien, hay niños que mueren de hambre y por problemas de salud. Mi mamá se murió el año pasado a causa de esa situación. Tuvo un aneurisma abdominal y se murió tratando de conseguir un stent que costaba  diez mil dólares. ¿Cómo puede un venezolano reunir ese dinero? Mi mamá se murió y para mí fue un empuje porque yo dije: “No voy a esperar a que un niño mío se me muera para tomar una decisión tan difícil como emigrar”. 

-¿Qué los trajo a Río Cuarto?

K: Elegimos Río Cuarto porque tenemos a una conocida acá y no teníamos en otro sitio. Nos dijeron que acá había campos y que era conveniente llegar y tener algún contacto porque no es fácil llegar a un país donde no conoces a nadie, tener que relacionarte, conocer las costumbres, nos iba a tardar más para nosotros poder venir. 

-¿Qué impresión tienen de la ciudad?

K: Estamos encantados. El centro, los comercios, me quedé impactada porque eso no se ve ya en Venezuela. Allá a las 17 está todo cerrado. Nos sentimos presos en nuestra casa porque la inseguridad no permite salir. Aquí se puede caminar por las calles tranquilos, sin temor a que te quiten el teléfono, puedes tener transporte público para llegar a tu casa a la noche. En Venezuela a las dos de la tarde no había transporte o había colas de 200 personas. Pasaban varias horas y no había un bus. Yo llegué muy acelerada. Hablé con varios venezolanos y todos llegamos acelerados, porque allá hay cola para comprar comida, para acceder a los remedios. Venimos como desesperados y llegas acá y el impacto es bueno, no hay el temor con el que uno viene desde el país. Venezuela es hermoso, la gente es muy agradable, somos conversadores, graciosos, tratamos de reír, sacar un chiste, a pesar de todo, pero no se puede vivir allí. 

-¿Cuál es su sueño?

K: Que mi familia esté unida, recuperar el tiempo perdido, que mis hijos puedan tener mejor calidad de vida, buen nivel educativo y veo que aquí todo se puede. Quiero estar libre con ellos, trabajar, vengo con muchas ganas de trabajar y poner mi granito de arena en Argentina.



Magdalena Bagliardelli.  Redacción Puntal