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"Era una persona sumamente querida, siempre tenía una palabra de aliento"

Diego Cuesta Silva habló en exclusiva sobre Héctor "Pochola" Silva, uno de los emblemas históricos del rugby argentino fallecido el último 17 de mayo, a los 76 años. Una charla en la que toca todos los temas

La memorable gira del seleccionado argentino de rugby por Sudáfrica en 1965 tendría un antes y un después en la historia del deporte. Más allá de las cuestiones particulares en un país donde el racismo reinaba y donde nombres ya extintos como el Congo Belga -hoy, República Democrática del Congo- o Rodhesia -hoy, Zimbawe- fueron protagonistas.

Al margen de eso, en la gira y hasta por cuestiones de comodidad, ya que los periodistas sudafricanos no podían pronunciar ni escribir correctamente el término “Yaguareté”, que era el símbolo de la camista albiceleste, se optó por la palabra “Puma”, que era más fácil, si bien se trataba de otro felino.

En ese año nacieron, y para siempre, Los Pumas. Ese plantel, entre muchos ilustres, tenía al “hombre de la vincha”, hasta dicen que Guillermo Vilas empezó a usarla por él. Se trataba de Héctor “Pochola” Silva, un tercera línea de excepción, que brilló como jugador y que fue entrenador de Los Pumas también. El destino quiso que días atrás Pochola, platense y agrónomo, fanático de los caballos, pasara a la inmortalidad.

Se me ocurre un ejemplo futbolístico similar al del Pato Pastoriza, con esa esencia. Ambos están identificados por una fuerte personalidad, espíritu ganador y nobleza. Ambos tuvieron que tomar decisiones difíciles, pero nobles ante amigos, siendo entrenadores. Pastoriza le tuvo que decir a Pavoni y Semenewicz que no los iba a tener en cuenta. Pochola, con Aitor Otaño y García Yáñez, lo mismo en el seleccionado.

Para hablar de él recurrimos a otro emblema, Diego Cuesta Silva, quien debutó en Los Pumas con Pochola y el mismo entrenador lo llevo al Mundial del 87.

Con el cardiólogo Cuesta Silva se puede hablar de todo. La charla comienza con un recuerdo de Pochola y se extiende por su tiempo como jugador hasta llegar a este presente pandémico tan difícil.

“A mí me gusta hacer la diferencia de lo que fue como jugador de rugby y emblema de Los Pumas, un representante espectacular de Los Pumas del 65, pero que muchos no pudimos, entre ellos me incluyo, verlo jugar ni ver partidos, sino la historia heredada de él, la transmisión oral. Por otro lado, es difícil catalogarlo, ya que compartí muchísimo, tengo un afecto enorme hacia su persona; el hecho de que me haya conocido de chico y me haya elegido de juvenil, que me haya dado la oportunidad y la confianza de hacerme jugar en el seleccionado, haberse jugado por mí y por Fabián Turnes en un momento de cambio por el Tano Loffreda y Rafael Madero. Lo que yo pueda decir va a ser muy imparcial, habla de su grandeza y de su confianza, él transmitía mucha confianza. A lo largo de toda su vida lo que destilaba por sus poros era confianza y autoestima. Si te quería, se entregaba a full; una persona sumamente querida, más allá de lo deportivo en sí, siempre con una palabra de aliento, preocupado por todos y haciéndose cargo de todo lo que encaraba; una persona distinta y que ha transmitido no tanto con la palabra, sino con el ejemplo, él siempre se ponía primero”, resalta.

-Fue Pochola Silva el entrenador en el certamen del 87. ¿Esos pumas llegaron tarde a ese Mundial? Si hubiera sido años atrás, otro hubiese sido el resultado.

-La verdad es que fue un momento de explosión, explotó todo. Veníamos en ese grupo desde el año 84, cuando hicimos la gira por Sudáfrica, y se había construido una base muy buena, ni hablar en el 85 con la primera victoria ante Francia (22 de junio de ese año), el empate contra Nueva Zelanda (2 de noviembre), después le ganamos de nuevo a Francia. Pero la pasamos muy mal en la gira por Australia, ahí se empezaron a quebrar algunas cosas que se terminaron de romper en el 87. Igualmente, considero que los planteles o equipos hay que valorarlos por etapas y los mundiales específicamente eran algo muy concreto, en muy poco tiempo. Depende mucho de cómo te levantás ese día y acá se medía el potencial en un mes nada más. Más allá de algunas decisiones erróneas del plantel y de dejar afuera a gente que tendría que haber viajado sí o sí y hubo otra gente que no tendría que haber ido, el tema fue que por la altura del año en que se jugó veníamos con sólo tres partidos amistosos, sólo entrenamiento físico habíamos hecho y llegamos allá sin ningún tipo de rodaje y eso creo que fue el mayor error. Lo bueno de todo eso ha sido aprendizaje; era el primer Mundial, muchas cosas no se sabían en términos de preparación. Ahora se sabe cómo manejar los tiempos, la cantidad de gente, los planteles, los tiempos de descanso, de recuperación, de entrenamientos y, por supuesto, de competencia concreta.

-Habla de esos partidos contra Francia y la verdad es que eran muy violentos, se pegaba mucho. A la distancia, ¿qué le parece?

-Había una frase célebre que decía “Al contrario con y sin”, yo recién llegaba al seleccionado y era lo que te transmitían. Con y sin significaba pararlos como fuera, con o sin pelota. Era la época, eran batallas campales, una locura eso, pero era el rugby que nos tocó. Era así y Argentina entraba en ese tipo de juego a diferencia de los demás y nos costaba porque no estabas acostumbrado a boxearte todo el tiempo, sino jugar. No teníamos la cabeza para boxearte y seguir jugando, a diferencia de Francia, sobre todo que los tipos tenían la capacidad para seguir jugando a pesar del ring que era esa cancha.

-El profesionalismo hoy ha cambiado el paradigma en algún punto pero ¿nota la misma esencia en el juego que transmitían los viejos pumas, luego ustedes y que siga hasta estos días?

-Días pasados hablaba con respecto a las distintas etapas. Cada etapa tuvo sus logros, contrariedades, aprendizajes, para llegar a lo que somos hoy. Específicamente, yo por lo menos pongo como bisagra y muy importante Los Pumas del 2007, en los que se dio lo que siempre ha destacado al rugby argentino, ese corazón amateur con el que nacés y que por lo menos en mi época tenías que meter una cabeza profesional, no por lo económico, sino por el compromiso que tenías que tener. Y en 2007 se dio la mejor combinación de todas; ese grupo venía, junto con los entrenadores también, con un corazón amateur de casi veinte años con cuatro o cinco años de profesionalismo. Se les metió a ese corazón puma, amateur, argentino, con el chip del cerebro profesional y por eso lograron lo que lograron. Después, a medida que va pasando el tiempo, desde el 2007 ha disminuido esa cantidad de tiempo de corazón amateur y un mayor chip profesional. Un poco lo que me preocupa es que cada vez es menos esa cantidad de tiempo amateur con la camiseta de tu club tatuada en la piel y más tiempo de cabeza profesional que no sé a dónde está yendo. Creo que el rugby argentino siempre se valió enormemente de mucha gente que hemos venido de hogares construidos, con buena nutrición en conocimiento, en escolaridad, aprendizaje, muchos profesionales, universitarios, con capacidad de pensar que lo tuvo siempre el rugby argentino. Siempre nos faltó físico y respuesta de potencia física y en esta última etapa Los Pumas han desarrollado enormemente la capacidad física; no sé cuánto la parte cognitiva, que te hace pensar y la que nos hizo diferente en todo el mundo. Te pasaba que ibas a una gira y la mayoría hablaba dos o tres idiomas como para defenderte, se hablaba de otra cosa más allá del deporte y nos reconocían afuera mucho por eso. Eso se va a ir perdiendo, lamentablemente, aunque por supuesto la mayoría del rugby local sigue en ese camino, sin dudas.

-No puedo dejar de preguntarle, como médico cardiólogo, por la pandemia en esta segunda ola. ¿Qué opina al respecto?

-La verdad es un desastre. Lo comparo con el cuento del pastorcito mentiroso; nos amagaron tantas veces de que venía el lobo que la gente común ha explotado, no tiene ya más reservas emocionales ni económicas para sobrellevar esto y, más allá de las malas conductas que ha tenido la gente, totalmente responsables de reuniones multitudinarias y cosas donde se ha transmitido mucho el virus. Comprendo también que la reserva emocional ha llegado a su nivel básico. Estamos complicados no sólo por la cantidad de infectados sino también de capacidad logística, médica del país. Yo siempre pensaba que si en lugares de Europa o Estados unidos han llegado a estar al tope de internaciones y de terapia intensiva, sobre todo, el tema de la cantidad de profesionales para llevar adelante todo eso también tiene un nivel que está muy próximo a explotar. Pasa por lo de siempre, por un tema de responsabilidad, que lo argentinos poco la conocen. Mucho dolor por reconocer el abandono que ha sido la salud pública sobre todo los últimos sesenta o setenta años, ha sido un abandono total y hoy se le pide a gente del Estado que haga cosas heroicas cuando no lo han hecho nunca. Hay que cuidarse, tratar de seguir con las cosas básicas, el uso del barbijo, el distanciamiento social. En mis 32 años de médico nunca en mi vida se me murieron tantos pacientes mayores y no por temas cardiovasculares o Covid, sino por un tema específico de soledad, de pérdida de masa muscular, de equilibrio, caídas, depresión, ansiedad, angustia. Es algo totalmente nuevo y todos los días aprendemos algo.