Gabriela, Luana y el deterioro social
En la insólita Argentina, un aspiracional de clase media como visitar alguna vez un destino internacional se terminó volviendo una situación culposa, que puede ser mal vista y fuertemente cuestionada tras un largo debate que se instaló con fuerza en lo que va del Siglo.
Visitar la Cuba comunista, o la cosmopolita Nueva York; dar una vuelta por Europa y aprovechar la cercanía que otorgan los modernos sistemas de transporte para visitar capitales o ciudades emblemáticas del Viejo Continente se volvió una utopía. O por qué no, tener la intención de algo más exótico y pensar en Oriente y sus múltiples opciones o hasta el contrastante África.
Casi en simultáneo con la destrucción de la vigorosa clase media en la Argentina, aquella que se engrosaba con comerciantes, pequeños empresarios, profesionales o trabajadores calificados y que constituía una porción relevante de la pirámide social nacional, y en muchos casos era reconocida como el motor de la economía, hubo una destrucción de sus propios aspiracionales. Los exintegrantes de esa franja social hoy difícilmente puedan tener certezas de alcanzar su techo propio, su vehículo y hasta su viaje durante las vacaciones de verano, aún pensando en destinos nacionales.
El deterioro que ha sufrido ese sector social tan representativo del ser argentino, y hasta no hace demasiado tiempo, pujante y motorizante del todo, es dramático. Es parte de un proceso que atravesó distintos gobiernos, y eso debería bloquear a las fuerzas políticas mayoritarias para lanzar la primera piedra.
En paralelo a esa caída, que básicamente empezó siendo de ingresos y derivó en peores condiciones de vida y convirtió aspiracionales en imposibles, hubo un alejamiento cada vez más marcado de aquellos objetivos. Eso posiblemente tenga traducción en otro plano adicional: el de la frustración.
Vale recordar que un estudio de la Facultad de Psicología de la UBA advierte que prácticamente el 75% de los argentinos se considera clase media. Rápidamente ese valor contrasta con los últimos índices de pobreza que se ubican en torno al 50%. Los números no cierran. Es decir que alrededor de un cuarto de los argentinos tiene dificultad para vincular acabadamente su realidad y su autopercepción. El economista y experto en consumo, Guillermo Oliveto, escribió hace unos meses atrás que hay cada vez más argentinos con corazón de clase media y bolsillo pobre.
Todo eso representa un estado de tensión constante de quienes integran o integraban hasta no hace muchos años al menos la clase media baja nacional, que es la más permeable al desgranamiento. Ya fue muchas veces mencionado que parte de sus familias están hoy recibiendo algún tipo de asistencia estatal para poder llevar adelante su vida y poder así cruzar el trecho de 30 días hasta el próximo mojón. Para muchos, en eso se convirtió hoy su aspiracional.
Para una traducción en ingresos, una clase media baja implica un hogar que tiene ingresos entre los 90 y 180 mil pesos aproximadamente. El renglón siguiente es el de la clase media o media alta, que parte de los 180 mil y llega aproximadamente a 320 mil pesos.
Un estudio de la Facultad de Psicología de la UBA advierte que casi el 75% de los argentinos se considera clase media.
Esa corrida escaleras abajo de la pirámide social que tuvieron muchas familias en los últimos años también explican parte de la respuesta que tienen noticias con protagonistas del mundo de la política. Puntualmente los casos de Gabriela Brouwer de Koning, la diputada nacional radical oriunda de Río Tercero que asumió el 10 de diciembre y a la semana y media se había ido de vacaciones a Disney con su familia cuando quedaba aún una sesión en el Congreso en la que no sólo debía estar por su obligación como legisladora, sino que resultaba vital en términos políticos para su bloque y en particular para muchos contribuyentes que esperaban una baja en Bienes Personales. Su ausencia, y la de otros dos integrantes de Juntos por el Cambio, fueron determinantes en la votación.
No menos relevante por estos días resulta la historia de la camporista titular del Pami, Luana Volnovich que fue sorprendida en un bar en México, donde fue a pasar sus vacaciones. Los dos casos tienen algún punto de contacto, pero no necesariamente son similares. Volnovich efectivamente estaba en su período de vacaciones y no se ausentó en un momento crucial para la mayor obra social de Latinoamérica. Pero sí forma parte de un colectivo que discursivamente viene batallando contra “ciertos sectores sociales favorecidos que pueden vacacionar en el exterior”. En eso, no se puede ser juez y parte. Pero además, el Gobierno de Alberto Fernández viene mostrando una dificultad mayúscula en términos de mercado cambiario y por eso las restricciones para el acceso a los dólares sólo fueron en aumento. De hecho hoy comprar dólares formales en la Argentina es una odisea. Lo saben muchas empresas que necesitan importar bienes o capital para sus fábricas y no pueden por el cepo vigente que se abre a cuentagotas. Ambas cuestiones le generaron a Volnovich una fuerte tormenta interna que todavía nadie sabe bien cómo terminará.
Una clase media baja implica un hogar que tiene ingresos entre los 90 y 180 mil pesos aproximadamente.
Frente a esos nubarrones, hubo algunos adelantos (¿fuego amigo?) que ya aparecieron, como por ejemplo el trascendido de los ingresos de Volnovich, que superan los $ 550 mil mensuales. ¿Está mal que gane eso manejando Pami? Si la respuesta se centra allí, posiblemente no. En términos comparativos, hay un mar de debates posibles. Pero junto a eso, también se filtró que parte de su familia también trabaja en Pami con salarios que superan los 350 mil pesos. Ahí hay otro divorcio mayúsculo entre dichos y hechos, y que alimenta esa sensación cada vez más mayoritaria de distancia creciente entre dirigentes políticos y el resto de la población. Ingresos familiares millonarios y vacaciones en la Isla Holbox podrían ser mucho para cruzar indemne los duros cuestionamientos internos y externos que seguramente le esperan a la titular del Pami.
Aunque a los protagonistas les cueste visualizarlo, hay una sensación -con ejemplos certeros- de que la política garantiza accesos que la población tiene cada vez más vedados. El problema de la miopía es que algunos ejemplos llevan a cuestionar a la Política, que es el único camino posible para revertir el deterioro. Pero confundir políticos con Política es una equivocación entendible cuando hay Brouwer de Koning y Volnovich como ejemplos.