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De "Una Excursión a los Indios Ranqueles" al coronavirus

Una reflexión que pasa por Pascuas de Resurrección, fiebre amarilla, guerras y masones.

Semana Santa. Pascuas. Luna llena, preñada de resurrección. Hace exactamente 150 años Lucio V. Mansilla, con pocos hombres y dos sacerdotes, fray Marcos Donati y fray Moisés Álvarez del Convento de San Francisco de la Villa de la Concepción del Río Cuarto, comenzaba el día 30 de marzo de 1870, en el Fortín Sarmiento, sobre Río Quinto, lo que a la postre sería “Una Excursión a los Indios Ranqueles” con el propósito de entrevistarse personalmente, en Leuvucó, campamento principal de la comunidad de Indios Ranqueles, con su lonco (cabeza: cacique) Mariano Rosas, hijo de Painé (Paguithruz Guor –Zorro Cazador de Leones), continuador éste de Yanketruz, en pleno proceso de culturización mapuche de los indios originarios. Esta incursión, tierra adentro, culminaría el Domingo de Pascuas de 1870, el día 17 de abril de ese año, en la poco tiempo atrás fundada Villa Mercedes, actual provincia de San Luis.

Se rinde homenaje al gesto de conciliación entre el hombre blanco y el aborigen, que culminó con un tratado de paz, que sería aceptado por el presidente Sarmiento pero no aprobado por el Congreso Nacional. Entre los nativos y sus visitantes todo fue armonía; hubo regalos recíprocos, incluidos recuerdos de plata entregados por Ramón, el Platero, que, a la sazón, se había desplazado desde la Laguna del Cuero hasta médanos cercanos a la toldería principal.

Fray Marcos Donati y fray Moisés Álvarez celebrarían la misa de Domingo de Ramos en un improvisado altar, que no pudo instalarse “bajo las vastas cúpulas azuladas del firmamento” (sic), en razón de los fuertes vientos. Ponchos y mantas taparon las hendijas de un precario rancho permitiendo que las velas ardieran hasta el final de la ceremonia; sus feligreses fueron la comitiva, algunos indígenas y cautivas, quienes, entre lágrimas, entregaban su alma a Dios.

Días después, más de treinta criaturas fueron bautizadas por los sacerdotes. Lucio V. Mansilla fue padrino de cuatro. Entre ellas, un hijo varón de Baigorrita (nieto de Yanquetruz) y una hija mujer de Mariano Rosas y madre cautiva.

Hubo festejos y comilona. Los compadres almorzaron uno al lado del otro. Al retirarse Mansilla del evento, es llamado por el lonco Mariano Rosas y, quitándose éste el poncho pampa que vestía, se lo entrega a aquel manifestando: “Tome, hermano, úselo en mi nombre, es hecho por mi mujer principal”. A ello Mansilla agradece el obsequio dándole, a su vez, la capa militar que usaba. La misma que luce en su estatua en la avenida Sabattini que, hacia el sur, parte del macrocentro de la ciudad de Río Cuarto. La hermandad entre estos hombres estaba lograda.

Vuelto a Buenos Aires, la epidemia de fiebre amarilla del año siguiente sería absolutamente desgraciada por Lucio V. Mansilla.

Comenzó en enero de 1871 con tres casos detectados en el barrio de San Telmo, lugar que agrupaba a numerosos conventillos, que fueron atendidos por el Dr. Juan Antonio Argerich y, a pesar del facultativo, se ocultó información. Se pretendía no alarmar a la población porque se acercaban las fiestas de carnaval.

A partir de allí se fueron sumando cada vez más casos, principalmente en dicho barrio de San Telmo; no obstante ello, las autoridades municipales continuaron con los preparativos para los festejos carnestolendos, acontecimiento que congregaba y convocaba multitudinariamente a los vecinos.

Denuncia

En febrero, el Dr. Eduardo Wilde denuncia que existe un brote de fiebre amarilla. Había ya atendido a una decena de casos en la ciudad, algunos fatales, como el de Andrés Mansilla, hijo adolecente de Lucio V. Mansilla y Catalina Ortiz de Rosas. La desolación penetra profundamente en la familia Mansilla y su señora esposa nunca terminaría de recuperarse de este dolor.

Sin embargo, los bailes y comparsas del carnaval prosiguieron.

Para aquellos tiempos en Buenos Aires convivían igual cantidad de habitantes argentinos que extranjeros. Los hombres extranjeros eran más que los argentinos. Las mujeres argentinas duplicaban en cantidad a las extranjeras. Los de origen italiano representaban la mitad de los extranjeros. Los habitantes de raza de origen africano eran una cantidad mínima. La inmigración llegada recientemente al país vivía, totalmente hacinada, en conventillos caracterizados por pequeñas habitaciones, faltos de luz, ventilación, higiene y todo tipo de infraestructura que garantizara la sanidad en la convivencia. Eran tiempos de “camas calientes” y compartidas.

A todo ello, a fines de 1870 y comienzos de 1871 comienzan a llegar los primeros combatientes a Buenos Aires de la guerra con Paraguay.

Fiebre amarilla

En este contexto, se desata la fiebre amarilla que vendría a constituirse en la más dramática y cruel epidemia que sufrió el país.

A fines de febrero de 1871 se registraban 300 casos. Buenos Aires, previo a la epidemia, se ocupaba de un promedio de veinte muertes diarias; en los primeros días de marzo de ese año debía lidiar con más de cuarenta muertes por día y llegaba a 100 muertes el día 6 de marzo. Los vecinos comenzaron a emigrar tratando de escapar del flagelo: se calcula que un tercio de la población huyó de Buenos Aires. El diario La Tribuna, que el año anterior publicara “Una Excursión a los Indios Ranqueles”, ahora señalaba en su edición del 4 de marzo que en Buenos Aires “verdaderamente parece que el terrible flagelo hubiese arrasado con todos sus habitantes”. Promediando el mes, las muertes eran alrededor de 150 por día y el día 20 de marzo se contabilizaron 200.

En este estado, a mediados de ese mes, el presidente Domingo F. Sarmiento y todos sus ministros decidieron mudar la sede del gobierno nacional y constituirlo en Mercedes, cerca de Luján. También la Corte Suprema de Justicia de la Nación se ausentó por completo de la ciudad.

Reunión

En consecuencia, los vecinos se reúnen en gran número en la Plaza de la Victoria, hoy Plaza de Mayo, cerca del atrio de la Catedral, y deciden constituir una “Comisión Popular de Salud Pública”, que sería presidida por el Dr. José Roque Pérez, abogado de origen cordobés, quien redacta su testamento con el convencimiento de que moriría en su cometido de luchar en contra de la epidemia. Así fue y a la edad de 55 años fallece el 26 de marzo de ese año. Había sido fundador y primer gran maestre de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones. Vicepresidente de aquella Comisión Popular fue el Dr. Héctor Florencio Varela, periodista y director del diario La Tribuna, y la integraron, entre otros, Lucio V. Mansilla, los hermanos Dr. Adolfo Argerich y Manuel Gregorio Argerich -ambos fallecieron a causa de la epidemia-, nietos junto con el Dr. Juan Antonio Argerich del Dr. Cosme Argerich, médico del Ejército del Norte que acompañara a Manuel Belgrano en las batallas de Tucumán y Salta y, vuelto a Buenos Aires, aprovisionó al general San Martín de insumos y equipos médicos para su cruce a Chile. Carlos Guido y Spano, Manuel Quintana, Alejando Korn, Francisco Javier Muñiz (fallecido en la epidemia), Dr. Guillermo Rawson y el Dr. Bartolomé Mitre, expresidente, también fueron parte de la Comisión.

Después del carnaval, las Pascuas llegaron y el día 7 de abril, Viernes Santo, 380 personas murieron a causa de la fiebre; el sábado 8 de abril, Sábado de Gloria, fallecieron 430 personas a causa de la epidemia. Desde el Domingo de Pascuas, sombrío, triste, desolador, al martes 11 de abril se registraron más de 500 fallecimientos por día y fue el día 10 de abril cuando se registró la mayor cantidad de muertes, con 563 casos.

La peste no hace excepciones, una de aquellas muertes del 10 de abril de 1871 sería la de Lucio Norberto Mansilla, padre de Lucio V. Mansilla, comandante y héroe de la batalla de la Vuelta de Obligado, por la cual José de San Martín regala a Juan Manuel de Rosas su sable corvo.

El 10 de abril el Gobierno decreta feriado hasta fin de mes; en realidad, la ciudad ya estaba parada y seguiría así bastante más allá de fin de mes. Las muertes en abril como consecuencia de la fiebre amarilla sumaron más de 7.500 y no llegaron a 500 aquellas que se debían a otras razones.

En el mes de mayo los fallecimientos fueron menores en cantidad y poco a poco la ciudad comenzó a recuperar su actividad normal. El día 2 de junio de 1871 ya no se registraría ningún deceso a causa de la “fiebre amarilla”. En total, según distintas fuentes, se produjeron cerca de 14.000 muertes por “fiebre amarilla” sobre una población de alrededor de 180.000 habitantes, cantidad aproximada a la población de la ciudad de Río Cuarto en la actualidad.

A todo ello, la guerra de la Triple Alianza había concluido y había dejado desolada la tierra y el pueblo del hermano país del Paraguay. Antes de fin de año, se produce un brote de fiebre amarilla en Asunción, que pasa a Corrientes y se registran casos de esta enfermedad desde diciembre de 1870 hasta junio de 1871. En esta población mueren 2.500 personas de una población de 11.000 (similar a la de Río Cuarto por esos años). No existían féretros suficientes para todos los fallecidos. Para qué, si el cementerio de la Iglesia de la Cruz colapsó, tuvieron que habilitar otro. Mientras tanto, a los muertos se los quemaba con alquitrán. Hasta que también se terminó el alquitrán.

Recién diez años después, con el avance de la microbiología se descubre que el agente transmisor de la enfermedad de fiebre amarilla o “vómito negro”, producto de hemorragias internas, es el mosquito Aedes aegyptis, que con su picadura contagiaba a los humanos del enfermo al sano. Se la llama "amarilla" en razón de la ictericia que produce en pacientes. Sus síntomas son fiebre, cefaleas, dolores musculares, ictericia, náuseas, vómitos y cansancio.

Conclusiones

Las epidemias se producen. A la ciencia puede llevarle tiempo saber sus causas. Las epidemias viajan, se trasladan y llegan. En el caso de fiebre amarilla (igual que en caso del dengue), fue traída por un mosquito. Otras alas traerían al país, luego de esparcirlo por todo el orbe, al coronavirus. Serían las alas de los aviones en un mundo globalizado donde el turismo, los negocios o la comodidad llevan a los seres de un lado al otro. Los humanos no pican, pero salpican al hablar. Así se contagian.

La enfermedad no reconocerá ni exceptuará por gloria, riquezas o contactos. Mucho menos diferenciará raza, nacionalidad o religión.

Recordando a Mansilla y su excursión a los indios ranqueles, comenzada en esta época hace 150 años atrás, y en los umbrales de una nueva Pascua de Redención, también de la Pascua Judía (miércoles 8 a jueves 16 de abril de 2020) y aún del Ramadán musulmán (jueves 23 de abril al 23 de mayo de 2020), es bueno recordar lo que la historia nos puede enseñar.

Por Nicolás Harrington. Especial para Puntal

FUENTE: Puntal.com.ar