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El Guasón, la hora de los mansos y la necesidad de un plan B

Queda una semana para la elección presidencial. Los candidatos, principalmente Macri, han abandonado cualquier argumentación sobre cómo solucionarían la profunda crisis económica del país.  Por Marcos Jure

Hay una escena del Guasón de Todd Phillips en la que el personaje, que recién está empezando a ser, descubre, aunque todavía de manera incipiente, el poder que puede anidar en el caos. Ocurre en un tren mientras escapa. Y es la prefiguración de su mirada del mundo. Delirante, alucinada, pero visión al fin.

El inquietante Joker de Phillips narra una tragedia personal pero con una mirada eminentemente política y social. Otro Jocker memorable, el de Cristopher Nolan, entendía los comportamientos sociales como elementos que servían para corroborar su propia filosofía. La cosmovisión de ese Guasón estaba centrada en el caos. El caos como mal, como exteriorización unificadora de las miserias humanas, como instancia límite en la que cada persona demuestra ser egoísta, cruel, contraria a cualquier expresión de solidaridad.

Sin embargo, y la propia película de Nolan lo plantea, lo incontrolado no siempre genera una carga de negatividad. En el plano social y político puede ser la expresión de una serie de frustraciones que arrastra una comunidad y que, por algún disparador puntual, salen a la superficie y contribuyen a eliminar o atenuar situaciones de inequidad. En el continente, un ejemplo de ese clase de situaciones se acaba de vivir con las protestas, los disturbios callejeros y las reacciones represivas que se produjeron en Ecuador y en Chile. En un caso, fue porque se eliminaron los subsidios y el combustible subió el 123%, en otro porque se aumentó desproporcionadamente el boleto del subte.

Dos explosiones ante ajustes de derecha. En uno de esos países, Ecuador, hubo un protagonista común con Argentina: el FMI. El resultado fue la marcha atrás del presidente Lenín Moreno. En las últimas horas, también Sebastián Piñera debió desactivar los incrementos en el subte.

Como contracara, en Argentina, con una pobreza que ha trepado hasta el 35,4% y con un deterioro constante del poder adquisitivo de la clase media y de los sectores de menores recursos, con alimentos que son prohibitivos para el 7,7 por ciento de la población, se percibe malestar, malhumor, estupor ante los precios, pero no se han producido desbordes. Las tarifas subieron hasta el 1.300 por ciento y, aun así, no hubo ni protestas incontrolables ni enfrentamientos. Ni choques con la policía. Ni caos.

El miércoles, cuando fue el turno de Río Cuarto para la marcha del “Sí se puede”, Hernán Lombardi, cuando logró contener la euforia que lo hacía saltar como un poguista adolescente, deslizó un concepto con enorme carga simbólica: “Esta es la revolución de los mansos”, dijo. Lo planteó como el movimiento que estaría generando el macrismo entre gente que habitualmente no está movilizada y que ahora sale para defender sus sueños y no les quiten el país los rapaces kirchneristas.

La mansedumbre es un elemento indispensable para el macrismo, casi constitutivo, porque su proyecto requiere de la capacidad de absorción social. Sólo así se pudo producir la enorme transferencia de recursos que vampirizó a la clase media. Y durante un tiempo no menor, al menos tres años, y a pesar de que la memoria histórica del menemismo estaba fresca, lo hizo no sólo con la aceptación sino con la aquiescencia de la mayoría.

Sin embargo, puede decirse que la apacibilidad con que contaba el macrismo se terminó antes de tiempo. No se interrumpió con marchas ni protestas sino a través del voto. El 11 de agosto no lo pronosticó casi nadie y fue una expresión de bronca contenida, de repudio, de hastío que también, aunque por otros medios, derivó en una situación incipiente de caos. En este caso, el caos no fue el origen sino la consecuencia. No se vivió en las calles pero sí en la política, con la debilidad extrema de la gestión de Macri, y en los mercados, que dieron por descontado que la era de los CEO se había terminado. El efecto fue, tal como suele ocurrir con las explosiones sociales, que el gobierno entró en una zona altamente inestable, peligrosa, imprevisible.

Dentro de una semana, el 27 de octubre, el país volverá a ir a las urnas y definirá en qué medida ese voto castigo se ha sostenido desde las Primarias a la fecha. Las encuestas, que no han demostrado ser un instrumento altamente confiable, señalan que la ventaja que Alberto Fernández consiguió en las Paso no se habría acortado; algunos pronostican incluso algunos puntos más.

Hoy, los seis candidatos a presidente volverán a encontrarse en un debate, aunque las expectativas sobre sus efectos son exiguas. 

Si la campaña de las Paso no se caracterizó por ser brillante ni novedosa, desde el 11 de agosto todo se ha deteriorado. Porque Alberto Fernández entiende que ya ganó y que no está obligado a mostrar sus cartas; porque Mauricio Macri casi no dispone de argumentos propios, más que azuzar el miedo de la vuelta del kirchnerismo, y ha optado por recurrir a un misticismo de corte evangelista que habla de la fe, la verdad, la justicia y el amor.

En Río Cuarto, en el rincón de la Plaza Roca en que estaba el escenario, Macri alzó las manos al cielo, recibió la lluvia y aseguró que era Dios el que enviaba esa bendición. Y ayer, en la denominada Marcha del Millón, dijo que quienes estaban allí -los convencidos y tal vez iluminados- estaban hechos de amor y de fuerza. Como un pueblo elegido.

Juntos por el Cambio es una usina de eslóganes voluntaristas y ha asumido que no puede prometer nada. “Se da vuelta, Mauricio la da vuelta”, se escuchaba el miércoles en la Plaza Roca. Lombardi hacía un circulito con el índice y había alguna gente que se emocionaba. Hay una absoluta clausura argumental de una fuerza que ya no se destacaba precisamente por su contenido discursivo.

El Presidente no dice cómo haría para terminar con la crisis que él mismo creó; Fernández sólo insinúa futuras acciones, pero sin demasiadas precisiones. Machaca principalmente con la convocatoria a un gran acuerdo social para contener los precios y los salarios y estabilizar la economía. Y acaba de toparse con un primer contratiempo de peso ante su apuesta a los renunciamientos sectoriales: las empresas de alimentos ya están preparando subas de hasta el 15% por si se concreta un congelamiento por seis meses. Una transferencia preventiva.

Nicolás Trotta, el coordinador de los equipos técnicos de Alberto Fernández, declaró que tienen enormes expectativas en el pacto social y que no habrá manera de resolver los profundos problemas que padece Argentina si no hay una contribución de cada sector y no se abandonan aunque sea parcialmente los egoísmos. Si todas las fichas están puestas en la buena voluntad, puede vislumbrarse desde ya un problema. Las apelaciones al corazón y la solidaridad no suelen dar resultados alentadores en Argentina.

Por historia, no estaría de más preparar un plan B.