Opinión | marcos-jure |

Elogio de la normalidad

El discurso con el que Pichetto inauguró su oficialismo. La alteración que introduce su candidatura en Cambiemos. La libertad de acción de los intendentes peronistas de Córdoba. Por Marcos Jure

Miguel Ángel Pichetto se sentó solo frente a los periodistas y las cámaras, detalló las razones que lo llevaron a convertirse en el candidato a vice de Mauricio Macri y desgranó, con su perpetuo rictus de obispo avinagrado, un elogio de la normalidad.  

Como para arrancar marcando diferencias, el senador aseguró que en la fórmula de Juntos por el Cambio no hay alquimias forzadas sino que rige un clásico reparto de roles en el que el más importante es el Presidente y, en segundo lugar, su vice. Obvio palo para el binomio kirchnerista, que recurrió a la estrategia de subvertir el orden de los factores para alterar el producto.

Quien estaba haciendo ese elogio de la normalidad era el mismo que, minutos antes, había dejado de ser, en la formalidad, el jefe del principal bloque opositor en la Cámara Alta para pasarse, como un rayo y sin sonrojarse, a las filas del oficialismo y anunciar públicamente que desde ese momento se embanderaba en la defensa de Macri. La acción parece haber sido tan sorpresiva que la página web del Senado sigue ubicando a Pichetto como el presidente de la bancada opositora más numerosa.

O el concepto de normalidad que pregona el flamante candidato está desfasado o en la política argentina la regla imperante es que lo normal es lo anómalo.

El anuncio de la fórmula oficialista provocó un cimbronazo en la política a horas del cierre de la inscripción de alianzas y los medios vanagloriaron el efecto milagroso que la incorporación de Pichetto, hasta días antes un opaco operador sin una gota de carisma, pareció provocar en los mercados.

También en el ex-Cambiemos, ahora Juntos por el Cambio, reinó la euforia porque la lectura que se desató inmediatamente es que el fichaje de un peronista implica una ampliación de las chances oficialistas de seguir en el poder. 

Aún resta por conocer -quedan varios días hasta el cierre de listas del 22- si el salto de Pichetto se trató de un fenómeno individual o si la tropa se alimenta con algunos soldados más. Por ahora, más que numérica, la connotación del traspaso del senador es eminentemente simbólica: el gobierno suma al peronismo para reforzar su oportunidad electoral.

Como si fuera el nuevo miembro de una barra de amigos ya veteranos, y para que no le afectaran las acusaciones de traición que empezaron a salir desde las filas peronistas, a Pichetto lo recibieron con los brazos abiertos y un buen asado. ¿Pero qué implica para lo que fue Cambiemos la llegada del senador que con tanto entusiasmo supo defender en el Congreso la defenestrada 125 del kirchnerismo?

Inicialmente, y eso significa que podría no ser definitivo, Pichetto introduce una alteración en la identidad de Cambiemos que, de hecho, hasta terminó pidiendo turno para modificar su nombre. Esa nueva denominación no es tampoco un hecho irrelevante. Representa el reconocimiento de que la marca Cambiemos, que nació precisamente con una lógica de marca como si se tratara de una empresa privada y que en algún momento ganó elecciones sólo con aparecer en las boletas, se transformó en un elemento negativo. En términos directos, había pasado a ser piantavotos.

Pero, volviendo a la movida de fondo, la llegada de Pichetto es, en primera instancia, la admisión de que la alianza de gobierno, tal como se conocía, corría serios riesgos de ser desalojada del poder. 

Quebrantó, así, la resistencia de un sector del gobierno, encarnado por Marcos Peña y Jaime Durán Barba, de resguardar la “pureza” de Cambiemos, cuyo germen fundamental fue el Pro, en vez de diluirla con otras incorporaciones.

Hasta ahora, el Pro había tenido otros socios en Cambiemos pero su prevalencia en las encuestas le permitió teñir con su lógica, su estética, su ideología y su discurso a la fuerza en su conjunto, con la excepción eventual de Elisa Carrió. El resto se supeditó al Pro. El radicalismo, por ejemplo, aportó su estructura en todo el país pero se conformó con ese rol e hizo seguidismo en casi todos los demás aspectos.

Esa uniformidad establecida por los gurúes del Pro había sido un distintivo de Cambiemos. Con un estilo de conducción por momentos zen, verticalista y centralizado, se distanció de la concepción movimientista. Con Pichetto no es que haya un corrimiento al centro -el senador ha tenido posiciones que harían enrojecer a Macri- sino una reconfiguración cuya profundidad todavía es difícil de medir. 

Por lo pronto, violentó uno de los ejes discursivos neurálgicos: el Gobierno viene pregonando que el peronismo es el culpable de la decadencia argentina de los últimos 70 años. ¿Cómo es entonces que, para su segundo mandato, convoca a un peronista que, por si fuera poco, defendió encarnizadamente a la corrupta Cristina durante sus infames años de poder? ¿Por qué milagro de la historia Pichetto pasó de ser el vocero del populismo autoritario a bañarse en las aguas purificadoras del macrismo y salir convertido en un patriota transparente y pulcro?

El radicalismo, que días antes había reclamado mayor participación en la alianza, lejos de indigestarse, acompañó públicamente la decisión aunque haya quedado en los hechos más relegado aún. De todos modos, parece dispuesto a colaborar con el rearmado, como está ocurriendo en Córdoba, donde Mario Negri -quien pretende seguir como diputado- firmó la paz con Ramón Mestre.

La elección se encamina a una lógica binaria pero matizada con un tercer polo minoritario que comenzará a exponer su dimensión en las Paso y que está integrado por Lavagna y Urtubey.

Entre las opciones no estará Alternativa Federal, que terminó desmembrada por voluntad de sus  integrantes y que pasó de ser un potencial imán para la mitad del electorado a una agencia de colocación laboral.

Adentro quedó, solo, Juan Schiaretti, que se rindió ante la evidencia y optó por una lista corta de diputados. Buscará preservar las dos bancas que pone en juego y acaba de darles libertad de acción a los intendentes para que acompañen al candidato presidencial que más les guste. Es un gobernador peronista que no se siente representado -al menos eso dice- ni por la fórmula de su partido ni por la avanzada que acaba de incorporarse, como si fuera lo más normal del mundo, al intento de continuidad del macrismo.



Marcos Jure.  Redacción Puntal