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Líneas de continuidad

Por Marcos Jure

Hace tres años, cuando se convirtió en una nueva oportunidad para el peronismo y asumió la intendencia de Río Cuarto, Juan Manuel Llamosas anticipó, en su discurso de asunción, que debería tomar decisiones difíciles. Esas palabras parecían preanunciar una alteración del status quo, una disrupción en la lógica de 12 años de gobiernos radicales.

Sin embargo, el único momento genuinamente complicado que generó una decisión de gestión fue el conflicto con los 200 contratados que fueron despedidos en los meses iniciales. Habían llegado con los intendentes radicales y fueron discontinuados. Hubo protestas frente al Palacio y reproches porque el intendente había asegurado en campaña que ninguno quedaría afuera.

Pero esa pelea duró un puñado de días y después se apagó, más que nada porque los reclamos de los empleados vinculados a la política no suelen despertar abrumadoras olas de simpatía o adhesión. 

Hubo otros conflictos -la salida de Emilio Simón del Tribunal de Cuentas, los cheques del Edecom, la resonante renuncia de Mauricio Dova después de organizarle una marcha al intendente dentro de la Municipalidad- pero ninguno motivado por una medida que interrumpiera decisiones anteriores.

Ese dato marca que el de Llamosas es un gobierno de continuidades. El intendente optó por una política alejada del conflicto, del quiebre de lo preestablecido. Es más, sólo esporádicamente le contesta a la oposición pero parece más por una obligación derivada de los juegos de roles que de la convicción por confrontar. Sólo al principio usó referencias al gobierno anterior pero para justificar decisiones propias, como el despido de los contratados o la declaración de la emergencia vial.

Llamosas prefirió una gestión que mantuvo, a grandes rasgos, los programas de sus antecesores y que agregó definiciones y programas para darle un sello propio a la gestión. Si se le pregunta qué caracteriza a su gobierno, enumera sus obras, por supuesto, pero además el concepto de apertura, de presencia y descentralización. Por eso inauguró un centro de atención municipal en Banda Norte, dos dispensarios 24 horas para extender la atención de salud en los barrios, y puso el foco principalmente en el presupuesto participativo, una herramienta que se convirtió en central después de que comenzó a mostrar resultados por la diagramación propia y la decisión de los riocuartenses de sumarse.

¿Por qué esa inclinación a la no ruptura, una configuración que se contrapone con algunas disposiciones históricas del peronismo? Primero, y aunque parezca elemental, porque se trata de una característica personal del intendente. Y las gestiones suelen contagiarse de la personalidad del conductor. Pero, además, y ya en el plano más político, porque Llamosas parece amoldarse a la psicología riocuartense. O, al menos,  no contrariarla. Un veterano dirigente justicialista, que ocupó cargos de relevancia en la ciudad, suele decir que Río Cuarto no acepta intendentes que alteren la configuración de funcionamiento de la ciudad. Prefiere el conservadurismo a la osadía, el  enfoque en la resolución de lo cotidiano a la pretensión de reconvertir la realidad. Si así fuera, un gobierno municipal puede ser reelecto tanto por lo que hace como por lo que no hace.

La de Llamosas no es una gestión especialmente ambiciosa y suele estar alejada de la sorpresa. Es previsible, aunque esa previsibilidad y su propensión a no interrumpir las líneas de continuidad provoquen que haya situaciones irresueltas que se mantienen en el tiempo. Por ejemplo, el transporte es motivo de una eterna promesa de redefinición que parece jamás concretarse.

La personalidad del gobierno de Llamosas se ha hecho más coherente con sí misma desde que Mauricio Dova, que tuvo una alta cuota de poder en los dos primeros años, dejó el Municipio. Su ausencia le dio uniformidad gestual y discursiva a la gestión; y afianzó la figura del propio intendente. 

Sólo ahora, cuando la crisis está apretando la soga, el jefe comunal encuentra en el afuera la explicación para limitaciones propias: señala que la recesión y el incumplimiento del gobierno de Mauricio Macri en el envío de fondos, más el deterioro global en que quedó la ciudad después del gobierno de Juan Jure, provocaron que su gestión distrajera recursos que debían tener un destino más productivo. Pero lo hace a su estilo, más como una observación que como un intento de confrontación. 

Llamosas enumera 100 obras -existe una revista que las describe y detalla- pero carga con dos reproches derivados de sus promesas de campaña. Es evidente que no pudo desterrar, ni mucho menos, los baches de las calles. No consiguió hacerlo ni siquiera con la emergencia que decretó en sus primeros días y que le permitió disponer libremente de fondos para terminar con un mal que se había convertido en símbolo de la gestión anterior.

Las explicaciones -la más disparatada es la que dice que se taparon los baches pero que los actuales son nuevos-  suenan más a excusas ensayadas que a argumentaciones convincentes.

Tampoco cumplió con Cotreco. Pero, a esta altura, es irrelevante la promesa de que iba a ser expulsada de la ciudad; a ese compromiso, que puede decirse que se incumplió porque se hizo una licitación que la empresa ganó, se sumó otro: Cotreco se quedó y asumió la obligación de comenzar a prestar un servicio de avanzada, moderno, ambientalmente menos nocivo que el tradicional. Nada de eso ocurrió. Hoy, se siguen recolectando las bolsitas y poco más. Río Cuarto es, en ese sentido, una ciudad anticuada y contaminante.

Llamosas tiene sólo un año por delante. ¿Será reelecto en 2020? A un gobierno no sólo lo constituyen sus propias acciones, sino, también, las de sus antagonistas. Y, en ese sentido, la oposición no ha sabido instalarse hasta ahora como una amenaza.