Una liga inédita y la escalada a la que se anima Llaryora
Por primera vez desde el ‘83, todas las provincias se plantaron ante la Casa Rosada. El contexto económico y político habilita algunas maniobras, como las fuertes críticas del gobernador a Milei
La llegada de Javier Milei a la cima del poder fue una rareza, un acontecimiento motivado principalmente por un desastre económico que presagiaba uno aún mayor y por la incapacidad de la política tradicional para ofrecer una expectativa de salida. Ahora hubo una segunda excepcionalidad, menos espectacular, menos explosiva, pero que es un indicador del estado en que está la política: por primera vez desde el regreso de la democracia, los 23 gobernadores y el jefe de Gobierno porteño, de distintas fuerzas políticas, incluso aliados al oficialismo algunos de ellos, se pusieron de acuerdo para reclamar en conjunto ante la Casa Rosada. Son todas las provincias con un planteo ante el poder central. Ya no es aquella liga que fue un dolor de cabeza para los gobiernos de Fernando De la Rúa y los que le siguieron y que se desarticuló con el kirchnerismo. Es potencialmente más, bastante más.
Porque no se limitaron a la queja sino que accionaron en el Congreso: desde ahí están marcando la cancha. Puede que la estrategia de la Presidencia llegue a tener éxito en algún momento, que consiga dividirlos y volver a negociar por separado; sin embargo, lo inédito de la acción sienta un precedente y un aviso. ¿Hasta dónde podrían llegar los gobernadores si se lo propusieran? Primero fueron invitados a la fiesta de refundación de Milei en el ya famoso pero vacío Pacto de Mayo firmado insólitamente el 9 de julio del año pasado; pero ahora los que están plantados para discutir la arquitectura y la lógica del reparto de los recursos son ellos.
“Empezaron esto porque no se aguanta más; es realmente intolerable. No mandan los recursos, no arreglan las rutas, se desentienden de los servicios y encima nos insultan públicamente y nos acusan de despilfarradores. Y, por si fuera poco, no cumplen ninguno de los compromisos que asumen. Cansaron a todo el mundo”, relató un funcionario del PJ provincial.
Después de haberse peleado con los políticos, los economistas, los jubilados, los periodistas, los artistas (principalmente mujeres), los investigadores, los docentes y los científicos, entre otros, Milei tiene ahora a los gobernadores como sus nuevos blancos predilectos: no sólo los trata de degenerados fiscales, a todos, sino de perversos que buscan destruir el equilibrio fiscal para volver a la fiesta del gasto.
Esa estrategia de construcción política requiere básicamente de una condición y contiene un riesgo: la condición es que los resultados del gobierno, o al menos las expectativas, le garanticen un caudal de acompañamiento social que le permita darse el lujo de multiplicar los frentes; el riesgo está, precisamente, en ese aspecto: que si no hay avances sobre todo en la economía al gobierno se le desaparezca su principal base de apoyo.
En vez de sondear posibles acuerdos, el Presidente aceleró a fondo contra los gobernadores. Y lo hizo en un momento en que algunas variables macroeconómicas empiezan a generar interrogantes. El dólar, por ejemplo, se despertó antes de tiempo y parece haber quedado ya demasiado lejos del piso de la banda y más aún del pronóstico de Milei de que iba a caerse como un piano. Además, por impericia propia, el gobierno inyectó en los últimos días $ 5 billones y se vio obligado a elevar drásticamente las tasas para evitar que esa masa de ceros terminara robusteciendo aún más al dólar. El viernes, la letra S15G5 llegó a una tasa efectiva anual del 54,3%. Un negocio fantástico si el 3,7% de interés mensual se compara con el 1,6% de inflación.
La suba de las tasas, que Luis Caputo se vio obligado a convalidar, es un peligro latente, un posible combustible futuro para el dólar y, como consecuencia, para la inflación. En paralelo, se encarece el crédito y se disipan posibles inversiones. Todo en un contexto de un nivel de consumo que no es precisamente vigoroso.
Es decir, el ámbito en el que el gobierno se autodefine experto enciende algunas luces amarillas y en la política también vive un momento complejo. Milei -lo dice cada vez que puede- confía en que las urnas le den un nuevo baño de legitimidad y le permitan seguir avanzando. Para los gobernadores es una amenaza:¿qué podría hacer Milei con un plus de poder? De todos modos, hay un límite en esa posibilidad. Si gana en las legislativas, el Presidente tendrá, obviamente, un impulso adicional pero en la práctica no implicará una solución a todos sus problemas: no tendrá en el Congreso un número que le permita hacer y deshacer a su antojo; igual estará obligado a negociar y a acordar.
En Argentina, el tiempo se mueve distinto y tres meses pueden ser una eternidad. Milei ha bajado en las encuestas aunque aún no a niveles de catástrofe; principalmente, porque el electorado percibe que si el experimento actual fracasa, el elenco de la política no tiene demasiado para ofrecerle.
Sin embargo, si bien la pérdida de imagen positiva no es alarmante para el gobierno, sí habilita movimientos más audaces. La escalada que protagonizó Martín Llaryora en los últimos días, que acusó a la gestión Milei de abandonar las rutas, de pretender reventar el Inta y vaciar el Conicet, de desentenderse de lo más básico que debe hacer el Estado nacional, fue posible porque el contexto lo permite. El gobernador llegó a desplegar un recurso que al jefe de Estado le encanta: la construcción de una opinión a través de un retuit. Aprovechó -previo acuerdo, obviamente- y reposteó una ácida publicación de José Ignacio Scotto, presidente de la Agencia Córdoba Joven, que no estuvo exenta de ironía: “Principio de revelación. Si Petroquímica Río Tercero no paga Ingresos Brutos, ni impuestos a los sellos, ni impuesto inmobiliario provincial y sin embargo despide a 250 trabajadores, pregunto:¿el problema son los impuestos provinciales o la apertura indiscriminada de la importación?”. El dardo estuvo dirigido a uno de los pilares del modelo económico de Milei-Caputo y a contradecir el mantra libertario de que los impuestos provinciales son una desmesura y un lastre.
Llaryora no había alcanzado ese nivel de confrontación discursiva, salvo al principio, cuando usó un tono muy crítico que después debió abandonar porque entonces Milei asomaba invulnerable: quien lo criticaba caía en los sondeos de opinión.
Hoy las encuestas le marcan que la situación cambió: la falta de inversión en infraestructura, el desfinanciamiento de la universidad y la salud pública, la apertura indiscriminada de las importaciones son aspectos del modelo Milei que la mayoría reprocha. ¿Eso implica que el Presidente podría perder la elección de medio término? Por ahora no pero, al menos, ofrece la posibilidad de un discurso que se contraponga. Es lo que pasa en el caso de Llaryora.
Cerca del gobernador manifiestan que la decisión de elevar el tono tuvo un doble origen: primero, porque consideran que la discrecionalidad de Milei en el uso de fondos que deberían ir a las provincias ya es insostenible; segundo, porque el peronismo cordobés empieza a intensificar la construcción de un núcleo argumental.
El oficialismo está ubicándose, instalándose en el lugar desde el que afrontará la campaña. Y volverá a aquella estrategia que usó repetidamente con José Manuel de la Sota y con Juan Schiaretti: “Hay que defender a Córdoba ante el poder central que se queda con todos los recursos”.
Ese será el principio que regirá una estrategia a la que todavía le faltan los nombres. La efectividad seguramente variará si Schiaretti es o no candidato.