La ilustrativa comparación con el "modelo sueco"
En un contexto en que las consecuencias económicas de las medidas adoptadas para lidiar con la emergencia sanitaria son motivo de creciente preocupación, el presidente Alberto Fernández ha empleado gran parte del acto público durante el cual anunció la nueva prolongación, con importantes matices, de la cuarentena, para ratificar la estrategia decidida por su Gobierno en la materia y denostar a quienes la cuestionan con reclamos de aflojar las restricciones o abandonarlas por completo. En ese sentido, la apelación al modelo adoptado por Suecia -donde la apuesta ha sido mantener la “normalidad” hasta el límite de lo posible y con pocas excepciones- como demostración de que el camino opuesto decidido en la Argentina es el correcto, ofrece un interesante ángulo de análisis que sin embargo no permite llegar a conclusiones definitivas.
Aunque Fernández no ha sido del todo justo al atribuir la ofensiva exclusivamente a una parte de la oposición, ya que los reclamos de apertura también se originan en sectores llevados a la desesperación por la parálisis, debe destacarse en principio la honestidad intelectual de la elección de Suecia como parámetro, ya que habría sido mucho más fácil atacar el modelo permisivo haciendo foco en los Estados Unidos o Brasil, donde, en rigor, el descalabro parece estar más relacionado con la necedad de sus presidentes y las confrontaciones entre los diferentes niveles de gobierno. El país escandinavo, en cambio, logró mantener una situación relativamente controlada, defendible pese a la mayor cantidad de infecciones y de muertes que las de sus vecinos, e incluso las últimas cifras dan señales de haber frenado la tasa de contagios.
Sin embargo, el problema no es sólo el precio pagado en vidas para mantener una economía saludable, sino el escaso éxito alcanzado en términos de la consecución de ese objetivo. Según el propio Banco Central sueco, se calcula que este año el producto bruto caerá entre un 6,9 por ciento, en el mejor de los escenarios, y un 9,7 por ciento en el peor. Se trata de cifras no demasiado diferentes de las anticipadas para casi todos los países europeos, tanto los que han resultado terriblemente golpeados como Italia y España cuanto aquellos a los que les ha ido mucho mejor como Alemania, así como a los propios vecinos de Suecia, cuya tasa de decesos viene sido mucho menor, como Noruega, Finlandia y Dinamarca.
Es decir, mientras aquellos que reclaman un inmediato final de la cuarentena sostienen que de proseguir las restricciones la destrucción de la economía provocará más muertes que el coronavirus, en otras latitudes se verifica cómo aceptar una mayor cantidad de víctimas fatales en lo inmediato tampoco garantiza ni mucho menos evitar la destrucción de la economía. No hay manera de establecer a priori un balance entre costos y beneficios de cada modelo, por cuanto se trata de una situación inédita que afecta a toda la humanidad pero que encuentra a cada país en condiciones muy diferentes, tanto en lo que se refiere a sus sistemas sanitarios y sus estructuras productivas como en cuanto a su fortaleza institucional o el bagaje sociocultural de sus poblaciones. Pero por el momento, está claro que los argumentos en contra del aislamiento siguen siendo más débiles que los argumentos a favor.
Desde luego, hasta los más acérrimos defensores de la cuarentena deben admitir que es un instrumento coyuntural, con lo cual su continuidad sólo puede sostenerse siempre y cuando se trace un camino de salida. Pero justamente los anuncios para el territorio fuera del área metropolitana, no sólo los de Fernández sino los realizados en otras jurisdicciones, parecen avanzar en ese sentido, más allá de las contradicciones y de la impresión de que por momentos se está caminando a ciegas.